Embarazada de mi Rival

Capítulo 14

Una mentira necesaria”

Al día siguiente...

Brianna permanecía sentada al borde de la cama, con la mirada perdida en un punto indefinido de la habitación. No había llanto ni lamentos; no porque se encontrara bien, sino porque había cruzado ese umbral donde el dolor deja de expresarse para empezar a consumirlo todo desde dentro.

Cerró los ojos un instante, respirando hondo, como si estuviera sopesando el peso de la decisión más crucial de su vida.

—¿En qué piensas? —La voz de Berny llegó desde el umbral de la puerta, con una suavidad inusual en él.

Brianna no respondió de inmediato. Se puso en pie y caminó hacia el armario. Lo abrió con una parsimonia que contrastaba con el caos emocional que ocultaba.

—Llegó el momento de enfrentar la realidad —sentenció.

Extrajo un vestido negro de corte impecable y lo acompañó con tacones de aguja y accesorios de diamantes que destellaban con frialdad.

Berny se enderezó, alarmado.

—¡Me va a dar algo! —exclamó, llevándose una mano al pecho con su característica teatralidad—. ¿Vas a la clínica?

—Sí —respondió ella en un susurro mientras ajustaba el vestido a su figura—. Voy a hacer lo que debí haber hecho desde el instante en que supe... que estaba embarazada.

Berny guardó silencio, observándola con detenimiento. Había algo distinto en su semblante. No era exactamente fortaleza, pero tampoco fragilidad.

—Tesoro... ¿a qué te refieres exactamente? —insistió, intrigado.

Brianna cerró su bolso con un clic metálico y lo sostuvo con firmeza antes de encararlo.

—A corregir el error.

A Berny se le heló la sangre. Sus ojos se abrieron de par en par, tratando de procesar la implicación de aquellas palabras.

—Tesoro... —dio un paso hacia ella—. No puedes tomar una decisión de este calibre tú sola.

Ella giró el rostro lo suficiente para mirarlo. No había dureza en sus ojos, sino algo mucho más inquietante: claridad absoluta.

—Berny, estoy en mi derecho. Tengo la oportunidad de elegir mi destino.

Él negó con la cabeza, atónito. Aunque había sido testigo de su sufrimiento, no podía permitir que actuara por impulso. La tomó de las manos con urgencia.

—No estás preparada para esto. Debes hablar con el padre; ambos deberían decidir. Tal vez si...

—Te puedes quedar aquí, Berny —lo interrumpió con voz seca—, o puedes acompañarme bajo la condición de no intervenir.

El trayecto transcurrió en un silencio sepulcral. No hubo exceso de velocidad ni maniobras bruscas; solo una dirección fija. Brianna conducía con precisión. Por primera vez desde que estalló el conflicto, parecía saber exactamente hacia dónde se dirigía.

Berny permaneció mudo, limitándose a observarla de reojo. Cuando el vehículo se detuvo frente a la clínica, el silencio entre ambos ya lo había sentenciado todo.

Caminaron por los pasillos con una elegancia que enmascaraba el desastre inminente que cargaban en cada paso.

—Esto es una locura —susurró Berny, con el rostro desencajado por la impotencia—. Ese bebé no tiene la culpa de nada.

—¿Acaso yo sí? —replicó ella sin detenerse.

—Jamás... Pero esto me parece inhumano. No estoy de acuerdo contigo, y si estoy aquí no es para apoyarte, sino para comprobar si realmente eres capaz de semejante atrocidad.

Brianna se detuvo y lo miró fijamente. Sostuvo la mirada unos segundos. Las palabras de su primo habían hecho mella, pero no tenía energía para discusiones morales.

—Berny... —hizo una pausa—. No voy a abortar.

Él soltó un suspiro dramático, casi tambaleándose.

—¡Ay, no, me muero! ¿Por qué me torturas así? Vengo con una angustia que no te puedes ni imaginar.

—Eres demasiado intenso —zanjó ella, reanudando la marcha.

Berny recuperó la compostura, alzó el mentón y caminó con la espalda erguida, recuperando su aire sofisticado.

Al llegar a la recepción, la voz de Brianna sonó autoritaria.

—Necesito ver a la doctora Arriaga. Ahora.

No fue una petición, sino una orden.

La escoltaron de inmediato al consultorio. La doctora Arriaga la recibió de pie, manteniendo un barniz de profesionalismo que flaqueaba ante la presencia de la joven.

—Señorita Livingston, me alegra que haya aceptado venir —dijo la mujer, indicándole un asiento.

—Estoy encantada de estar aquí —replicó Brianna con sarcasmo—. Este se ha convertido en mi lugar favorito.

La doctora bajó la mirada, detectando la hostilidad disfrazada de cortesía.

—Créame, daría lo que fuera por revertir los errores administrativos que nos trajeron hasta aquí.

—Justo a ese punto quería llegar, doctora —intervino Brianna—. No podemos retroceder el tiempo, pero sí podemos reescribir la historia.

—¿Desea interrumpir el embarazo? —preguntó Arriaga con cautela.

—En términos estrictos, sí —afirmó Brianna—. Quiero que le comunique al donante, con ese lenguaje tan convincente que utiliza conmigo, que perdí al bebé. Un aborto espontáneo, una crisis nerviosa... lo que su criterio profesional considere más creíble.

Su voz no era fría; era firme, lo que la hacía sonar mucho más peligrosa.

Berny cerró los ojos y sacudió la cabeza; para él, su prima estaba operando en un nivel de desesperación absoluta.

—Señorita Livingston... entiendo su postura, pero...

—No necesito que la entienda —la interrumpió sin elevar el tono—. Necesito que la analice desde una perspectiva de gestión de riesgos. Si acepta, me comprometo a no proceder legalmente contra usted ni contra este centro. De lo contrario, en menos de lo que imagina, tendrá este consultorio asediado por autoridades y periodistas. Su nombre encabezará los titulares. Qué panorama tan desolador, ¿no cree?

La doctora, una mujer de trayectoria impecable y éxito consolidado, sintió el impacto de la amenaza. No temía solo por su carrera, sino también por el legado de sus hijos, quienes seguían sus pasos.

Tras un silencio tenso, asintió despacio, tragando saliva.




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