Embarazada de mi enemigo

Capitulo 03

“Jugando el mismo juego”

La respuesta no necesitó palabras inmediatas. El silencio, la evasión, los gestos… todo indicaba que la situación no era un simple inconveniente médico.

—Señora Lennox… alguien del personal alteró los archivos médicos.

Esa explicación no la calmó; fue peor.

La rabia le subió por la garganta, contenida, afilada.

—Te pagué lo suficiente para asegurar cada detalle —murmuró, y su voz cortó el aire—. Lo único que tenías que hacer era seguir mis instrucciones e inseminar a la mujer que yo misma seleccioné… y traje hasta aquí.

—Algo… o alguien saboteó el procedimiento —se defendió la doctora, visiblemente tensa—. Todo estaba en orden hasta el último momento.

—¿Alguien? —repitió, en un susurro contenido.

—Es la única lógica.

—¿Quién es ella? —preguntó, clavando los ojos en la doctora.

—Ese es el mayor problema. No tengo acceso a esa ficha. Los registros fueron modificados.

Eso bastó. También habían borrado el rastro.

—Maldita sea… —espetó, poniéndose de pie—. Revisa los respaldos. Compra voluntades si hace falta. Pero averigua quién es esa mujer. Lo antes posible.

Cuando salió del consultorio, comprendió que el problema ya no era el fracaso de su plan.

Alguien más estaba jugando el mismo juego… y lo estaba haciendo mejor.

Y en algún lugar, sin saberlo, esa otra mujer ya formaba parte de algo mucho más grande de lo que imaginaba.

Alexander no iba a aceptar explicaciones incompletas, y ella no tenía una que pudiera sostenerse sin fisuras.

¿Qué podía decirle?

La verdad la exponía. Una mentira, mal construida, la dejaba sin margen.

Cerró los ojos un instante. No se trataba de confesar.

Se trataba de elegir qué versión iba a sobrevivir.

——

La tarde moría lentamente bajo un cielo cada vez más oscuro.

Alexander llegó a la mansión un poco más tarde de lo habitual.

En el recibidor se encontró con su madre, Anabel, vestida con un elegante traje negro y una copa de champán en la mano.

Anabel era de esas mujeres que no se dejan arrastrar por los años; mantenía una postura firme, incluso cuando el cuerpo comenzaba a negarse a obedecer.

—Mamá, ¿qué estás celebrando? —preguntó él.

Ella lo abrazó con una ternura que solo su hijo lograba provocar.

—Nada en especial. Por ahora. respondió, dándose la vuelta mientras bebía un sorbo.

Alexander la miró de arriba abajo.

—Sigues fiel a tu estilo.

—Algunas cosas no se cambian. Los espero en el comedor.

Él subió a su habitación y encontró a su esposa acostada; era evidente que no se sentía bien.

—Zulema, ¿qué tienes? —le preguntó, acomodándose a su lado.

Ella se aferró a él con fuerza, y las lágrimas no tardaron en aparecer.

No hizo falta que le explicara nada.

Él ya conocía esa mirada.

—Tranquila —la consoló, aunque por dentro algo empezaba a quebrarse—. Lo volveremos a intentar.

En cuanto pronunció esas palabras, se arrepintió.

No estaba seguro de querer seguir intentando… no de esa manera.

A la hora de la cena, todos se reunieron en el comedor.

Don Marcos, el abuelo, observaba a Alexander sin desviar la vista. Era su único nieto varón, el que manejaba la empresa, el heredero; pero, como en toda familia de apellido ilustre, lo esencial seguía siendo el linaje.

—Papá, ¿no vas a cenar? —preguntó Anabel.

El anciano tomó el vaso de agua y bebió con lentitud antes de soltar la pregunta, seca:

—¿Cuándo van a tener hijos?

—Llegará el momento —contesto Alexander.

Don Marcos asintió despacio.

—En esta familia no solemos esperar demasiado… cuando algo es importante. Y hay cosas que no admiten reemplazos.

El silencio se volvió denso.

Anabel cortaba un pedazo de carne, con una sonrisa difícil de ocultar.

—Estoy segura de que pronto seré abuela —dijo, sin levantar la vista—. ¿Verdad, Zulema?

Zulema, ya incómoda, no supo qué responder.

—Sí… justo hoy fui al hospital.

—¿Ah, sí? —Anabel alzó la mirada, directa—. ¿Y todo bien?

Zulema apretó el tenedor. Un gesto mínimo.

Percibió algo extraño en el tono de su suegra.

Anabel inclinó apenas la cabeza, sosteniéndole la mirada un segundo más de lo necesario. Luego sonrió… breve, medida.

La forma en que la miraba… no parecía curiosidad.

Parecía certeza.

Y mientras en una mansión las expectativas familiares comenzaban a cerrarse sobre una mujer, en otra alguien estaba a punto de desafiar esas mismas cadenas.

Brianna descendió con prisa hacia la sala principal, impulsada por la necesidad de anunciar una decisión que ya consideraba definitiva.

Varios miembros de la familia ya estaban reunidos allí.

—Por fin. Lion regresa para quedarse. Y vamos a casarnos —anunció emocionada.

Margaret, su madre, fue la primera en levantarse para abrazarla.

—Te felicito, mi niña —dijo, aunque la sonrisa no alcanzó sus ojos.

Berny también sonrió.

—¡Ay, qué emoción! Voy a ser la dama de honor más hermosa de la boda.

Los demás permanecieron en silencio.

—¿Y ustedes no van a felicitarme? —preguntó Brianna, consciente del rechazo.

—No te crié para que terminaras casada con un simple contador —respondió su padre, dejando claro que su objeción no era negociable.

Desde el accidente, Oscar había aprendido a medir el futuro en términos de estabilidad, y a su juicio, Lion no cumplía con sus expectativas.

Brianna sintió que el estómago se le contraía con violencia.

Las palabras de su padre no la sorprendieron.

Lo que realmente le dolió fue el silencio de su madre.

Buscó sus ojos casi por instinto. Durante años había creído que, cuando llegara el momento de enfrentarse a toda la familia, Margaret estaría a su lado.

Pero su madre permaneció inmóvil.

No la contradijo.

No la defendió.

Ni siquiera intentó suavizar el golpe.




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