Embarazada de mi Rival

Capítulo 12

“Cuando los rumores estallan”

Óscar la observó de arriba abajo, como si estuviera contemplando una pieza clave de un plan que llevaba años esperando completar.

—Al fin cambiará el destino de esta familia. Todo volverá a ser como antes.

Brianna frunció el ceño.

—¿Cómo antes? —Se acercó y lo encaró—. Si estás pensando en casarme con uno de tus amigos, como quisiste hacer aquella vez, te recomiendo que lo pienses mejor. No volveré a cometer el mismo error dos veces.

Por un instante, la sonrisa de Óscar vaciló.

Pero solo por un instante.

Brianna no esperó una respuesta. Subió las escaleras con paso firme, aunque por dentro sentía cómo una vieja herida volvía a abrirse.

Entró en su habitación y se dejó caer sobre la cama.

Berny la siguió. Percibió el cambio en su semblante, pero no quería atormentarla más.

—Mi papá me estresa.

—¿A qué crees que se refería?

—No lo sé. Pero te juro que no será igual.

Cerró los ojos.

Por un momento volvió a verse años atrás, preparándose para una boda que nunca deseó. Recordó los meses de presión, las decisiones tomadas por otros y la sensación de estar siendo ofrecida como parte de un acuerdo que no le pertenecía.

Lo había soportado todo.

Hasta que, a pocos días de la ceremonia, él se echó atrás.

Todavía recordaba la humillación de escuchar que no podía casarse con ella; que Óscar solo intentaba utilizarlo para sacar provecho y que no estaba dispuesto a convertirse en una pieza más de aquel juego.

Ella había pasado años odiándolo por abandonarla.

Con el tiempo, comprendió que también había sido una víctima de los planes de Óscar.

Pero eso no borraba la herida.

Ni la vergüenza de haber sido rechazada.

—Tesoro… te veo al rato. Necesito un baño.

La noche cayó, tiñendo el cielo de un negro absoluto.

Y, al igual que varias noches atrás, a Brianna le costaba conciliar el sueño. Daba vueltas en la cama, imaginando cómo sería su vida y cómo iba a enfrentarse a la maternidad.

El destino la estaba poniendo a prueba.

Tanto, que a la mañana siguiente, incluso antes de que Brianna llegara a la empresa, ya era el tema principal en todos los pasillos, sin que ella lo imaginara.

Alexander estaba en su oficina cuando Edwin entró en busca de unos apuntes.

—Que copien los códigos. No quiero errores —ordenó Lennox.

Edwin asintió mientras revisaba los documentos.

—Me encargaré personalmente. Las mujeres de contabilidad están… bastante entretenidas con el tema del día.

—¿A qué te refieres? —preguntó Alexander, sin levantar la vista del computador.

—Al caso de Brianna. —Hizo una breve pausa—. Dicen que está embarazada y no sabe quién es el padre.

Alexander se detuvo en seco. Algo se le apretó en el pecho; una sensación incómoda e inesperada.

—Haz tu trabajo —dijo finalmente.

—Claro. Los clientes no tardan en llegar.

Edwin se retiró.

Pero la idea quedó allí.

Una mujer decente no se veía envuelta en ese tipo de situaciones.

Cuando Brianna llegó, un poco más tarde de lo habitual, lo sintió en cuanto se abrieron las puertas del ascensor. Notó las miradas. Pero esta vez no eran de admiración; venían acompañadas de susurros, risas disimuladas y gestos despectivos.

Aun así, pensó que era producto de su imaginación. Caminó erguida, fingiendo que no le afectaba.

Minutos después, Berny se encargó de mostrarle la realidad.

—Tesoro… alguien escuchó la conversación que tuvimos en el baño ayer por la tarde —dijo en voz baja—. Y se encargó de contarle a todo el mundo que estás embarazada… y que no sabes quién es el padre.

El golpe fue inmediato.

Brianna sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Su corazón empezó a latir con fuerza descontrolada.

—¿Qué?

—Fue una de las mujeres de contabilidad.

Ella guardó silencio, con la mirada fija en algún punto.

—Para ellos… debo ser una mujer fácil —susurró, con la voz quebrándose—. Una cualquiera.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Berny se acercó sin dudar.

—Nada de eso. Tú sabes lo que eres… y lo que vales. —Le sostuvo el rostro con firmeza—. Vamos, limpia esas lágrimas. Brianna Livingston no se derrumba por chismes baratos.

Ella cerró los ojos un instante, tragándose la vergüenza.

—No sé cómo voy a caminar por esos pasillos después de esto.

—Caminando —respondió Berny—. Pero será más difícil si les das el poder de seguir hablando.

Eso fue suficiente.

Minutos después, Brianna se recompuso. Retocó su maquillaje, alzó el mentón y salió de la oficina con Berny a su lado, decidido como siempre.

Cuando llegaron a finanzas, las risas eran evidentes. Una de ellas relataba la historia con lujo de detalles… hasta que la presencia de Brianna lo cortó todo de golpe.

El silencio cayó de inmediato, interrumpido solo por el sonido de la fotocopiadora.

Brianna avanzó despacio, mirando a cada una sin prisa, hasta detenerse frente a la mujer que hablaba.

—Recoge tus cosas. Estás despedida.

El pánico se extendió de forma inmediata.

—Por favor, yo…

—Y tú… y tú también —añadió, señalando a dos más—. Fuera. Ahora.

Entonces, una voz a su espalda tensó el aire.

—¿Qué está pasando?

Alexander permanecía de pie, con las manos en los bolsillos, observando mientras esperaba una respuesta.

Brianna no se giró hacia él. Mantuvo la mirada al frente, como si él no estuviera allí.

—La señorita Livingston nos despidió sin justificación —intervino una de ellas rápidamente.

Brianna exhaló, cansada.

—¿Alguien más quiere hacerles compañía?

Nadie respondió.

—Perfecto. Si vuelvo a escuchar mi nombre en sus bocas, las despido a todas.

Se giró sin dignarse a mirarlo. El eco de sus tacones cortó el silencio con cada paso.

Estaba a punto de entrar en su oficina cuando la voz de Alexander la detuvo.




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