«Socios y enemigos»
Alexander se ajustó los auriculares, intrigado por la conversación que llegaba desde el otro lado de la línea.
—Ay, no, deja de hablar de Lion —escuchó quejarse a Berny—. Anoche lo mencionaste tanto que creo que él, al igual que yo, casi no pudo dormir. Te veo más tarde.
—Eres un aburrido.
—Te quiero, tesoro mío.
El sonido de la puerta al cerrarse apenas se percibió.
El silencio que se instaló después en la oficina de Alexander fue ensordecedor. Se quitó los auriculares y los dejó sobre el escritorio con lentitud.
«Lion».
El nombre comenzó a repetirse en su cabeza como un eco persistente.
Se puso de pie y caminó hasta el ventanal. La duda regresó con la violencia de un impacto frontal, aunque la apartó de inmediato. ¿Y si era el padre del bebé?
Las horas transcurrieron y Alexander continuó escuchando a Brianna. Sin embargo, no había nada fuera de lo habitual. Ella hablaba de cuentas, clientes y contratos; de asuntos cotidianos que no tenían relación con lo que realmente le interesaba: el embarazo.
Brianna revisaba unos documentos que Alexander le había enviado cuando encontró un error que, a los ojos de él, sería prácticamente catastrófico. Lo más curioso era que aquellos papeles ya habían pasado por sus propias revisiones.
Suspiró y una sonrisa se dibujó en sus labios. No pensaba desperdiciar la oportunidad de demostrarle a Lennox que no era el genio impecable que tanto aparentaba. Se puso de pie y caminó directamente hacia su despacho.
Entró sin tocar.
Alexander permanecía reclinado en el sillón, inmóvil, haciendo girar un bolígrafo entre los dedos. Pero, en cuanto la vio aparecer, algo se activó dentro de él. No cambió de postura, aunque su cuerpo se tensó.
Brianna avanzó hacia el escritorio con aquella seguridad que el día anterior le había resultado irritante y que ahora comenzaba a provocarle sensaciones mucho más peligrosas.
—Qué interesante —dijo ella con un sarcasmo elegante mientras dejaba caer la carpeta frente a él—. El gran jefe dejó pasar irregularidades en los cálculos.
Alexander la observó durante más tiempo del necesario. Ya no veía a una socia ni a una rival; veía a la mujer que llevaba a su hijo en el vientre. La imagen frente a él despertó una sensación incómoda, algo que sabía que no debía permitirse sentir.
Brianna lo notó. Sintió aquel escrutinio recorrerle la piel, desarmando poco a poco la seguridad que siempre intentaba sostener frente a él.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Alexander en voz baja, ignorando por completo el asunto laboral.
Brianna tragó saliva. La pregunta la tomó desprevenida. Era la primera vez que él utilizaba ese tono, esa clase de consideración.
—No eres médico. No tienes que fingir empatía. Solo vine a recordarte que no eres perfecto, que también cometes errores.
Alexander se incorporó y rodeó el escritorio hasta detenerse frente a ella, demasiado cerca para ignorar la tensión entre ambos.
—Tengo derecho a saber cómo estás. Somos socios, ¿no?
Brianna sonrió, pero no había calidez en aquel gesto. Era una curva leve, cargada de ironía.
—Socios —repitió despacio—. Me alegra que lo reconozcas.
Alexander sostuvo su mirada sin apartarse. Recorrió cada centímetro de su rostro y todo en ella le parecía distinto.
—No has respondido mi pregunta —insistió.
—Porque no es asunto tuyo.
—Claro que lo es.
Ella soltó una risa breve e incrédula.
—¿Desde cuándo? Porque tu única preocupación siempre ha sido verme cumplir con mis obligaciones, independientemente de mi estado.
El comentario golpeó más de lo que Alexander estaba dispuesto a admitir. Aun así, no retrocedió.
—Las cosas cambiaron.
—Todo sigue igual —replicó ella.
—Para mí no.
El silencio cayó entre ambos con un peso incómodo.
Alexander bajó la mirada un segundo, como si estuviera conteniendo algo antes de volver a hablar.
—¿Has ido al médico?
—Eso tampoco te concierne.
—Brianna...
—No uses ese tono conmigo. No necesito que de repente juegues a ser el socio preocupado —continuó con frialdad—. No te queda ese papel.
Se dispuso a salir.
Alexander apretó la mandíbula, frustrado. Era imposible que ellos pudieran relacionarse como dos personas normales y, aun así, iban a tener un hijo.
—Solo quiero saber si estás bien —dijo al final, esta vez sin dureza, antes de que ella girara el pomo de la puerta.
Brianna se detuvo y volteó a mirarlo, confundida por aquella versión de Alexander que insistía en mostrarse frente a ella. Pero enseguida endureció el gesto.
—Entiende algo, Lennox —murmuró—. Mi salud, mi embarazo y cualquier cosa relacionada conmigo no son asuntos tuyos.
Cerró la puerta con un sonido sordo y caminó por el pasillo, todavía incrédula por la actitud de Alexander.
Zulema la vio salir del despacho de su esposo y los celos, traicioneros y feroces, le comprimieron el pecho hasta arrancarle un grito ahogado. Apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas.
Regresó a su oficina y tomó el teléfono para llamar a la doctora, decidida a confirmar lo que sospechaba. Pero la mujer no atendió.
—Maldita sea...
La certeza comenzó a abrirse paso dentro de ella como un veneno lento. Estaba segura de que Alexander sabía mucho más de lo que le decía.
A la hora de la salida, el cielo se tiñó de un negro profundo que anunciaba la tormenta que se avecinaba. Las primeras gotas comenzaron a golpear el pavimento y los ventanales del edificio.
Brianna y Berny observaban hacia afuera la rapidez con la que los transeúntes corrían de un lado a otro, intentando resguardarse antes de que la lluvia empeorara.
—Maldición, ahora no aparece el dueño de esa chatarra —murmuró Brianna con evidente fastidio al ver una camioneta estacionada detrás de su vehículo, bloqueándole la salida.