La atmósfera en la sala de juntas de la clínica se volvió irrespirable.
La presencia de Alexander parecía absorber el oxígeno de la habitación. De pie, en la cabecera de la mesa, con las manos en los bolsillos, evaluaba con precisión a los especialistas frente a él.
Exigió todos los registros de la inseminación; quería cada detalle, cada mínimo error que los había llevado a equivocarse de paciente.
El leve tic en el ojo derecho del director traicionaba su supuesta calma.
Aunque le habían explicado el procedimiento una y otra vez, no era suficiente. Alexander no apartó la mirada: la sostuvo, fija y pesada, obligándolo a mantenerse firme bajo esa presión dura.
Algo no encajaba.
A simple vista, parecía un error administrativo, una confusión de expedientes. Pero todo se alineaba con una exactitud inquietante.
No era solo la "confusión" en sí; era la precisión del resultado. Entre miles de muestras y protocolos diseñados específicamente para evitar este tipo de desastres, su material genético había terminado en el cuerpo de la mujer equivocada.
—Quiero el informe médico de esa paciente —sentenció.
La doctora Arriaga, encargada de la fertilización, no bajó la mirada.
—Señor Lennox… entiendo su interés por conocer la identidad de la paciente, pero no podemos proporcionarle esa información. No sin que estén presentes ambas partes.
—No les estoy pidiendo un favor. Tengo derecho a saber quién es.
—Tiene razón. Pero darle un nombre ahora sería ignorar los derechos de la paciente, considerando que es la más afectada…
—¿La más afectada? —cortó él, sin alzar la voz.
El matiz fue suficiente para tensar aún más la sala.
—Por supuesto, señor Lennox —respondió ella, sin ceder—. Ella no eligió esto. Aquí se le arrebató esa decisión.
Algo se endureció en la mirada de Alexander.
Guardó silencio. No porque le importara, sino porque ya había entendido que ellos no iban a darle la información.
—Nos comunicaremos con ella y programaremos una reunión —intervino el director, midiendo cada palabra.
—Que sea lo antes posible —ordenó, girándose hacia la puerta—. De todos modos, mis abogados se encargarán del tema.
Se detuvo, lo justo.
—La paciencia no es mi fuerte.
Y se fue. Sin prisa.
Con una calma que pesaba más que cualquier amenaza.
Alexander llegó a Monarca y se dirigió a su oficina.
Después de acomodarse en el sillón, llamó al detective. Pero la llamada no aportó nada nuevo; solo confirmó lo que ya intuía: el procedimiento había sido alterado.
Se levantó y caminó hasta el ventanal. La ciudad se extendía bajo sus pies, ordenada, distante, completamente ajena al problema que ahora exigía su atención.
—Maldita sea —murmuró entre dientes.
Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Regresó al sillón.
—Adelante.
Era Berny, quien entró tras recibir permiso.
—Jefe… necesito que firme estos documentos —dijo, acercándose con su habitual ligereza, mientras dejaba la carpeta sobre el escritorio.
Alexander hojeó los papeles.
—Eso le corresponde a tu jefa —dijo, sin levantar la vista.
—Ella no vino hoy a la empresa. Está indispuesta.
Un leve gesto tensó su mandíbula.
—Qué estrategia tan conveniente la de la señorita Livingston —comentó en voz baja—. Ayer se retiró antes de tiempo y hoy decide no presentarse. ¿Ya empezó a esconderse detrás de la excusa del embarazo?
Berny retrocedió, desconcertado.
—¿Cómo sabe que está embarazada?
Alexander alzó la mirada. No hubo sorpresa en sus ojos, solo certeza.
—¿Acaso no era evidente?
—No. Porque ni siquiera ella sospechaba de su estado. Ese embarazo fue un… accidente.
Alexander entrecerró los ojos. La palabra “accidente” pareció quedar suspendida en el aire más de lo necesario.
Firmó los documentos y se los entregó.
Cinco días después.
Brianna seguía refugiada en su habitación. No había pisado la empresa, apenas cruzaba palabra con sus padres y había ignorado cada llamada de la clínica.
No quería saber quién era el donante. No quería ponerle un rostro a ese error.
Pero esa mañana, el encierro le pesó más que el miedo. No era de las que se hundían… y no iba a empezar ahora.
—Tesoro, ya me voy —dijo Berny al asomarse, deteniéndose al verla—. ¡Vaya, un milagro! Al fin decidiste abandonar el búnker. ¿Vamos a la clínica?
Ella estaba frente al espejo, delineándose los labios con precisión, como si ese pequeño gesto fuera lo único que aún podía controlar.
—No. Todavía no estoy lista para enfrentar a ese hombre. Ni siquiera sé qué voy a hacer con mi vida.
Berny se colocó detrás de ella, observándola con más seriedad.
—Deberías salir de eso ya. Mientras más lo pienses, más grande se vuelve el problema.
Brianna dejó el labial sobre la mesa. Sus dedos se quedaron inmóviles.
—Tengo miedo, Berny —admitió—. ¿Y si es un hombre horrible? ¿Un acosador, un demente, un delincuente, un indigente… un monstruo?
—Qué horror… —la cortó—. ¿Por qué siempre te vas al peor escenario?
—No quiero… pero no puedo evitarlo. Siento que mi vida quedó atada a alguien que podría ser cualquiera.
Berny ladeó la cabeza y rodó los ojos.
—Podrías imaginar que es alguien increíble. Un hombre guapo, soltero, de buen apellido… alguien como, no sé, Alexander Lennox, por ejemplo.
Brianna se quedó inmóvil y lo miró por el espejo.
—Por Dios… retira eso.
Berny soltó una risa baja.
—Que no lo soportes no le quita lo demás. Es un espécimen perfecto —insistió, con una sonrisa—. Tiene todo lo que cualquier mujer querría.
Brianna tomó su bolso con más fuerza de la necesaria.
—Es un arrogante indeseable. Vámonos… odio hablar de él como si fuera un premio.
—Es muy deseable —susurró Berny mientras caminaban hacia el garaje.
Esta vez, Berny tomó el volante.