«Casualidad»
Freddy notó el cambio en Alexander y no dudó en intervenir para aliviar la tensión que empezaba a apoderarse del ambiente.
—Lion, ¿quieres dar un recorrido por la casa?
Lion le puso una mano en el hombro con naturalidad.
—Padre, no puedo en este momento. Quedé en verme con Brianna.
La palabra padre hizo que Alexander se tensara, pero lo que de verdad lo descolocó fue escuchar el nombre de su prometida.
—¿Brianna? —preguntó Anabel, incapaz de ocultar la curiosidad.
—Sí, Brianna Livingston, la hija de Óscar Livingston —respondió Lion con una sonrisa.
Anabel tragó saliva antes de dibujar una sonrisa que no alcanzó a reflejarse en sus ojos.
Don Marcos asintió lentamente, como si aquella información confirmara una sospecha que solo él conocía.
—Qué coincidencia... —murmuró el anciano.
Un leve tic se marcó en la mandíbula de Freddy. Nadie dijo una palabra más, pero el silencio que se instaló entre ellos dejó claro que aquella coincidencia estaba lejos de ser tan simple como parecía.
Alexander se retiró sin decir una sola palabra. No entendía por qué, pero una rabia sorda le quemaba el pecho y apenas conseguía mantenerla bajo control. Cruzó el pasillo hasta su habitación y, al abrir la puerta, encontró a Zulema esperándolo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con un tono que no dejaba lugar a dudas sobre su molestia.
Ella sonrió y se acercó con calma.
—¿No te agrada Lion o lo que de verdad te molesta es que sea el prometido de Brianna?
Alexander la observó durante unos segundos. Cada vez le resultaba más difícil comprender a la mujer con la que se había casado.
—¿Por qué lo dices?
—Amor, no eres el único que tiene información —respondió con una sonrisa desafiante—. ¿O de verdad creíste que no iba a enterarme del nombre de la paciente?
La ira terminó por imponerse. Sin comprender quién era realmente la mujer que tenía delante, Alexander la sujetó del brazo con fuerza, arrancándole un quejido.
—¿Desde cuándo lo sabes? —susurró entre dientes, apretando aún más su brazo.
—Suéltame —replicó ella, intentando liberarse—. Lo descubrí por casualidad.
—¿Y decidiste callártelo?
—Porque no estaba segura. Solo tenía una sospecha... hasta que vi cómo empezaste a actuar con ella.
Los ojos de Alexander se endurecieron.
—Todo esto es culpa tuya. Eres la única responsable de este desastre.
—Me estás lastimando... —jadeó, forcejeando para soltarse—. Nunca quise que ella fuera la madre de tu hijo. Si ese embarazo llegó hasta aquí, fue porque alguien de tu propia familia intervino en el proceso.
Alexander frunció el ceño. Aquella acusación lo tomó por sorpresa. Poco a poco aflojó la presión hasta soltarla.
—Mi familia no tiene nada que ver con esto. Escúchame bien, Zulema: si antes quería divorciarme de ti, ahora solo quiero que desaparezcas de mi vida lo antes posible.
Sin esperar una respuesta, dio media vuelta y salió de la habitación.
Y, ajena a aquella conversación, pero igual de atormentada, estaba Brianna.
Berny trataba de sacarle alguna palabra, pero ella simplemente contemplaba su reflejo en el espejo. Era como si ensayara, una y otra vez, lo que iba a decirle a Lion.
—¡Maldición, Berny! Deja de hacerme preguntas para las que no tengo respuestas. No sé qué voy a decirle. No sé por dónde empezar. No sé qué va a pasar en ese hotel.
—No deberías ir. No estás preparada.
Ella se volvió hacia él.
—¿Entonces cuándo será el momento? ¿Cuando tenga cinco meses y ya no pueda seguir ocultando el embarazo?
—No. Cuando te tranquilices y vuelvas a conectar con él. Dijiste que ha cambiado; entonces espera unos días.
Su teléfono vibró con un mensaje.
"Amor, ya voy en camino."
Brianna se cubrió el rostro y cerró los ojos, como si esperara encontrar una respuesta en aquella oscuridad. Cuando los abrió, su decisión ya estaba tomada.
—Voy a pasar la noche con él. Y no trates de convencerme de lo contrario.
Berny torció los labios, puso los ojos en blanco y abandonó la habitación.
Horas después...
Lion y Brianna estaban en un restaurante con estrella Michelin.
Ella observaba el lugar con sorpresa. No porque fuera la primera vez que visitaba un restaurante así, sino porque, según entendía, Lion no podía permitirse pagar una cena de ese nivel. Pensó que, tarde o temprano, sería ella quien terminaría cubriendo los gastos, aunque no le importaba. Era su prometido y, en teoría, iban a compartirlo todo.
—Bri, ¿ni siquiera has mirado el menú?
—La verdad... no tengo apetito.
—Entonces pide una botella de vino. La que quieras.
Días atrás habría disfrutado de aquel momento sin reservas, pero ahora no era capaz ni siquiera de probar un sorbo de vino. No porque no quisiera, sino por el embarazo.
—Solo quiero agua.
Lion la observó con atención.
—Estás muy extraña —dijo mientras hojeaba el menú—. ¿Qué tienes?
Hizo la pregunta sin mirarla. Aquel leve desinterés bastó para que Brianna volviera a dudar de si debía hablar.
—Estoy bien.
Ya estaba cansada de responder siempre lo mismo, pero hacía un esfuerzo para que sonara natural.
—¿Cómo te fue en el viaje?
Esta vez sí la miró.
—Mejor de lo que esperaba. Conocí a mi padre.
—¿En serio? Me alegro por ti. Pero... ¿cómo pasó?
—Fue una casualidad. Pronto lo vas a conocer.
Brianna esbozó una sonrisa que mezclaba esperanza y tristeza. En el fondo sabía que estaba a punto de negarle a su hijo el derecho de conocer a su padre.
—Esa es parte de la sorpresa que tengo para ti —dijo Lion con una sonrisa.
—¿Conocer a tu padre?
—No. Saber de quién soy hijo.
Brianna guardó silencio. Lo observó con atención, intentando comprender por qué se comportaba de aquella manera, con una superioridad ensayada.
—Perfecto.
Apenas pronunció aquella palabra, dejó que la mirada recorriera el lugar. Entonces lo vio.