Aversión peligrosa”
Brianna estaba cansada de recibir órdenes y, en esa ocasión, no pensaba ceder. La oposición de su familia no cambiaba su decisión.
—Bien —dijo mientras se dirigía a la puerta—. Pónganse de acuerdo. Decidan quién va a entregarme en el altar.
Berny la siguió de inmediato, apurando el paso para alcanzarla antes de que subiera las escaleras.
—Tesoro, ¿de verdad te vas a casar?
—Sí.
Él frunció los labios y negó con la cabeza.
—¡Yo quedé mal! ¿Es en serio?
La joven detuvo el paso y lo miró con una fijeza que hizo a Berny tensarse y juguetear con sus uñas.
—¿También tú me vas a cuestionar?
—No, por supuesto que no —aclaró con rapidez—. Pero deja tu malcriadez. Mi tío te adora. Solo quiere lo mejor para ti.
—Entonces tiene que aceptar lo que he elegido. Amo a Lion y voy a casarme con él, pase lo que pase.
La conversación no se extendió mucho. Berny la acompañó unos minutos y luego se retiró a su habitación.
Brianna intentó descansar, pero una inquietud difícil de nombrar permaneció en su pecho. Su cuerpo se sentía ajeno, lo intuía en la extraña pesadez de sus párpados y en un leve latido en el vientre… ya no estaba segura de que el estrés tuviera algo que ver.
El amanecer llegó sin transición ni ceremonia. A pesar de lo pesada que había sido la noche, Brianna despertó con una energía distinta.
Se miró al espejo y sonrió. Después de una ducha caliente, eligió un atuendo más elegante de lo habitual: tacones, accesorios de diamantes. Presionó el atomizador de su fragancia favorita, pero el olor, antes sutil, le revolvió el estómago por un segundo. Ignoró la náusea, se enderezó y terminó con un toque de labial carmesí.
Al bajar a desayunar, Berny —el único presente— no pudo ocultar su sorpresa.
—Estás divina. Regia. ¿A qué se debe tanto glamour?
Brianna sonrió mientras tomaba asiento.
—Estoy de buen humor.
Después de desayunar, pasó por el despacho de sus padres para despedirse antes de salir de la mansión.
Ella no esperó a que el motor calentara del todo. Pisó el acelerador como si algo —o alguien— la persiguiera, deslizándose por la avenida a una velocidad que no dejaba espacio para el error.
Berny se aferró al asiento, los dedos tensos, la respiración contenida.
—Tesoro… vas muy rápido —murmuró, intentando sonar calmado, aunque la voz le temblaba—. No quiero morir hoy.
Ella giró el rostro apenas un segundo hacía él. Sus ojos brillaron.
—Relájate.
Volvió la vista al frente y aumentó la velocidad.
Cuando finalmente el coche se detuvo en el estacionamiento de la empresa, el silencio fue tan abrupto que pareció irreal. Berny soltó el cinturón con manos torpes, bajó del vehículo y alzó los brazos al cielo.
—¡Ay, Dios, gracias! Estoy vivo.
Ella cerró la puerta con calma, acomodándose el cabello sin una sola señal de nerviosismo.
—No seas exagerado. Te veo en la oficina.
El vestíbulo estaba más concurrido de lo normal. Algunas miradas se detuvieron en ella, pero no reaccionó; la indiferencia era su mejor armadura.
El silencio dentro del ascensor resultó momentáneamente cómodo. Brianna se colocó frente al panel y seleccionó su piso. Las puertas estaban a punto de cerrarse cuando una mano se interpuso.
Alexander entró sin apresurarse.
Su presencia modificó el aire de inmediato, no por un gesto evidente, sino por la forma en que ocupaba el espacio. Se posicionó a un lado, manteniendo la distancia justa.
No la saludó. Pero la miró.
Su mirada recorrió a Brianna de arriba abajo, sin disimulo. Fue una evaluación detenida, precisa, como quien calcula el valor de una pieza enemiga.
Brianna lo notó. Por primera vez, la intensidad de aquellos ojos verdes la incomodó, pero mantuvo su postura sin concederle el lujo de una reacción.
La tensión entre ellos adquiría otra forma: no había palabras ni provocaciones abiertas, solo un reconocimiento incómodo de que algo estaba a punto de romperse.
Cuando el ascensor se detuvo, Brianna fue la primera en moverse. Antes de que Alexander pudiera dar un paso, se giró y acortó la distancia, invadiendo su espacio personal.
—Si alguien más hubiese sido testigo de esa mirada —susurró ella, desafiante—, juraría que tus intenciones conmigo no tienen nada que ver con lanzarme desde este edificio.
—¿Ah, sí? —Él se inclinó hasta que su aliento rozó su oído—. La aversión tiene mil formas de manifestarse, y te aseguro que las mías son mucho más peligrosas que una simple caída.
La distancia entre ellos se volvió un abismo magnetizado.
—Entonces procura que no te consuman a ti primero —replicó ella, apartándose con una sonrisa tensa—. Porque si vas a intentar destruirme, asegúrate de no terminar de rodillas en el proceso. Disfruta tu día.
No esperó respuesta. Salió a paso firme, sabiendo que la mirada de él la seguía como una marca.
Zulema presenció el final de la escena desde el pasillo. La interceptó justo antes de que Brianna entrara a su despacho, bloqueándole el paso con una sonrisa rígida.
—Brianna, querida, deberías ser un poco más cuidadosa en los espacios comunes. Ese tipo de… cercanía se presta a interpretaciones innecesarias.
Brianna alzó una ceja, deteniéndose con una mano en el pomo de la puerta.
—¿Quién lo diría? Zulema resultó ser la jefa de protocolo —respondió—. O quizá solo eres una insegura.
—Las percepciones importan.
—Estás haciendo el ridículo intentando disfrazar tus celos de “ética empresarial”.
Zulema entrecerró los ojos.
—Llámalo como prefieras. Yo solo cuido lo que me pertenece. Y no suelo repetir advertencias.
—Perfecto. Entonces convéncelo de que venda sus acciones y se retire de mi vista. De lo contrario, no te aseguro nada.
Brianna entró a su oficina y azotó la puerta. No estaba para escenas absurdas, mucho menos cuando se trataba de Alexander Lennox.
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Editado: 15.08.2026