Mirael yacía en la cama, envuelta en una manta, escuchando el viento que susurraba tras la ventana. Pero en cuanto cerró los ojos, la realidad cambió.
Primero llegó la niebla. Suave, gris, lo envolvió todo: las paredes, el techo, incluso el aire mismo. Se encontró entre árboles. Sus copas se inclinaban sobre ella, como si acudieran a una confesión. El bosque quedó cubierto por la noche. Se oyó el crujir de las hojas, pasos ajenos, una respiración pesada.
De la sombra emergió un lobo negro con una mancha blanca en la frente. Grande, poderoso, con unos ojos profundos que brillaban en plata. Su pelaje parecía tan espeso como el cielo nocturno sin estrellas.
Mirael se quedó inmóvil. El corazón le golpeó el pecho y algo en su interior se tensó, atraído hacia él. Su esencia animal respondió al instante. Las piernas no le obedecían; la llevaban solas hacia el lobo.
Él avanzó a su encuentro. Dio una vuelta a su alrededor, se detuvo y se frotó contra su costado. Su aliento quemó el aire entre ambos. Era como reencontrarse con alguien conocido, cercano, propio.
El lobo inclinó el hocico hacia su cuello y sus colmillos rozaron la piel. Los incisivos afilados la atravesaron; el dolor se extendió en hilos punzantes, pero la loba no gritó. Lo aceptó. El calor inundó su cuerpo y, tras él, llegó la sensación de pertenencia.
Mirael despertó con una inspiración brusca.
¡Un sueño! ¡Solo un sueño!
El corazón le latía con fuerza, la respiración se le había desacompasado y el sudor frío cubría su piel. Se llevó la mano al cuello. La marca del cambiaformas pulsaba. Se sentía confundida, incapaz de distinguir si aquello había sido un sueño… o un recuerdo.
Al día siguiente, Selena fue a verla. Tras examinar las heridas, anunció su veredicto:
—Todo está cicatrizando bien. Estás casi sana. Sal a tomar aire fresco. Un poco más y podrás correr por los bosques, dejar que tu loba interior se desahogue.
El pronóstico la alegró. Más tarde, Mirael salió al patio. Ordenado, barrido, con un banco de madera en la terraza, transmitía una sensación acogedora. Bajó los escalones y avanzó por el sendero de piedra.
Desde un lado se oyó la voz de Kael:
—La dama se está recuperando —dijo con una sonrisa, levantándose del banco bajo el sauce que crecía cerca de la entrada de la mansión—. ¿Cómo te sientes?
—Mejor —se encogió ligeramente de hombros—. Gracias por preocuparte.
—¿Damos un paseo por el jardín? Hay una puertecita que lleva al bosque.
—Apenas me mantengo en pie.
—Entonces yo te sostendré —la afirmación tan directa la hizo ruborizarse—. Además, estoy seguro de que pronto podrás bailar en los bailes.
Kael le ofreció la mano; sus dedos rozaron la palma de él. Como si danzara, Mirael giró sobre sí misma. Se rió, pero aquella risa le resultó ajena, como si no fuera suya.
En ese instante, Weilan se acercó a ellos. Las cejas fruncidas y las mandíbulas tensas delataban su desagrado. Su ira parecía enfriar el aire a su alrededor. Kael soltó la mano de la joven y asintió:
—¡Alfa!
—Veo que alguien ya está sana —Weilan ignoró deliberadamente al muchacho y clavó una mirada furiosa en Mirael. Aunque no había hecho nada, se sentía culpable—.
—Casi. Selena es optimista con el pronóstico.
—Ven conmigo —ordenó el alfa y, con paso firme, se dirigió hacia la casa.
Mirael lo siguió. Caminaba detrás de él como rumbo al cadalso. En secreto, admiraba su espalda ancha y su cabello oscuro. La atracción hacia aquel hombre no había desaparecido; al contrario, parecía más intensa.
Weilan entró en el despacho y cerró la puerta de golpe. Ella se sintió atrapada. Él se volvió lentamente. En su mirada había un frío glacial… que quemaba. Mirael se detuvo junto a la puerta, sin atreverse a avanzar.
—¿Lo has recordado todo? —gruñó.
—No, nada —negó con la cabeza, asustada. Decidió callar sobre el extraño sueño; al fin y al cabo, solo era un sueño, sin información relevante.
—Veo que tienes mucho tiempo libre y has decidido que, como te sientes bien en mi casa, puedes comportarte como… —se interrumpió, buscando la palabra adecuada.
—¿Como quién? —Mirael alzó una ceja.
Por dentro, una tormenta estallaba; la indignación corría por sus venas. Weilan se acercó. Cada paso resonaba en su cabeza como un disparo.
—Como una loba de moral ligera, incapaz de controlarse. ¿Coqueteas con un guardia? ¿Te quedas en la mansión flirteando mientras tu prometido vaga por ahí?
Le faltó el aliento. Primero por la humillación, luego por el dolor. Aquel a quien deseaba, quien ocupaba todos sus pensamientos, la acusaba sin fundamento y la veía como una loba libertina.
—No hice nada de eso —abrió las manos.
—¿Nada? Estabas con él bajo el sauce, sonreías, le permitiste acercarse. Os tomabais de la mano. ¿Crees que no lo vi?