Embarazada de mi Rival

Capítulo 11

“Nada de privilegios”

Ignoró la llamada.

No era el momento.

Mientras tanto, Alexander permanecía reclinado en su sillón, golpeando el escritorio con el bolígrafo de forma rítmica. Frente a él se extendía una hilera de documentos que, aunque importantes, no tenía el menor deseo de revisar.

Su asistente tocó la puerta y entró con una taza de café.

—Gracias —dijo él, tomándola.

La observó quizá más de lo que debía. Hasta el momento, se desempeñaba con eficiencia…, pero había algo en su presencia que lo mantenía tenso sin una razón clara.

—¿Se le ofrece algo más, señor Lennox?

—No.

Justo cuando ella abrió la puerta para retirarse, Edwin, uno de los ejecutivos, entró sin pedir permiso. Su mirada se deslizó con descaro sobre la empleada.

—El cambio de asistente fue muy favorable. La otra era eficiente, pero sin mucho atractivo; esta sí es interesante.

Alexander bebió un sorbo de café y dejó la taza sobre el escritorio.

—Aquí lo que importa es la eficiencia.

—Tiene razón. Si fuera por belleza, Brianna tendría un altar en el pasillo solo para admirarla. Por cierto, ya reingreso. Esta en su oficina.

El nombre cayó con un peso distinto.

Alexander permaneció en silencio.

Desde aquella reunión, la imagen de Brianna aparecía en su mente con una frecuencia irritante. Su actitud desafiante, su negativa a doblegarse y, sobre todo, aquella vulnerabilidad que había visto por un instante cuando creyó que nadie la observaba.

No le gustaba pensar en ella.

Mucho menos preguntarse por qué lo hacía.

Cuando Edwin salió, Alexander tomó el bolígrafo entre los dedos y lo dejó sobre el escritorio con más fuerza de la necesaria.

Las carpetas seguían allí.

Los pendientes también.

Y, de pronto, la ausencia de Brianna volvió a parecerle una provocación.

Minutos después, se dirigió a su oficina.

Caminó por el pasillo con pasos firmes.

Entró sin anunciarse; no lo consideró necesario. Se detuvo en el umbral, evaluándola con frialdad, y cruzó los brazos. La seguridad de su postura rozaba la soberbia.

Brianna, que en ese momento abría las cortinas, percibió su perfume antes de verlo. Una sensación incómoda le recorrió la espalda al reconocerlo. Fue una reacción instintiva que detestó, pero se obligó a mantener la compostura.

—¡Qué sorpresa! —soltó con sarcasmo mientras caminaba hacia él. No se sentó; se apoyó en el borde del escritorio, desafiante—. ¿Me extrañaste? ¿Dónde están las flores de bienvenida?

Alexander avanzó con lentitud hasta quedar frente a ella, acortando la distancia de forma incómoda.

—Que seas socia no te hace inmune a tus responsabilidades —sentenció en voz baja.

Brianna arqueó una ceja sin apartar la mirada.

—Qué recibimiento tan aburrido, Lennox.

Él no cedió. Su mirada descendió hasta su vientre y luego volvió a clavarse en sus ojos.

—Aquí todos somos iguales. No tienes privilegios y un embarazo no es una incapacidad —hizo una pausa—. ¿O así serán los próximos meses hasta que nazca tu bebé?

La palabra «bebé» la golpeó como un impacto físico. Tragó saliva y su máscara de indiferencia se resquebrajó.

Alexander lo notó y, por una fracción de segundo, la idea de haber cruzado un límite pasó por su mente. Pero no se detuvo.

Ella se puso de pie para quedar a su altura y aclaró:

—Si viniste a darme lecciones de ética laboral por unos días de ausencia, puedes irte por donde entraste. Mis asuntos personales no son de tu incumbencia.

—Te equivocas. Mi escritorio está saturado con tus pendientes. Tus problemas personales sí afectan el funcionamiento de este edificio.

—No tienes la menor idea de lo que estoy pasando ni del esfuerzo que hago para estar aquí.

—Aquí todos cargamos con situaciones difíciles; no eres la única —respondió él, sin la menor empatía—. Si no puedes cumplir con tus obligaciones, puedes renunciar. No eres indispensable.

Se midieron en silencio, inmersos en una guerra de egos en la que ninguno estaba dispuesto a ceder.

Finalmente, Alexander se giró para abandonar la oficina.

—Quiero mi escritorio despejado.

El sonido seco de la puerta fue lo único que dejó tras de sí.

Más tarde...

Brianna y Berny permanecían de pie frente al escritorio, con los brazos cruzados, observando la fila de carpetas acumuladas.

—Se pasó Lennox —murmuró Berny con una media sonrisa cargada de ironía.

—Es un inconsciente. No le conmueve en lo más mínimo mi estado.

El golpe en la puerta rompió el momento. Berny se adelantó para abrir, pero apenas giró el picaporte, Zulema ya estaba entrando.

Caminó directamente hacia Brianna con otra carpeta en la mano, aumentando aún más la carga que tenía encima. Su mirada se detuvo en ella y el resentimiento apenas logró ocultarse bajo una expresión amable.

—Querida, espero que te sientas mejor —dijo, bajando la vista hacia su vientre—. Necesito que firmes estos documentos.

—Gracias —respondió Brianna, por educación.

Zulema dejó la carpeta sobre el escritorio, encima de las demás.

—Qué desconsiderado es mi esposo —añadió con falsa ligereza—. Debió ayudarte. Él sabe de tu estado de salud..., aunque, bueno, entiendo por qué no lo hace. Tú no eres precisamente de su agrado.

Berny soltó una carcajada.

—Dile que el sentimiento es mutuo.

Brianna no intervino. No hacía falta.

Zulema se contuvo, pero algo dentro de ella se descontroló. Por un instante, tuvo el impulso irracional de agarrar a Brianna y arrancarle aquello que, en su mente, le pertenecía. La sensación fue tan intensa que todo su cuerpo se tensó.

Mostró una sonrisa que no alcanzó sus ojos.

Y se fue.

Brianna lo percibió. Zulema la había observado con demasiada atención, como si estuviera viendo algo más allá de su ropa.

El día continuó su curso habitual, dejando que las horas transcurrieran entre lecturas y firmas, cada vez más pesadas.




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