Embarazada de mi Rival

Capítulo 18

Derecho sobre ella”

Noah le llenó el vaso de whisky; el cristal tintineó contra la jarra, un sonido que pareció cortar el aire pesado del apartamento. Permaneció observándolo durante unos segundos.

—¿Qué vas a hacer con Brianna? ¿Piensas decirle que eres el padre del bebé?

Alexander tardó en responder. Las palabras el padre del bebé atravesaron algo dentro de él y desataron una tormenta de emociones contradictorias. Más allá de la rabia, las dudas y el caos que amenazaba con consumirlo, una verdad terminó encendiéndose en su pecho: iba a tener un hijo.

Aquella idea bastó para despertar una felicidad feroz, desconocida.

Sin embargo, el estratega terminó imponiéndose al hombre. Se conocía demasiado bien como para confiar en sí mismo cuando actuaba dominado por el impulso.

—No —su voz sonó baja, áspera—. Primero voy a descubrir toda la verdad. Y, si Brianna planeó esto, no solo voy a quedarme con el bebé cuando nazca, también voy a destruir el apellido Livingston.

Noah bebió un poco antes de responder, estudiándolo con cautela.

—Sigo creyendo que ella también es una víctima. Probablemente la más afectada de todos. ¿Te has detenido a pensar cómo debe sentirse? Está embarazada por un error. Quizás ni siquiera quería ser madre.

Alexander tensó la mandíbula y bajó la mirada hacia el ámbar del whisky.

—Hasta que aparezca el verdadero responsable, ella sigue siendo la culpable. Manda a alguien de tu equipo a instalar un micrófono en su oficina.

Noah soltó un suspiro cansado.

—Eso es cruzar los límites. No puedes invadir su espacio de esa manera.

Alexander levantó la mirada despacio. Había algo oscuro ardiendo en sus ojos, algo posesivo e inquietante, que iba mucho más allá de la lógica.

—Mientras Brianna Livingston lleve en su vientre a mi hijo, tengo derecho sobre ella.

Después de pasar horas discutiendo e intentando encontrar respuestas entre demasiadas incógnitas, Alexander decidió marcharse a la mansión.

Conducía despacio, dejando que el ronroneo del motor acompañara la procesión de pensamientos que siempre terminaban regresando a Brianna: los malestares que había presenciado, el agotamiento visible en su rostro, la fragilidad que intentaba ocultar detrás de su orgullo.

Entonces la imaginó sola, en la penumbra de su habitación, acariciándose el vientre, y aquella imagen se le quedó clavada en la mente.

Apretó el volante hasta que se le tensaron los nudillos. La ironía le arrancó una sonrisa amarga. La vida tenía una manera cruel de burlarse de él; Brianna, la mujer que quería mantener lejos, se había convertido en la única persona capaz de desestabilizar su mundo.

Al llegar a la mansión, la calidez del lugar le resultó extrañamente asfixiante. Encontró a Anabel leyendo en la sala de estar. Se acercó sin decir nada y la abrazó con fuerza, como si necesitara aferrarse a algo real antes de terminar ahogándose dentro de sus propios pensamientos.

Anabel le acarició el cabello con ternura mientras lo observaba con atención.

—¿Qué te pasa, cariño?

—Nada, mamá.

Ella sonrió, cerrando el libro sobre sus piernas.

—Mientes tan mal como cuando tenías cinco años.

Alexander dejó escapar el aire lentamente. Decirle que iba a convertirse en abuela la haría inmensamente feliz, pero todavía no era el momento.

—No tengo nada que decir.

Anabel lo observó unos segundos más, con esa expresión serena de quien percibe mucho más de lo que calla.

—Qué lástima. Desde temprano tengo la sensación de que hoy voy a recibir una buena noticia.

—Pues seré yo quien alegre tu corazón, hermana —la voz de Freddy irrumpió en la estancia—. Familia, mi hijo Lion regresa este fin de semana y vivirá con nosotros.

—Qué bueno —respondió Anabel con una sonrisa—. Me alegra que estés cerca de tu hijo después de tantos años separados.

Freddy dirigió entonces la mirada hacia Alexander.

—Y tú, sobrino, ¿tienes algún inconveniente con que viva aquí?

Alexander se puso de pie con una calma demasiado fría para resultar natural.

—Esta casa es de los Lennox. Si Lion es uno de los nuestros, es bienvenido. Pero, Freddy... asegúrate de que sepa dónde termina su espacio y dónde empieza el mío.

Alexander no tenía ánimo para continuar aquella conversación. Se retiró sin decir nada más.

En el pasillo, Zulema lo interceptó con los brazos cruzados y la preocupación marcada en el rostro.

—Saliste de la empresa sin avisarme. Ignoras mis llamadas y ni siquiera respondes los mensajes. Estaba preocupada.

Él avanzó hasta arrinconarla contra la pared. El olor a whisky impregnaba su aliento mientras la observaba con una intensidad que hizo que Zulema contuviera la respiración. La miraba no como a su esposa, sino como a alguien a quien intentaba descifrar.

—¿De verdad te preocupas por mí o solo tienes miedo de perder el control sobre mis pasos?

—¿De qué hablas? Sabes bien que te amo... y no me gusta cómo me estás tratando.

Alexander sostuvo su mirada durante un instante, buscando alguna grieta que contradijera lo que crecía dentro de él. Pero no encontró nada. Solo sintió cómo la desilusión terminaba de instalarse en su pecho.

Finalmente, se apartó de ella y caminó hacia otra habitación.

—Por favor, Alex, dime qué te pasa.

No respondió. Lo único que rompió el silencio fue el golpe seco de la puerta al cerrarse.

Y mientras Zulema sentía que su matrimonio acababa de tocar fondo, Brianna intentaba reunir el valor suficiente para decirle a Lion la verdad sobre su embarazo.

No existía una forma correcta de hablar de algo tan delicado. Cada conversación que ensayaba en su mente terminaba derrumbándose antes de llegar al final.

—Me tienes mareado hablando de Lion —murmuró Berny con la voz pastosa por el sueño.

—Necesito un plan, Berny. Lion llega el fin de semana.

Berny abrió apenas un ojo y tomó sus manos con suavidad. Su tacto era el único refugio que todavía lograba tranquilizarla.




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