Embarazada de mi Rival

Capítulo 25

«Imposible de ignorar»

Brianna entrecerró los ojos y esbozó una leve sonrisa. Había algo extraño en la voz de Alexander, un matiz que despertó su curiosidad, aunque decidió apartar esa sensación de su mente.

—¿Cómo sabes que él es mi pareja?

—Sé muchas cosas, Brianna. Más de las que imaginas.

Ella se tensó. Durante un instante creyó que él conocía la verdad sobre su embarazo, pero enseguida descartó la idea. Era imposible.

—Quién diría que mi embarazo sería lo que cambiaría tu actitud conmigo.

—Somos amigos.

Brianna negó con la cabeza.

—No, te equivocas. Tú y yo jamás seremos amigos. Y, respondiendo a tu pregunta, claro que él lo sabe. Es el padre.

Alexander sonrió con amargura y asintió despacio. No podía decirle que aquello era una mentira, que el bebé que llevaba en el vientre era suyo y que, tarde o temprano, reclamaría su paternidad.

—Pues los felicito. A los dos.

Sin detenerse a pensar en las consecuencias y movido por un impulso que ni él mismo comprendió, alzó la mano y le acarició lentamente la mejilla.

Brianna quedó inmóvil. Era la primera vez que Alexander la tocaba, y aquel roce despertó dentro de ella un torbellino de emociones que no supo identificar.

Él retiró la mano de inmediato, arrepentido, y cerró el puño con fuerza.

—Lo siento.

Se alejó lo suficiente para poner distancia entre ambos y escapar de la intensa corriente que había sentido al rozar su piel.

Brianna ni siquiera reaccionó.

—No bebas alcohol. Recuerda que estás embarazada.

Dicho eso, Alexander se dio la vuelta y se marchó, dejándola confundida y con las piernas temblorosas.

Permaneció unos segundos inmóvil, intentando comprender lo que acababa de suceder. Cuando logró serenarse un poco, regresó a la mesa y buscó a Alexander con la mirada, pero él ya se había ido.

—¿Qué ocurre, amor? —preguntó Lion.

—Nada, amor.

Lion la observó unos segundos antes de sonreír.

—Creo que deberíamos irnos.

—Me parece bien.

Salieron del restaurante y, durante todo el trayecto, Brianna permaneció en silencio. Apenas respondía con algún asentimiento mientras Lion hablaba sin sospechar el caos que ella llevaba por dentro.

Él la condujo hasta un hotel de cinco estrellas y la llevó directamente a la suite presidencial. En cuanto la puerta se abrió, Brianna quedó paralizada. La habitación estaba iluminada por decenas de velas y decorada con rosas rojas.

Si lo del restaurante ya la había sorprendido, aquello la dejó completamente sin palabras.

—¿Cómo hiciste todo esto? —preguntó mientras recorría la habitación con la mirada.

Lion tomó su mano y la llevó hasta el enorme ventanal desde donde se contemplaban las luces de la ciudad.

—Supongo que ser un... hijo reconocido tiene sus ventajas.

Había estado a punto de decir "ser un Lennox", pero prefirió guardarse ese detalle.

Brianna apenas asintió.

—Ven. Quiero brindar por nosotros, por el futuro que vamos a construir juntos.

Destapó una botella de champán, pero antes de servir las copas sacó una pequeña caja negra del bolsillo. La abrió con una sonrisa nerviosa y dejó al descubierto un anillo de compromiso coronado por un enorme diamante.

Entonces se arrodilló frente a ella.

—¿Quieres casarte conmigo?

La emoción iluminó el rostro de Brianna, aunque solo fue por un instante.

—Sí... por supuesto que acepto casarme contigo.

Lion se puso de pie y la besó con pasión. El beso fue creciendo poco a poco hasta conducirlos a la cama.

—Te deseo, Bri... —murmuró entre jadeos.

Todo parecía encaminarse hacia una noche de amor, pero cuando él depositó un beso sobre su vientre, Brianna sintió que ya no podía seguir ocultándolo.

Lo detuvo con suavidad.

—Tengo que decirte algo.

—Dime —respondió él sin apartarse.

—No. Estoy hablando en serio, Lion.

El tono de su voz hizo que él levantara la cabeza y la mirara fijamente.

—Llevamos meses sin estar juntos. ¿Qué puede ser tan importante que no pueda esperar?

Brianna tragó saliva. Había llegado el momento de decirle que estaba embarazada. Sin embargo, cuando intentó hablar, las palabras se quedaron atrapadas en su garganta.

Sus ojos se llenaron de lágrimas sin que pudiera evitarlo.

—No puedo. Esta noche no.

Lion suspiró con ternura. Como un hombre profundamente enamorado, volvió a acercarse y le acarició el rostro con delicadeza.

—Tranquila, mi amor. No pasa nada. Solo abrázame.

Y así transcurrió la noche. No hubo sexo. No hubo confesiones. Solo dos enamorados abrazándose con fuerza, mientras el peso de un secreto seguía creciendo entre ellos.

——

Alexander recibió el domingo con una tensión que parecía haberse instalado en cada rincón de la mansión. Aquella mañana estaba sentado junto a la piscina, con la mirada fija en el agua y un vaso de whisky entre las manos.

Apenas había logrado dormir unas horas. Su cabeza era un caos. Desde que había tocado a Brianna, algo que jamás debió permitirse se había instalado en su pecho: una sensación pesada, incómoda, imposible de ignorar. Como si eso no bastara, también estaba Zulema, que había insistido varias veces en dormir con él, y la presencia de su primo, un hombre al que apenas acababa de conocer, solo aumentaba su malestar.

—¿No crees que es muy temprano para tomar alcohol? —preguntó Freddy mientras tomaba asiento a su lado.

Alexander ni siquiera apartó la vista de la piscina.

—Los problemas no tienen horario.

—¿Estás así por mi hijo?

La pregunta quedó suspendida unos segundos antes de obtener respuesta.

—Y si así fuera, ¿qué harías?

No hubo vacilación ni miedo en su voz. Solo un desafío que Freddy reconoció al instante.

—Siempre me haces la misma pregunta, Freddy. Es como si temieras mi reacción con él. Y no dejo de preguntarme por qué.




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