Embarazada de mi Rival

Capítulo 13

“Perdiendo el control”

Brianna se dejó caer en el sillón, sin fuerzas. Las paredes parecían cerrarse sobre ella y el aire se volvía insuficiente.

No era cansancio; era la presión, el peso de las miradas, de los rumores, de todo lo que no podía controlar. No podía quedarse allí ni un minuto más.

Se incorporó, ignoró todo el trabajo pendiente, tomó su bolso y salió sin mirar atrás.

Caminó por el pasillo con la espalda recta, aunque por dentro se partía en pedazos.

Pasó junto al escritorio de Berny.

—Nos vemos en casa —dijo sin detenerse, acomodándose las pulseras.

Él se levantó de inmediato y la alcanzó unos pasos más adelante. Algo no encajaba en su tono de voz.

—Tesoro, ¿te sientes mal?

Ella negó suavemente, manteniendo el paso hacia el ascensor.

—Estoy bien... pero si permanezco en este edificio un minuto más, me voy a asfixiar.

Berny la observó, evaluando la palidez de su rostro.

—Entonces me voy contigo.

—No, Berny —lo cortó—. Tienes mucho trabajo.

No le dio espacio para replicar. Siguió caminando; detenerse significaba derrumbarse ahí mismo.

El aire fresco del estacionamiento no le dio el alivio que esperaba. Se detuvo en seco y soltó un suspiro cargado de ironía.

No podía ser.

Aquello tenía que ser una broma.

Alexander estaba apoyado contra el auto de ella, hablando por teléfono. Su tono era bajo, pero cargado de hostilidad, de una irritación que no podía disimular.

—Doctora... mi paciencia se está agotando —decía—. Si esa mujer sigue negándose a darme la cara, voy a actuar bajo mis propias reglas.

Hizo una pausa, esperando una respuesta del otro lado de la línea.

A Brianna no le interesaba escuchar la conversación, pero algo en esas palabras la obligó a permanecer inmóvil.

—Le doy veinticuatro horas —continuó él—. Ella tiene algo que me pertenece y no pienso aceptar otra negativa.

Colgó con brusquedad. El metal crujió bajo su puño, rompiendo el silencio del estacionamiento.

—¡Maldita sea!

Se pasó una mano por el cabello, tensando la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cuello se marcaron. Parecía a punto de estallar.

—No te desquites con mi auto —dijo Brianna a su espalda.

Él se giró despacio. El enrojecimiento de su rostro y la rigidez de su mandíbula lo delataban. Sus ojos, habitualmente fríos y precisos, estaban cargados de una ira difícil de contener.

No respondió. Se limitó a evaluarla.

Brianna sostuvo su mirada más de lo necesario. Era la primera vez que lo veía así: sin máscara, sin control, incluso vulnerable. Y, contra toda lógica, eso la sacudió más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Se acercó, invadiendo casi su espacio personal.

—Vaya... alguien consiguió poner a prueba ese control del que tanto presumes. Me encantaría conocer a la persona que te tiene así... para agradecerle el favor.

—¿Eso te haría feliz? —susurró él.

—La verdad... sí —respondió con satisfacción—. Disfruto verte perder el control.

Él esbozó una sonrisa mínima, carente de humor.

—Lo mío es un contratiempo. Lo tuyo... no tiene arreglo.

Esa vez, el golpe sí dio donde debía. Pero Brianna no lo mostró. No le daría ese triunfo.

Rodeó el auto y abrió la puerta con movimientos precisos.

—En fin, Lennox —dijo sin mirarlo—. Ojalá esa persona nunca aparezca. Sería una lástima que el espectáculo terminara.

Le dedicó una última mirada antes de subir.

—Debo admitirlo... me encantó verte así.

Subió al auto y cerró la puerta con firmeza.

El motor rugió, rompiendo la tensión. Mientras salía, lo vio por el retrovisor. Alexander seguía allí, de pie, observando cómo se alejaba.

Apretó el volante y aceleró. Por un instante, el peso en su pecho se sintió un poco más ligero.

Las horas pasaron, dando paso a la oscuridad... y, con ella, a todo lo que el día no había podido silenciar.

Alexander se encontraba en el balcón de la mansión Lennox, con un vaso de whisky entre los dedos. Observaba las luces tenues del jardín, aunque su mente estaba muy lejos de allí.

—Te noto preocupado... ¿o son ideas mías?

La voz de su tío Freddy irrumpió sin aviso. Se colocó a su lado, imitando su postura e intentando descifrarlo desde la cercanía.

Alexander se bebió el whisky de un solo trago. No se giró.

—Estuviste fuera siete años. No vengas ahora a decir que me conoces.

Freddy soltó una leve risa, sin apartar la vista del frente.

—No necesito tanto tiempo para reconocer cuándo un Lennox está inquieto. —Hizo una pausa, midiendo sus palabras—. ¿Es por la llegada de Lion?

Esa vez, Alexander sí reaccionó. Frunció el ceño y giró lentamente hacia él.

—¿A qué viene esa pregunta?

—Quizás... —continuó Freddy con una calma casi provocadora— sientes que podrías ser reemplazado.

Alexander sonrió, pero no había humor en aquel gesto; era apenas una curva tensa y peligrosa.

—Freddy, tu hijo no representa ninguna amenaza. Ni en la empresa ni en mi vida personal. —Su voz descendió varios grados—. De hecho, estoy ansioso por conocer a mi primo.

Dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco y se marchó sin esperar respuesta.

Al entrar en la habitación, el contraste lo golpeó de inmediato.

Zulema lo esperaba.

Lencería roja, velas encendidas; una escena cuidadosamente diseñada para seducirlo... para distraerlo.

Pero no funcionó.

Alexander se quedó de pie en la puerta. Su mirada recorrió el lugar sin interés, y el rechazo se marcó en cada músculo de su cuerpo.

—Mi amor... —susurró ella, acercándose con una sonrisa suave.

Lo rodeó por el cuello, buscando suavizar la rigidez que lo envolvía.

—Estás muy tenso...

Él no se dejó envolver.

Con firmeza, pero sin brusquedad, apartó sus manos.

—No estoy de humor.

Zulema lo miró, herida, pero no retrocedió.




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