Embarazada de mi enemigo

Capítulo 06

«La paciente equivocada»

Berny se dirigió al despacho de Brianna. Justo cuando sus dedos rozaban el metal del pomo, la puerta se abrió de golpe, revelando la imponente figura de Alexander.

—¡Uff! —exclamó Berny, esbozando una sonrisa coqueta—. Mil disculpas.

Alexander ni siquiera se detuvo. Le lanzó un gesto cargado de desdén y pasó por su lado, rozándolo.

—¡Ay, qué aburrido! —bufó Berny, rodando los ojos antes de entrar.

Brianna ya estaba sentada en el sillón. Aún tenía la respiración entrecortada.

—¡Dios… ese hombre debería venir con advertencia: “riesgo de congelamiento emocional”! —soltó Berny mientras se dejaba caer en la silla frente a ella—. ¿Qué te ha dicho?

Brianna tardó en responder. Alzó una ceja, desviando la mirada.

—Ese imbécil… —murmuró—. Me dejó como una incompetente frente a todos.

—¡Qué insípido! —dijo él, llevándose una mano al pecho, indignado.

Brianna soltó una risa leve.

—Y lo peor es que ni siquiera pude defenderme… —añadió, apretando los labios—. No podía hablar. Las náuseas amenazaban con traicionarme.

Su mano buscó su abdomen por instinto.

—Él es la causa de todos tus males —aseguró Berny—. Te tiene enferma… de estrés.

—Lo detesto —suspiró, pero con un filo que no dejaba dudas.

—Yo todavía no —replicó, con una media sonrisa cargada de picardía—, pero voy en camino. Por cierto, ya todo está listo en la clínica.

Más tarde, Berny y Brianna se disponían a salir de la empresa. En el ascensor coincidieron con Zulema.

La mujer permanecía rígida, con la barbilla ligeramente en alto y la mirada fija al frente, como si compartir el mismo espacio fuera una molestia poco tolerable.

—Tesoro, ¿qué te parece si, después de tu chequeo médico, nos vamos de shopping? —propuso su primo, con ligereza.

La frase cayó como una aguja.

Zulema sintió una punzada seca en el pecho. Un recuerdo difuso se le impuso sin permiso: los pasillos de la clínica de fertilidad, los susurros del personal y una silueta femenina que no había logrado identificar del todo aquel día.

—Berny… apenas logro contener el malestar —murmuró Brianna, más pálida de lo habitual.

“Chequeo médico. Malestar”.

Zulema no se movió. Pero sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del bolso, tensando la piel hasta blanquear los nudillos. La idea comenzó a tomar una forma siniestra. No podía ser. Era una coincidencia. Tenía que serlo.

—Querida, estás enferma —dijo Zulema, girando mínimamente el rostro—. Lo siento mucho. Espero que te recuperes pronto.

La dulzura en su voz era demasiado perfecta.

Brianna la miró por encima del hombro, midiendo cada segundo. Captó el matiz al instante: el veneno envuelto en cortesía.

—Gracias, cariño —respondió con sarcasmo—. No es una enfermedad terminal… es cuestión de tiempo.

El aire en el ascensor se volvió pesado, casi irrespirable.

Zulema asintió despacio, sin apartar la mirada. La urgencia por descubrir la verdad la estaba consumiendo por dentro.

Su mirada descendió con disimulo hasta el abdomen de Brianna. La posibilidad que cruzó por su mente no la sorprendió… pero sí la perturbó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

El olor a antiséptico y metal golpeó a Brianna apenas cruzó el umbral de la clínica. Arrastraba una angustia contenida; tenía la certeza de que, después de cruzar esa puerta, nada volvería a ser igual.

Caminó con pasos firmes, aunque por dentro todo parecía desacomodarse.

Berny iba a su lado, en silencio por primera vez en mucho tiempo, y eso, más que tranquilizarla, la inquietó de sobremanera. Bastó con decir su nombre en recepción y de inmediato fueron conducidos a un consultorio privado, esquivando la sala de espera común.

La doctora los recibió de pie, con una expresión profesional, pero que filtraba una evidente preocupación.

—Señorita Livingston… gracias por venir —dijo la mujer, señalando los asientos—. Soy la doctora Arriaga.

Brianna frunció el ceño, desconcertada. No recordaba haberse atendido jamás con ella.

—En el mensaje dijeron que era urgente —respondió, tomando asiento con rigidez.

La doctora la evaluó un segundo más de lo necesario, como midiendo el impacto de lo que estaba por decir.

—Revisando los controles de calidad de los procedimientos ginecológicos del mes pasado, detectamos una anomalía crítica en su expediente.

Brianna sintió un pinchazo de frío en la nuca.

—¿Anomalía? ¿Alguna enfermedad? —preguntó, directa, sintiendo que el corazón aceleraba el ritmo.

La doctora no respondió de inmediato. Ese segundo de mutismo fue suficiente para que algo en Brianna se quebrara.

—No podemos confirmar el diagnóstico definitivo sin nuevos análisis inmediatos. Por favor, acompáñeme.

Lo que siguió fue un desfile abrumador de máquinas: la luz cegadora de las lámparas, el frío incómodo del gel de la ecografía y el sonido eléctrico de los monitores que llenaban la habitación. Brianna miraba el techo, sintiéndose un objeto de estudio.

Finalmente, la doctora Arriaga se quitó los guantes con movimientos precisos.

—Señorita Livingston, la trasladaremos a una sala de recuperación.

Berny, perdiendo la paciencia, dio un paso al frente.

—¿Recuperación? ¿Qué han encontrado en esos monitores?

La doctora permaneció seria. No hubo gesto alguno de calidez.

—Es para que aguarde los resultados finales —dijo con una calma ensayada—. Este tipo de verificación requiere tiempo.

La quietud que siguió fue densa. Brianna sentía una opresión insoportable en el pecho. No sabía qué ocurría, pero el miedo empezaba a dibujar escenarios oscuros que prefería no imaginar.

Llegado el momento, no los regresaron al consultorio. Los llevaron a una sala de juntas corporativa, lejos de la zona de pacientes comunes.

Tras la mesa de caoba solo los esperaban dos personas: la doctora Arriaga y un hombre canoso de traje impecable, el director de la clínica, quien mantenía una carpeta cerrada bajo sus manos como si fuera un escudo legal.




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