“Lo inevitable”
—No, amor, por supuesto que no —respondió ella con suavidad—. Pero me resulta extraño que, después de haber insistido tanto en conocerla, ahora aparezcan con esa historia.
Alexander cerró la carpeta con un gesto preciso y se incorporó sin prisa. Se acercó a su esposa y, al inclinarse hacia su oído, dejó escapar un susurro que no necesitó elevarse para resultar amenazante.
—Si descubro que me estás ocultando algo, no dudaré en romper mi promesa, y lo haré sin el menor remordimiento.
Se marchó del despacho sin volver la vista atrás. Zulema lo siguió con la mirada, consciente de que él intuía más de lo que decía, pero también de que ella misma guardaba verdades que no podía permitirse revelar.
Permaneció inmóvil, con los ojos fijos en el brillo opaco de la lámpara, mientras una certeza incómoda se abría paso en su interior: su matrimonio pendía de un hilo y, en el fondo, sabía que ella era la principal responsable.
Llevaban cinco años juntos, cinco años construidos sobre acuerdos, silencios y equilibrios frágiles, y no estaba dispuesta a perderlo todo.
A varios kilómetros de distancia, ajena a la cadena que la ataba a aquella escena, Brianna apenas lograba mover el tenedor sobre el plato. La comida permanecía intacta, y hasta el simple olor le resultaba insoportable.
Su abuelo, que la observaba con la agudeza paciente de quien ha aprendido a leer más allá de las palabras, apoyó la mano sobre la de ella con un gesto cálido.
—¿Por qué no comes?
—No tengo hambre —respondió sin mirarlo.
El anciano esbozó una leve sonrisa, cargada de sabiduría.
—¿No será que tienes antojo de otra cosa?
Brianna alzó la vista, desconcertada, y detuvo el movimiento del tenedor. Miró brevemente a sus padres antes de volver a fijarse en él.
El cambio en su expresión fue brusco, aunque quizá nadie lo notó.
—No, abuelo.
Él asintió con la calma de quien sospecha más de lo que expresa.
El padre de Brianna intervino entonces, con una preocupación que no podía disimular.
—¿Estás bien?
—Sí, estoy bien.
—Cariño, sabemos que algo te ocurre —añadió su madre con dulzura—. Recuerda que somos tu familia. Cuando quieras hablar, aquí estaremos.
—Es el estrés —soltó Berny, intentando aligerar el ambiente—. Alexander Lennox es muy exigente.
Brianna dejó escapar una breve exhalación.
—Sí. Ese hombre y yo nunca podremos relacionarnos como socios normales.
—Eso va a cambiar —aseguró don Óscar.
—Dudo mucho que eso ocurra algún día —sentenció ella.
Sin añadir nada más, Brianna se levantó, pidió permiso y se retiró. Sabía que debía hablar con ellos, pero todavía no encontraba la fuerza para hacerlo.
Mientras subía las escaleras, una extraña mezcla de orgullo y determinación la atravesó. Reconocía su valentía, consciente de que no cualquiera soportaría lo que ella estaba viviendo sin quebrarse, sin dejar de caminar erguida y sosteniendo una sonrisa.
A la mañana siguiente, decidida a evitar cualquier desacuerdo con Alexander desde el inicio del día, llegó temprano a Monarca.
Se dirigió a la cafetería y pidió un sándwich, pero, en cuanto lo tuvo frente a ella, el malestar volvió a imponerse, impidiéndole siquiera probarlo.
—Tesoro, pero eso fue lo que pediste —dijo Berny, mirándola con desconcierto—. Ay, no... qué horror.
—Lo sé —murmuró ella, apartando el plato—, pero no puedo comer. Berny, siento que voy a morir si estos síntomas no desaparecen pronto.
Desde una mesa en la esquina, Alexander observaba la escena mientras sostenía su taza de café.
Había algo en aquella imagen que le resultaba inquietantemente familiar, como si la desconocida estuviera atravesando —o hubiera atravesado— una situación similar.
Brianna alzó la mirada y se encontró con los ojos de él. La intensidad de aquella observación le provocó una inmediata reacción de rechazo.
—Es un inconsciente —susurró con desdén—. Debería ayudarme con los documentos.
—Hoy está exquisitamente elegante... hermoso —comentó Berny, incapaz de disimular su admiración.
Brianna giró la cabeza hacia Berny con evidente reproche.
—Es increíble. Ves cómo me trata y, aun así, sigues embobado por él —replicó, incorporándose—. Voy a buscar otra asistente.
Caminó hacia el pasillo y Berny se apresuró a seguirla.
—Tesoro mío, no seas así —insistió, tratando de suavizar la situación—. Es más, ya lo odio.
—No mientas —respondió ella sin detenerse—. Te gusta.
——
A la hora de la reunión, Brianna fue la primera en entrar a la sala.
Se acomodó en su asiento, cruzando las piernas y los brazos, con un gesto de fastidio que delataba su estado de ánimo.
El lugar, silencioso y ordenado, le daba una sensación de aislamiento, y los minutos que siguieron se dilataron con una lentitud abrumadora, hasta parecerle una eternidad.
Cuando la puerta se abrió, Alexander hizo su entrada con una tranquilidad que rozaba lo ofensivo, como si hubiese llegado exactamente en el momento adecuado, ajeno al valor del tiempo de los demás.
Brianna no se movió al verlo, ni siquiera alteró su postura.
—Hace más de media hora que mi presencia fue solicitada aquí —dijo con voz firme—. ¿Lo hiciste a propósito?
Alexander no respondió de inmediato.
Avanzó hasta la cabecera de la mesa y tomó asiento con naturalidad. La acusación no merecía prisa alguna.
—¿Eso es lo que piensas?
—Claro. Tu plan es arruinarme el día, como siempre.
Una leve expresión de desdén cruzó el rostro de él.
—No eres tan importante, Livingston, como para agregarte a mi agenda diaria.
Brianna dejó escapar una sonrisa breve, cargada de ironía.
—Entonces lo disimulas muy bien, porque desde que llegué aquí parezco ser tu primer error a corregir.
Alexander entrecerró los ojos, evaluándola.
—¿Será porque no haces tu trabajo como deberías?