El peso de los errores
Cuando Alexander regresó a la mansión, la quietud de la noche se rompió al encontrar a Zulema tirada en el pasillo, recostada contra la puerta de la habitación donde él solía dormir.
Daba la impresión de haber permanecido allí durante horas; estaba descalza, con el cabello deshecho en un moño que apenas lograba sostenerse y la mirada perdida en la penumbra.
—¿Por qué no contestas mis llamadas? —preguntó ella en un susurro, sin hacer el menor intento por levantarse del frío suelo.
Alexander la observó durante unos segundos, midiendo la distancia emocional que los separaba, antes de inclinarse apenas hacia ella.
—No te hagas daño.
La respuesta de Zulema fue una carcajada amarga que resonó en las paredes.
—Tú eres quien me está haciendo daño —replicó con la voz rota—. Te quieres divorciar.
—Es lo mejor para los dos. No lo compliques.
Sin añadir una sola palabra, Zulema se incorporó con lentitud y se refugió en su propia habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Alexander permaneció un instante en el pasillo, interpretando aquel silencio como un pequeño avance, aunque una sombra de duda le impidió sentirse completamente seguro.
A la mañana siguiente, una sensación extraña y opresiva se instaló en el pecho de Brianna desde el momento en que abrió los ojos.
Trató de convencerse de que aquel malestar se debía únicamente a la inminente llegada de Lion, pero la inquietud no la abandonó ni un segundo.
Más tarde, sentada en el gran comedor, la desgana con la que apenas jugaba con diminutas porciones de comida no pasó desapercibida para los ojos atentos de su madre.
—Brianna, he notado un ligero cambio en ti. ¿Qué ocurre? ¿Estás enferma? —preguntó, rompiendo el silencio.
—Estoy bien, madre —susurró Brianna, sin apartar la mirada del plato.
—De seguro es la emoción que la tiene así —intervino su padre con un matiz mordaz—. Lion al fin regresa hoy.
Al escuchar aquello, ella alzó la mirada, sintiendo el veneno sutil que destilaban las palabras de Oscar.
—Puede ser.
—Espero que hoy todo quede claro de una vez.
Brianna dejó el tenedor a un lado y respiró hondo antes de responder.
—Padre, sería bueno que aceptaras mi decisión. Así, cuando llegue el momento, la desilusión te dolerá menos.
En el extremo de la mesa, don Luis carraspeó, atrayendo la atención de todos con su imponente presencia.
—Me gustaría que mi nieta fuera feliz con el hombre que ella misma eligió, pero me temo que el destino… o alguien más, tiene otros planes.
—Mi tesoro no está bien —intervino Berny, elevando un poco la voz—. Y ustedes solo se preocupan por cosas que no vienen al caso. ¿Es que acaso no pueden ver más allá de sus narices?
—Precisamente por eso sé que ese compromiso no va a continuar —insistió Oscar, inflexible.
La madre de Brianna dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Ya basta. Si Brianna quiere casarse, tenemos que aceptar su decisión.
Sorprendida, Brianna volvió el rostro hacia ella. Era la primera vez que su madre intentaba defenderla y, paradójicamente, aquello solo consiguió hacerla sentir peor.
Incapaz de soportar un segundo más aquella atmósfera asfixiante, se puso de pie y salió del comedor.
Como era de costumbre, Berny fue tras ella.
—Tesoro, no te preocupes. Ya conoces a mi tío.
Brianna se detuvo y cerró los ojos un instante.
—Berny… Estoy cansada. Justo cuando todo parecía ir bien, me ocurre esto. Es un error que no deja de crecer y que se empeña en recordarme, día tras día, mi propia desdicha.
Berny le tomó las manos con suavidad.
—No puedes rendirte ahora. Ese bebé necesitará una madre que, cuando nazca, lo mire con ternura, y no como una desgracia.
Sin embargo, aquellas palabras apenas lograron aliviar el peso que cargaba sobre los hombros.
Las horas pasaron con una lentitud insoportable. La tensión se instaló en cada rincón de la casa hasta que, entrada la noche, Lion regresó a la ciudad.
Lo primero que hizo fue visitar a su prometida.
En cuanto le avisaron a Brianna que él había llegado, su corazón dio un vuelco. Sin darse cuenta, se llevó una mano al vientre, como si ese simple gesto pudiera proteger el secreto que sabía que tarde o temprano tendría que revelar.
Mientras descendía por las escaleras, lo vio esperándola en el recibidor. Era el mismo hombre del que se había enamorado, pero había algo distinto en él. Vestía un traje impecable y llevaba sobre los hombros la seguridad de un hombre acostumbrado al poder y al dinero. Ya no parecía el Lion que se había marchado meses atrás.
Él caminó hacia ella y su exquisita fragancia llenó el ambiente.
—Amor, cualquiera diría que no te alegra verme.
Le sostuvo las mejillas con delicadeza, pero Brianna tardó unos segundos en responder. Al final terminó abrazándolo con fuerza, incapaz de distinguir si el nudo que tenía en el pecho era de felicidad o de miedo.
—Por supuesto que estoy feliz. Te extrañé mucho.
Lion la apartó apenas lo suficiente para mirarla a los ojos y besarla.
El beso duró unos segundos, pero para ambos pareció detener el tiempo. Durante ese instante desaparecieron la distancia, las dudas y los problemas que amenazaban con destruir su relación.
Cuando se apartaron, Brianna lo observó con detenimiento.
—Estás muy cambiado.
Lion sonrió.
—Las cosas han cambiado, pero sigo siendo el hombre que te ama. Quiero que nos casemos de una vez.
Las palabras hicieron que la expresión de Brianna se apagara. Dio un pequeño paso atrás.
—Tenemos que hablar. Hay algo que no sabes.
Lion negó con la cabeza.
—Hablaremos después. Ahora debo irme, pero pasaré por ti más tarde. Quiero que pases la noche conmigo.
Brianna asintió con incertidumbre. Tal vez esa sería la oportunidad que necesitaba para contarle toda la verdad sobre el error médico.