—¿Está viva?
—Por desgracia, sí —Celester se apartó de la joven, que yacía sobre el musgo y las hojas en medio del bosque nocturno—. Es una licántropa, pero no de nuestra manada. Ha entrado en nuestro territorio y podría ser una enemiga. Sería mejor dejarla aquí o acabar con ella.
Waylan la miró. La desconocida apenas respiraba; estaba casi desnuda, con el vestido desgarrado hasta las rodillas, cubierta de arañazos, manchada de lodo y empapada en sangre. Su rostro estaba oculto tras una melena castaña y oscura, y su aroma embriagaba la mente. Dulce, intenso, como el aire pesado antes de una tormenta. El Alfa apretó los labios y tomó una decisión:
—Llevadla con la curandera.
—¡No puedes! —Celester, su hermano y Beta, protestó de inmediato—. ¿Quieres traer a una extraña a nuestro hogar? Mírala, dudo que sobreviva, y es evidente que esas heridas fueron causadas por un licántropo. ¿Quieres atraer la desgracia sobre la manada?
—¿Qué pasa, hermanito? ¿Tienes miedo de una chiquilla? La encontramos en nuestro territorio y, mientras respire, tenemos la obligación de intentar ayudarla. Si muere, será su destino y entonces dejará de ser nuestro problema.
Waylan anunció su decisión y nadie se atrevió a contradecirlo. Los jóvenes licántropos tomaron a la chica en brazos y la llevaron ante la curandera. Su cabaña se encontraba cerca del bosque. Al llegar, el Alfa llamó a la puerta:
—¡Selena! Abrid, necesitamos vuestra ayuda.
Una luz de velas apareció dentro de la choza. Una mujer en camisón, de largo cabello canoso y ojos cansados, abrió la puerta.
—¿A qué viene tanto alboroto? —Su mirada cayó sobre la joven y despertó por completo al instante—. Traedla dentro. Con cuidado.
Los dos jóvenes lobos depositaron a la desconocida en una cama cubierta con una sábana gris. Seguía inconsciente, con el cuerpo destrozado y los labios pálidos, aunque su pecho aún se alzaba levemente. La curandera se inclinó sobre ella. Tomó un cuenco de barro con un líquido oscuro, vertió unas gotas en su boca, dejó el cuenco sobre la mesa de madera y ordenó:
—Hay que lavar las heridas. Traed agua.
Selena rasgó con cuidado un trozo del vestido ensangrentado del hombro. Allí se divisaba una herida profunda. La curandera tomó un pañuelo, lo empapó en agua y comenzó a limpiar la sangre seca y la suciedad. Sobre la piel delicada apareció la marca de una mordida. Clara, profunda, reciente. La curandera confirmó las sospechas de Waylan:
—Alguien la ha marcado. Ya es la pareja de alguien.
El silencio cayó como una manta pesada. Waylan desvió la mirada. Algo en aquella visión le irritaba profundamente, aunque no sabía qué. El pecho se le comprimió, como si el aire hubiera abandonado sus pulmones, y un amargor se asentó lentamente bajo su lengua. Celester lo hizo volver en sí:
—Esto podría ser una trampa. Un motivo para la guerra, pues hemos tomado lo que pertenece a otro. Si está marcada, debemos devolverla.
—Necesitamos saber a quién pertenece —pese a la tormenta en su interior, Waylan se obligó a sonar firme—. Cuando la chica despierte, ella misma lo contará todo.
—Si despierta —corrigió Selena con frialdad—. Su corazón late, pero está débil. Muy débil.
—¿Y si la marcó un enemigo? —llegó una voz desde el fondo de la habitación, perteneciente a uno de los guerreros veteranos—. ¿O si ella misma es de un clan enemigo? ¿Desde cuándo nos importa la vida de nuestros rivales?
—Podría ser del clan de los Espectros Lunares, nuestros aliados —añadió alguien en voz baja.
—¿Y si la marcó uno de los nuestros? —La curandera observaba atentamente la mordida.
Todos giraron la cabeza hacia ella. Sus dedos temblaron al tocar de nuevo la herida. La mordida era precisa, cuidadosa, como la de aquellos que son marcados no en la agonía ni en el combate, sino en un momento de calma, en un momento de elección.
—Conozco estas marcas. No todas son iguales —su voz bajó casi hasta un susurro—. Cada licántropo tiene su propia huella.
Los ojos de Selena se deslizaron rápidamente hacia Waylan. El Alfa tensó la mandíbula. Su lobo interior se quedó inmóvil. No gruñía, no forcejeaba, simplemente escuchaba. Finalmente, cruzó los brazos sobre el pecho:
—Si es la pareja de alguno de los nuestros, pronto lo sabremos. La chica se queda y no hay discusión. Ahora salid todos y esperad fuera.
Nadie se atrevió a discutir con Waylan. No quería que nadie más contemplara el cuerpo semidesnudo de la joven. Mientras la curandera la aseaba, los licántropos esperaban junto a la cabaña. Por supuesto, el Alfa podría haberse ido a sus asuntos, pero se quedó allí. La curiosidad le carcomía y, en el fondo, deseaba saber si la desconocida sobreviviría. Pasado un tiempo, Selena salió de la choza:
—He hecho todo lo que he podido. Aún no ha recobrado el conocimiento, pero hay algo que me gustaría deciros solo a vos.
Waylan asintió y entró en la cabaña. En el aire se percibía el olor a humo y hierbas. El hombre se acercó a la cama. La manta cubría el seductor cuerpo de la chica, que atraía su mirada. Waylan sacudió la cabeza. No debía pensar en eso, en absoluto. Selena bajó la cabeza:
—Mientras la lavaba, encontré algo. Creo que os interesará.
La mujer se inclinó sobre la desconocida y apartó el cabello castaño de su pecho. Del cuello de la joven colgaba un medallón circular de plata con el símbolo de su manada. Waylan alargó la mano hacia el colgante y lo tomó entre sus dedos. Al darle la vuelta, notó unas iniciales grabadas que le resultaban familiares. Un sudor frío brotó instantáneamente en su piel. Selena confirmó sus sospechas:
—Es el colgante de vuestra madre, la que desapareció hace seis años y a la que dábamos por muerta.
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