Embarazada de mi Rival

Capítulo 09

«Aún plano, pero ya no suyo»

Alexander no se movió.

El leve temblor en la voz de Zulema no le pasó desapercibido, pero no despertó en él compasión.

—Interesante —murmuró, más para sí mismo que para ella.

—¿Qué cosa?

Él giró el rostro lo justo para observarla de perfil.

—Tienes demasiada información para una clínica que, según dices, se escuda en la confidencialidad.

Zulema sintió cómo el control se le escapaba de las manos, pero ya no podía retroceder.

—Estoy involucrada en esto, Alexander. Soy la mujer a la que debieron realizarle el procedimiento.

Él sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.

No sentía rabia, solo una inquietud que nunca anunciaba nada bueno.

—Voy a averiguar la verdad —sentenció.

Su esposa no parpadeó.

—Hazlo —desafió ella, aunque rogaba que no lo hiciera.

Alexander tomó su teléfono. Sus dedos se cerraron alrededor del dispositivo, firmes.

—Si alguien está jugando conmigo… —su voz descendió, lenta—, va a desear no haberlo hecho.

Se giró hacia la puerta y salió sin añadir nada más.

Zulema lo siguió con la mirada sin moverse. Cuando la puerta se cerró, el aire pareció cambiar. Por primera vez desde que había empezado todo, la seguridad que había fingido sostener comenzó a resquebrajarse.

Al otro lado de la ciudad, Brianna ya no lloraba; las lágrimas se le habían agotado, dejándola en un desierto de cansancio.

Permanecía tranquila, hundida entre sábanas de seda que se sentían frías, ajenas, como si no le pertenecieran.

A sus padres y abuelo les resultó extraño que llegara sin saludar y se refugiara en su habitación como quien busca esconderse del mundo. No los estaba evitando: se estaba protegiendo. Sabía que, si abría la boca, se derrumbaría antes de decir una sola palabra.

—Tesoro, abre —la voz de Berny atravesó la puerta, nítida pero cargada de angustia.

Brianna no respondió.

—Sabes que voy a entrar de todos modos —advirtió él—, así tenga que hacerlo por la ventana. Abre ya.

Brianna cerró los ojos con fuerza. No tenía ánimo para levantarse, pero conocía demasiado bien a Berny: no se iría. Con una pesadez que parecía nacerle desde los huesos, se incorporó y arrastró los pies hasta la puerta.

Abrió.

—¿Qué quieres? —preguntó sin mirarlo. Se dio la vuelta al instante para regresar a la cama.

—Eres una ingrata —dijo él al entrar, y su tono lo traicionó—. Me tienes muerto de preocupación.

Brianna se detuvo. Se giró. Y sin decir nada, se lanzó a sus brazos, aferrándose a él. Era lo único firme mientras todo en ella se desmoronaba.

—Siento que no voy a poder con esto —susurró—. Cada segundo que pasa es más difícil de procesar. Yo no pedí ser madre. Me encadenaron a un desconocido.

Habían crecido juntos, compartido risas, secretos y heridas. Pero Berny jamás la había visto así: tan frágil, tan rota. Y aunque intentaba sostenerla, el desconcierto también lo consumía por dentro.

—No sé qué decirte, tesoro —admitió él en voz baja, apretándola más fuerte—. Intento entender por lo que estás pasando.

—No, Berny —lo interrumpió, apartándose apenas para mirarlo—. No lo entiendes. Nadie podría entenderlo. No es solo un embarazo; es una sentencia.

Ninguno dijo nada. No había palabras que pudieran aliviarla. Nada capaz de cambiar lo que ya estaba escrito.

Ella caminó hacia la cama y sacó de debajo de la almohada las dos pruebas de embarazo que habían comprado en la farmacia.

—Tesoro... quedamos en que esperarías hasta estar más calmada.

—No. Quiero terminar con esto de una vez.

Berny la siguió hasta el baño.

Se quedó de pie junto a la puerta, mordiéndose las uñas mientras aguardaba el resultado.

Unos minutos después, Brianna contemplaba las pruebas sin atreverse a mirarlas de frente. Todavía se aferraba a la esperanza de que todo fuera otro error de la clínica.

Alzó la vista hacia el espejo. Tenía los ojos hinchados y la nariz enrojecida. Apretó los párpados con fuerza y respiró hondo.

Cuando volvió a abrirlos, la realidad seguía allí.

Las dos rayas rojas.

Nítidas. Inconfundibles.

Su corazón dio un vuelco.

Aunque había esperado otro resultado, en el fondo sabía que aquello era exactamente lo que encontraría.

Permaneció inmóvil mientras las piernas amenazaban con ceder bajo su peso.

Berny vio las pruebas y la abrazó de inmediato.

—Vas a estar bien.

Brianna soltó una risa quebrada, más cercana a un sollozo.

—Nada volverá a ser lo mismo —susurró—. Nada.

Las horas pasaron y Brianna siguió atrapada en la penumbra de su habitación.

La mañana no trajo consuelo, solo una realidad más cruel.

Las náuseas la golpearon al abrir los ojos, obligándola a correr al baño. Después de devolver lo poco que tenía en el estómago, se sostuvo del lavabo, respirando con dificultad.

Alzó la mirada. El reflejo le devolvió la imagen de una desconocida: ojeras, palidez, una expresión vacía.

Bajó la vista con un temblor involuntario y se llevó la mano al vientre.

Aún plano. Pero ya no suyo.

Berny irrumpió sin permiso; su voz lo anunció antes de que su presencia llenara la habitación.

—Tesoro, ¿dónde estás? —preguntó con insistencia.

Siguió el sonido del agua hasta el baño y la encontró allí, paralizada frente al espejo, intentando reconocerse en su propio reflejo.

—Te ves... diferente —murmuró él, suavizando el tono en un intento fallido por sonar alentador.

—No mientas. Me veo horrible —replicó ella sin apartar la vista del cristal—. Siento que he envejecido diez años en una sola noche. Apenas pude cerrar los ojos.

Berny se acercó un paso, con la impotencia reflejada en el rostro.

—No tienes que poder con todo hoy. Tendrás tiempo para asimilarlo y aceptar que algunas cosas van a cambiar.

—No hables de esto con tanta naturalidad —lo cortó ella con amargura—. Como si hubiera elegido estar en esta situación.




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