“Hazle caso a la intuición. Nunca falla”
La frase quedó suspendida en el aire, precisa, pero incapaz de sostener el verdadero peso que arrastraba.
Alexander no reaccionó. Permaneció erguido, inmóvil, con una quietud demasiado controlada para resultar natural. Solo su mirada cambió: no se quebró, no estalló... simplemente perdió luz.
Le tomó un segundo asimilarlo. No hubo duda, apenas un leve desajuste, la sensación de que la idea no terminaba de encajar en su mente.
—¿Aborto...? —repitió en voz baja.
La doctora asintió.
—Lo siento.
—¿Está segura?
—Completamente. Perdió el embarazo.
La afirmación lo atravesó sin resistencia. La noticia dejó de ser un término clínico para volverse insoportable.
Un hijo. Uno al que no llegó a conocer y del que ni siquiera sabía el nombre de la mujer que lo llevaba en su vientre.
Entonces llegó el vacío. No era solo la ausencia de un llanto esperado, sino el eco brutal de un futuro interrumpido de golpe.
Sus dedos se tensaron dentro de los bolsillos y apretó la mandíbula, conteniendo algo que ni él mismo lograba nombrar.
—No llegó a nacer... —murmuró, más para sí mismo que para ella.
La doctora se frotó la frente con la yema de los dedos y desvió la mirada.
Fue ahí cuando algo dejó de encajar.
Había precisión en todo: el tono, la postura, las palabras. Alexander repasó cada detalle: las manos demasiado quietas, la respiración medida... y ese mínimo retraso antes de pronunciar el «lo siento».
Él asintió, aparentemente resignado. Se giró hacia la salida, pero se detuvo antes de dar el primer paso.
—Usted es muy buena en esto —dijo sin mirarla—. Es profesional —hizo una pausa—, pero no lo suficiente. Ese bebé era mío, y si existe la más mínima posibilidad de que esté vivo...
No alzó la voz.
—Lo voy a encontrar.
Salió sin mirar atrás, dejando algo más inquietante que la ira: la certeza de que no había creído una sola palabra y de que no iba a detenerse.
Caminó por el pasillo con pasos firmes, aunque por dentro la grieta estaba abierta.
Sacó el teléfono y marcó un número.
—Haz lo que tengas que hacer —ordenó apenas atendieron—. Quiero respuestas.
Cortó la llamada sin esperar réplica.
Había percibido la mentira y daría con el nombre de esa mujer. No importaba el precio.
Las horas pasaron y el sol comenzó a ocultarse tras los edificios, tiñendo la ciudad de un tono opaco.
Brianna sentía que los documentos se multiplicaban frente a sus ojos cansados. Exhausta, se dejó caer en el asiento y llevó las manos a su vientre.
Aún no lograba asimilarlo: iba a ser madre. Un giro que no figuraba en sus planes y que no sabía si estaba preparada para aceptar.
Llamaron a la puerta. Tardó unos segundos en responder.
—Adelante.
—Permiso, señorita Livingston —dijo la empleada, acercándose con varias carpetas—. Soy Liseth Castillo, asistente del señor Lennox, y...
—No me estás diciendo nada nuevo —la interrumpió, sin moverse—. ¿Qué quiere tu jefe?
—Necesita los informes de los clientes de Dubái.
Brianna maldijo en silencio y rodó los ojos, irritada. Se puso de pie y tomó varias carpetas. Aquella presión constante tenía que terminar.
Se dirigió a la oficina. El sonido de sus tacones marcó su paso por el pasillo, atrayendo miradas.
Entró sin tocar; entre ellos, esa ya era una costumbre.
Alexander no estaba solo y, aun así, no se detuvo.
Se acercó al escritorio y dejó los documentos con una calma que no sentía. Con ese mismo tono, bajo y contenido, habló:
—¿Qué demonios te pasa? Estoy harta de tus malditas exigencias. No soy una máquina.
Él exhaló con lentitud. No tenía ánimo para otra discusión.
—¿Exigencias? —respondió con una tranquilidad que resultaba más inquietante que cualquier grito—. Yo lo llamo orden.
—Estoy cumpliendo con mi trabajo. Que quieras imponer el ritmo es otra cosa.
Sus miradas se encontraron. No fue un simple cruce: hubo algo más profundo, algo que ninguno se atrevía a nombrar.
Él vio cansancio y miedo.
Ella vio tristeza y frustración.
Freddy, que aguardaba en el sofá, se incorporó y caminó hacia ella, rompiendo la tensión. Le tendió la mano.
—Señorita Livingston, mi nombre es Freddy Lennox.
Brianna dudó antes de corresponder al saludo.
—Supongo que ya sabe el mío.
—Por supuesto —afirmó—. Y, si no le molesta, puedo ayudarla con los documentos.
—No —intervino Alexander—. Esa información solo la revisamos ella y yo.
Brianna esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Gracias, es muy amable, pero él tiene razón.
Volvió a dirigirse a Alexander, esta vez con burla.
—Jefe, revisaré los informes.
Se giró para salir.
—Señorita Livingston —la detuvo él—. Mañana tenemos una reunión importante. Espero que su «estado» no sea un inconveniente para llegar temprano.
Ella se volvió despacio.
—Entendido, jefe —respondió con sarcasmo.
Hizo una leve reverencia antes de marcharse.
Alexander se quedó mirando la puerta, esperando algo que sabía que no iba a suceder.
—Qué joven tan interesante —murmuró Freddy—. La candidata perfecta para Lion.
Alexander entrecerró los ojos. Sí, Brianna era una mujer hermosa... pero también un enigma difícil de descifrar.
—Tal vez —concedió—. Quizá sean tal para cual.
Mientras tanto, Brianna se dirigía a su oficina, envuelta en sus propios pensamientos, cuando fue interceptada por Zulema.
—Querida, justo iba a preguntar cómo estabas. Me preocupa tu estado —dijo con suavidad.
Brianna arqueó ligeramente las cejas, sorprendida más por el tono que por las palabras; aquella amabilidad, viniendo de ella, resultaba difícil de creer.
—Zulema, trabajas en relaciones públicas, no eres doctora —respondió con sequedad, sin detener el paso.
—Solo intento ser amable. No sé por qué, pero intuyo que no te caigo bien.