Embarazada de mi enemigo

Capítulo 05

“Algo no encajaba”

—No me dieron esa información —aclaró Berny, llevándose la mano a la boca en un gesto de asombro—. Tesoro, tenemos que ir a la clínica.

Brianna no respondió de inmediato. Se tomó unos segundos para evaluar la situación. Sabía que debía ir. No por la insistencia de la clínica, sino por los cambios en su cuerpo.

—Bien. Iremos después de la reunión.

Ambos salieron en dirección a la sala de juntas. El trayecto por el pasillo transcurrió en silencio durante unos segundos, hasta que Berny retomó la conversación.

—Tesoro, ¿a qué crees que se deba ese error?

Brianna tenía hipótesis, pero ninguna le ofrecía tranquilidad. Su mente había considerado múltiples posibilidades, aunque todas conducían a una misma conclusión inquietante: existía la posibilidad real de que su estado de salud no fuera el que ella creía.

—Es probable que los resultados del chequeo que me realicé no sean correctos. Tal vez la situación sea distinta de la que me informaron.

Berny miró su reloj de pulsera, visiblemente preocupado.

—Voy a confirmar la cita.

—Está bien. Hablamos cuando termine la reunión.

Brianna fue la última en entrar en la sala de juntas. Su llegada no pasó desapercibida: en cuanto la puerta se abrió, todos dirigieron la mirada hacia ella.

—Ofrezco una disculpa por el retraso.

Su tono se mantuvo firme, controlado, con ese matiz de indiferencia que solía incomodar a Alexander.

Un silencio expectante dominaba la sala.

Alexander estaba allí, ocupando la cabecera con una rigidez calculada. La miró igual que se observa un error dentro del sistema.

Brianna avanzó sin prisa y tomó su asiento con la misma seguridad de siempre, cruzando una pierna sobre la otra. Para ella, aquella reunión no tenía nada de extraordinario.

—Empecemos —dijo él.

No alzó la voz, pero fue suficiente.

Un asistente activó la pantalla. Las gráficas aparecieron primero, seguidas de contratos, fechas y cifras.

—Esta mañana recibimos una notificación de incumplimiento —dijo, levantándose con lentitud—. Una de nuestras agencias principales ha roto el contrato. La pérdida estimada es millonaria, pero eso no es lo preocupante.

Se detuvo justo detrás de la silla de Brianna. Ella podía sentir el calor que emanaba de él.

—Lo que me resulta fascinante —continuó, inclinándose ligeramente— es la negligencia. El expediente salió de un departamento específico sin las validaciones obligatorias. Firmado bajo una autorización que, claramente, carece de criterio.

Hizo una pausa.

—Señorita Livingston —pronunció el apellido con una calma gélida, mucho más amenazante que un grito—. ¿En qué momento decidió que las reglas de esta empresa eran sugerencias opcionales? ¿O es que el cargo le queda tan grande que ya no distingue un protocolo de un capricho personal?

Un murmullo discreto e incómodo se extendió por la sala, reacción inevitable ante la acusación.

Brianna no se movió. No quería ceder terreno, pero empezaba a sentir que el aire se volvía más denso, más difícil de sostener. Y no era solo por la presión de la reunión. Era el malestar en el estómago que comenzaba a intensificarse, robándole fuerza en el momento menos oportuno.

—No omití ningún detalle —respondió ella, con la voz firme, aunque atravesada por una ligera tensión—. El expediente estaba completo cuando salió de mi oficina. Alguien debió...

—«Alguien» —la interrumpió él—. Qué término tan... apropiado. Lástima que el único nombre que figura al pie del desastre sea el suyo.

Brianna se obligó a no reaccionar. Sabía que cualquier gesto podía jugar en su contra. Estaba siendo cuestionada y no tenía margen para defenderse sin agravar la situación.

—Mire la página cuatro. Faltan las firmas de Legal y Finanzas. Ambas —añadió Alexander, acercándose a ella—. Dígame, ¿estaba demasiado ocupada para cumplir con su deber o simplemente asumió que su apellido la hacía inmune a la competencia básica?

—El sistema no permite avanzar sin esos filtros... —intervino uno de los ejecutivos al fondo.

—Exacto —sentenció Alexander, sin apartar la mirada de ella—. Lo que significa que alguien con acceso de administrador forzó el envío. Alguien que decidió confiar en su «intuición».

Brianna se llevó una mano al estómago en un intento por controlar la sensación creciente de malestar. No era incomodidad. Era una debilidad que amenazaba con quebrarla allí mismo.

Alexander regresó a su asiento, observándola con atención. Notó el cambio en su expresión, la ligera palidez de su rostro, pero lo interpretó como una reacción calculada, una forma de evitar enfrentar las consecuencias.

—Finanzas, quiero el informe de impacto. Legal, necesito opciones para una demanda por negligencia profesional. No me importa a quién se lleven por delante —ordenó, manteniendo el tono firme—. Y usted, señorita Livingston... no se va a mover de esa silla.

Brianna quiso responder, pero comprendió que no podía sostenerse ni un segundo más controlando las náuseas. Se levantó con rapidez, priorizando salir antes de perder el control frente a todos.

—Siéntese —ordenó Alexander.

Ella lo ignoró. Tomó su carpeta y abandonó la sala, dejando tras de sí un silencio cargado de sorpresa ante lo abrupto de su salida.

Alexander tensó la mandíbula y apretó el bolígrafo entre los dedos hasta deformarlo ligeramente. Lo había dejado sin respuesta frente a todos, algo que no estaba dispuesto a pasar por alto.

Se incorporó con lentitud, dio por terminada la reunión y, con una calma que no reflejaba lo que realmente pensaba, se dirigió a la oficina de Brianna.

Entró sin llamar. No la vio en el escritorio; una arcada proveniente del baño privado lo guió hasta allí.

Se detuvo en el umbral, apoyando el hombro contra el marco de la puerta con una elegancia que resultaba insultante ante el estado de ella.

—No sabía que la soberbia provocaba jaquecas. ¿O es que dar la cara ante un error millonario te resulta físicamente intolerable?




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