Embarazada de mi enemigo

Capitulo 07

Capítulo 07

“Positivo”

La doctora se incorporó con manos temblorosas y, con una solemnidad sepulcral, le puso enfrente un sobre blanco sellado.

Berny soltó una carcajada histérica que se cortó en seco al ver que nadie más se reía.

—¡Es una broma! —exclamó él, mirando a las esquinas del techo—. ¿Dónde están las cámaras? ¿Es un programa de televisión?

Nadie respondió.

—No… —negó Berny, sacudiendo la cabeza—. No, no, no… esto no puede estar pasando. ¿Ustedes están escuchando lo que dicen? Esto es un…

Se interrumpió él mismo. Porque Brianna no reaccionaba. Y aquella ausencia de reacción era peor que cualquier grito.

Brianna no lloró. Tan solo sintió cómo su realidad, tal como la conocía, se fragmentaba en mil pedazos imposibles de reconstruir.

Los médicos seguían hablando, pero sus voces se deshacían en un ruido blanco, sin forma.

Su atención estaba clavada en el sobre, justo frente a ella.

Extendió la mano con dedos rígidos y lo abrió con una calma que no le pertenecía. Sacó el papel.

Las letras se desenfocaron por un instante.

Pero una palabra se aferró a su retina, inmóvil, gigante, imposible de ignorar:

POSITIVO.

El mundo siguió girando. El suyo no.

Se acomodó en la silla sin apartar la vista de los resultados.

—¿Existe la posibilidad de que haya un error en estos resultados? —susurró.

—Entiendo por qué lo pregunta. Pero revisamos los resultados varias veces y no encontramos ninguna inconsistencia.

—Entonces... estoy embarazada por un error médico.

El silencio de los especialistas fue la respuesta más cruel.

—¿Quién va a responder por esto? —continuó, y su voz se quebró apenas—. ¿Quién me devuelve el derecho de decidir sobre mi propio cuerpo? ¿Quién me devuelve mi vida?

Finalmente, la doctora habló con una voz medida, distante.

—Señorita Livingston… créame, todos lamentamos profundamente lo ocurrido.

Berny se puso de pie de golpe, en un movimiento brusco, desesperado. Impactó la palma de su mano contra la mesa con tal violencia que el agua en los vasos saltó.

—¡Maldición! —escupió, con la voz ronca—. Esto va más allá de un lamento. ¿Es que para ustedes ella es solo un expediente con un error de procedimiento? Exigimos toda la información.

Las lágrimas, calientes y pesadas, comenzaron a deslizarse por las mejillas de Brianna. No sollozó; dejó que cayeran sin apartar la mirada de ellos.

—Por ética profesional, no podemos… —intentó explicar el director.

Brianna alzó la mirada.

—¿Ética profesional? —interrumpió, clavando los ojos en el médico—. No me hablen de ética. No después de esto. Lo mínimo que pueden hacer, después de arruinarme la vida, es darme la información completa.

La doctora intervino, avergonzada.

—Comprendo su indignación. Sin embargo, existen procedimientos legales y de confidencialidad que debemos respetar.

Brianna se puso de pie. La sala se volvió asfixiante.

—Voy a demandarlos. Y no descansaré hasta saber exactamente quién hizo esto.

No esperó respuesta.

Salió.

Alguien la vigilaba desde la sombra. Alguien atento a cada uno de sus pasos.

—Tesoro… déjame conducir —murmuró Berny, extendiendo una mano temblorosa hacia las llaves.

Ella no reaccionó. Sus ojos, clavados en el parabrisas, no parecían mirar la carretera, sino algo mucho más lejos… un vacío que solo ella conocía.

—Sube.

No dejó espacio para discutir.

El motor rugió. Salió del estacionamiento sin decir una palabra, acelerando más de lo habitual.

Mantenía la vista fija en la carretera. Sujetaba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

—Tesoro, habla conmigo.

No obtuvo respuesta.

La noticia golpeaba una y otra vez en su cabeza. Nada encajaba.

De repente, giró el volante y estacionó a un lado de la carretera con un movimiento seco.

El auto apenas se había detenido cuando apoyó la frente sobre las manos.

—¡No! —el grito le desgarró el pecho—. ¿Por qué a mí? —golpeó el volante con desesperación, una y otra vez—. ¿¡Por qué!?

Berny se quitó el cinturón y la rodeó atrayéndola hacia él con urgencia.

El llanto irrumpió sin contención, arrasando con todo lo que había estado sosteniendo.

No había explicación capaz de aliviar el golpe.

Sentía el pecho tan oprimido que respirar se había convertido en un esfuerzo consciente.

Su cuerpo ya no le pertenecía por completo.

Y en medio de todo aquel caos, una única verdad permanecía inmóvil:

Estaba embarazada.

—¿Qué voy hacer? ¿Qué les voy a decir? —sollozó contra su hombro, con la voz rota—. ¿A mis padres? ¿A él?

—Ellos van a entender… —susurró él, aunque sus manos temblaban.

Ella se aferró con más fuerza, como si soltarlo fuera caer.

—Un bebé —dijo entre sollozos—. Y ni siquiera sé quién es el padre.

Gritó una y otra vez con tanta fuerza que los cristales parecían vibrar con ella.

—Tesoro, ya se equivocaron una vez, ese resultado no es confiable.

—Berny… lo siento en mi cuerpo.

Mientras el mundo de Brianna se desmoronaba, en otro lugar todo seguía en orden.

Alexander se encontraba reunido con algunos miembros de su familia.

Frente a él, su tío revisaba los últimos balances de la empresa con una expresión donde la ambición se imponía a cualquier otro gesto.

Su abuelo, en cambio, permanecía quieto. No necesitaba revisar papeles para saber que su nieto había transformado la compañía que él mismo fundó, llevándola a otro nivel.

Alexander observó a su tío. No buscaba signos de maldad, buscaba inconsistencias. Freddy se veía demacrado, con un traje que, aunque caro, le quedaba ligeramente grande.

—Sobrino, has hecho un trabajo increíble. Te felicito —dijo, mientras hojeaba los documentos con interés.

—Hice lo necesario —en su voz no había prisa, solo cálculo—. Sobre todo cuando otros decidieron marcharse, dejando la empresa en el fondo.




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