Embarazada de mi Rival

Capítulo 22

«Una Curiosidad Peligrosa»

Alexander frunció el ceño y se acercó a Zulema de una manera que la hizo tensarse. Ella parpadeó dos veces, incapaz de ocultar el sobresalto.

—¿Brianna? ¿Qué tiene que ver ella con todo esto?

Zulema no supo qué responder. ¿Había cometido un error al mencionarla o Alexander simplemente fingía no saber a qué se refería? Se mordió el interior del labio, intentando ganar unos segundos.

—No lo sé. Dímelo tú.

Alexander esbozó una sonrisa fría.

—Ese siempre ha sido tu mayor error: subestimarme.

Ella negó con la cabeza.

—No sé de qué hablas, Alex. ¿Por qué dices eso?

—Puedes seguir fingiendo, pero mi paciencia tiene un límite. Aunque eso ya lo sabes, ¿verdad, amor?

Zulema bajó la mirada. Cuando volvió a levantarla, tenía el rostro bañado en lágrimas.

—Lo único que siempre quise fue complacerte a ti y a tu familia. ¿Sabes lo doloroso que es escuchar una y otra vez que esperan que me embarace cuando, por desgracia, mi útero está seco? Todo lo que hice fue pensando en nosotros.

Por una fracción de segundo, Alexander estuvo a punto de creer en aquellas lágrimas. Sin embargo, la razón terminó imponiéndose. Recordó cada mentira, cada manipulación y cada decepción. No. Ya no volvería a dejarse conmover. Esa oportunidad la había perdido hacía mucho tiempo.

Sin decir una palabra, se apartó de ella. Caminó hasta la mesita de noche, tomó las llaves del automóvil y salió de la mansión. Escuchó a Zulema llamarlo y gritar su nombre con desesperación, pero no se detuvo ni una sola vez.

Mientras conducía, hizo una llamada. Minutos después, estaba sentado frente a Noah en un bar.

—Alex, ¿va en serio lo del divorcio? —preguntó su amigo.

Alexander tardó unos segundos en responder. Mantenía la mirada fija en la mujer que bailaba pole dance sobre el escenario.

—Sabes perfectamente que me casé con ella porque nuestro amigo me lo pidió —dijo al fin, haciendo una breve pausa—. Pero no puedo seguir casado con una mujer...

—...a la que no amas —completó Noah antes de que terminara la frase—. Admítelo. No la amas.

Alexander dejó escapar un suspiro cansado.

—No puedo seguir con una mujer en la que no confío. Ella destruyó este matrimonio. Ya fue suficiente.

Noah esbozó una leve sonrisa antes de beber un sorbo de su vaso.

—¿No será que hay otro motivo? ¿Brianna, por ejemplo?

—Maldición... No estoy interesado en esa mujer. Lo único que me ata a Brianna Livingston es ese bebé.

Después de eso, dejaron de hablar de Zulema y de Brianna. La conversación derivó hacia el trabajo, los viajes y los proyectos que ambos tenían para el futuro.

El tiempo transcurrió entre una charla y otra hasta que Alexander reparó en una mujer que acababa de entrar al bar. Permaneció inmóvil, pero aquella extraña sensación volvió a despertar en su interior apenas la vio.

—Mira quién acaba de llegar —murmuró.

Noah siguió la dirección de su mirada.

—¿Es tu asistente? —preguntó, impresionado por la mujer que caminaba hacia la barra.

Alexander la observó durante unos segundos más de lo necesario para reconocerla. Lucía diferente. Sus gestos, su forma de caminar, incluso la manera en que sostenía la cabeza hacían pensar que era otra mujer.

—Sí, es ella.

—Es muy atractiva.

—Lo es.

Loren reconoció a su jefe y no dudó en acercarse.

—Buenas noches, señor Lennox. Qué sorpresa.

Alexander respondió con un lento movimiento de cabeza.

Noah se adelantó para saludarla y le ofreció asiento.

—Lo siento, no quiero importunar —dijo ella con una naturalidad y una gracia que Alexander jamás le había visto.

—Sería un placer que nos hicieras compañía —insistió Noah—. Siéntate. ¿Qué vas a tomar?

—Agua —respondió con rapidez.

Loren dudó unos instantes antes de aceptar. Luego se acomodó en el sofá, justo al lado de Alexander, con una elegancia serena que no pasó desapercibida para él.

Noah hizo una seña a una empleada para que tomara el pedido.

Por un momento, el ambiente se volvió extrañamente tenso.

—¿Vienes aquí solo a tomar agua? —preguntó Alexander mientras levantaba su vaso.

—No tomo alcohol, pero me gusta este ambiente.

Al decirlo, hizo un pequeño gesto con la mano que a Alexander le resultó inquietantemente familiar, aunque no lograba recordar de dónde.

—Las mujeres que no toman alcohol suelen ser las más peligrosas —comentó Noah con una sonrisa.

Loren dirigió una mirada discreta hacia Alexander.

—¿También piensa eso, señor Lennox?

Él sostuvo su mirada unos segundos antes de responder.

—No suelo sacar conclusiones tan rápido.

—Me alegra oírlo.

—Aunque sí creo que las personas muestran más de lo que imaginan.

Ella sonrió apenas.

—¿Y qué cree haber descubierto de mí?

Alexander no respondió de inmediato. Se tomó unos segundos, como si realmente la estuviera analizando.

—Que procura no llamar la atención... pero sabe perfectamente cuándo la tiene.

Noah soltó una risa divertida.

—Vaya. Eso sonó más a un diagnóstico que a un cumplido.

Loren no perdió la serenidad.

—¿Y es un problema?

—Depende de las intenciones —susurró Alexander.

—Las intenciones casi siempre se malinterpretan.

Alexander giró ligeramente el vaso entre los dedos.

—Solo cuando alguien se esfuerza demasiado por ocultarlas.

Ella sostuvo su mirada sin desafiarlo, pero tampoco bajó los ojos.

—Entonces supongo que usted nunca oculta nada.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de Alexander.

—Al contrario. Procuro que mi vida privada siga siendo eso: privada.

—Es una buena política.

—¿La comparte?

Loren tomó un sorbo de agua antes de responder.

—Creo que hay cosas que pierden su valor cuando todo el mundo las conoce.

Por alguna razón, esa frase hizo que Alexander guardara silencio. Sentía que aquella mujer hablaba con demasiada cautela, como si cada palabra estuviera elegida para decir solo la mitad de lo que realmente pensaba.




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