“La madre de su primogénito”
El nombre permaneció grabado ante sus ojos como una sentencia irrevocable, y su mente se negó a procesarlo, como si alguna parte de él intentara protegerlo de una verdad que amenazaba con desmoronarlo desde dentro.
Brianna Livingston.
Las letras parecían burlarse de él, retorciéndose en la pantalla. Sintió un estallido de calor ascender por su cuerpo, la sangre hirviendo en sus venas mientras un sudor frío le recorría la nuca.
Por primera vez en años, su corazón perdió el ritmo y comenzó a latir con una violencia que rozaba el dolor. No se trataba de un error de lectura ni de una coincidencia desafortunada, sino de un golpe certero, dirigido al núcleo mismo de su estabilidad.
El murmullo de la reunión se volvió distante. Las voces de los clientes se diluyeron hasta convertirse en un zumbido sin forma, mientras una verdad se instalaba en su pecho, robándole el aire.
Alzó la vista con lentitud.
Brianna hablaba.
Su tono era firme y modulaba cada palabra con la naturalidad de quien domina el terreno que pisa. No había titubeos ni fisuras; se movía con la precisión de alguien que sabía exactamente lo que hacía y, sin embargo, ahora cada uno de sus gestos adquiría un significado distinto, inquietante.
Alexander la observó en silencio, con una intensidad que ya no se molestó en disimular.
El aire en la sala pareció volverse denso, irrespirable.
Era ella. La mujer que llevaba en el vientre a su primogénito. La misma que lo desafiaba con su sola presencia.
Incapaz de articular una palabra sin quebrarse, Alexander se incorporó de forma abrupta y abandonó la sala sin pedir permiso, dejando atrás el peso de su propio silencio.
Avanzó con zancadas largas, ignorando todo a su alrededor, hasta llegar a su oficina, donde el golpe seco de la puerta hizo vibrar los cristales.
No perdió tiempo. Necesitaba respuestas.
Marcó el número de su amigo Noah sin concederse un segundo de duda.
—¿Existe alguna posibilidad de que te hayas equivocado? —preguntó en cuanto la llamada fue atendida.
—Brother, no te habría enviado el archivo si no estuviera seguro.
Alexander apretó el teléfono con fuerza, conteniendo el impulso de estrellarlo contra la pared.
—Joder... maldita sea.
—Alex, hay cosas que no están en la base de datos. Si quieres, ven a mi departamento y lo revisamos.
—Bien —respondió antes de colgar.
Se quedó quieto un segundo.
Solo uno.
Después, arrasó.
Todo lo que había sobre el escritorio cayó al suelo de un solo movimiento. No gritó. Y eso era peor.
La furia se manifestó en la forma en que desordenó el espacio, en cómo cada objeto dejaba de existir como tal para convertirse en un obstáculo que debía desaparecer.
Otra verdad le martillaba la mente: había sido engañado, incluso por la mujer que dormía a su lado.
Y él no lo había visto venir.
Mientras tanto, Brianna cerró la reunión con la misma eficacia con la que la había conducido desde el inicio. Despidió a los clientes con cortesía, pero algo en el ambiente había cambiado lo suficiente como para incomodarla.
No fue hasta que se encontró frente a la puerta de la oficina de Alexander que esa inquietud tomó forma.
Dudó un instante.
Luego entró.
—¿Por qué...? —La voz se le quebró antes de terminar la pregunta.
La escena la detuvo en seco.
Alexander estaba de pie, inclinado sobre el escritorio vacío, con ambas manos apoyadas en la superficie, como si aquello fuera lo único que lo mantenía en su sitio.
No se movió de inmediato.
Solo cuando levantó la mirada, ella entendió.
Sus ojos verdes estaban enrojecidos, tensos, cargados de una rabia contenida que no necesitaba alzarse para imponerse.
Y entonces, las preguntas tomaron forma en él, afiladas, inevitables: ¿había sido todo calculado?, ¿sabía ella?, ¿lo había utilizado?
Brianna sintió cómo algo en su interior cedía bajo ese peso.
Dio un paso atrás, instintivamente, pero su cuerpo no respondió del todo; había una parte de ella que se negaba a huir.
Alexander rodeó el escritorio sin apartar los ojos de ella. No hizo ruido, pero su cercanía resultó suficiente para obligarla a retroceder hasta que su espalda chocó contra la puerta.
—¿Quién es el padre de tu bebé?
No alzó la voz.
No hizo falta.
Brianna frunció levemente el ceño, desconcertada, aunque su respuesta no vaciló.
—Eso no es asunto tuyo.
—¿Qué hay detrás de ese embarazo? —insistió él, acercándose más—. ¿Es una estrategia?
—No tengo que darte explicaciones.
—¿Cuánto tiempo de gestación tienes?
—Dios, estás insoportable —replicó, intentando apartarse.
Él no se movió.
—Brianna... —su voz bajó, más peligrosa—. Dime quién es.
—¡No lo sé! —estalló ella—. Déjame pasar.
El silencio que siguió fue distinto.
Alexander lo comprendió entonces: no podía presionarla más, no en su estado.
Se apartó.
Brianna no esperó. Lo esquivó y salió sin mirar atrás.
—Deberías ver a un psiquiatra —dijo antes de cerrar.
El sonido de la puerta fue definitivo.
Alexander no se movió.
La oficina destrozada parecía un reflejo de lo que ocurría dentro de él. Durante años, todo en su vida había seguido un orden preciso: decisiones calculadas, resultados previsibles, control absoluto.
Y ahora...
Ahora ni siquiera sabía desde cuándo había empezado a perderlo.
Brianna entró a su oficina con una sensación de vacío anclada en el pecho; nunca habría imaginado ver a Alexander Lennox fuera de sí, completamente descontrolado.
Aún sentía sus ojos sobre ella, persistentes, como si atravesaran la tela de su ropa y alcanzaran algo más profundo.
—Tesoro, ¿es cierto lo que dicen en contabilidad? —preguntó Berny al entrar, con una mezcla de curiosidad y alarma—. Dicen que los clientes no aceptaron la negociación y que, por eso, Alexander destrozó su oficina.