Embarazada del alfa

16

La joven asintió y se dirigió a toda prisa hacia la salida. Las palabras de Celester le golpearon la espalda:

—¿Te da igual que me haya avergonzado ante los invitados?

—Lo que no me da igual es que mi hermano se permita insultar a una mujer que he tomado bajo mi protección.

Mirael sintió sobre ella la mirada de Liara. Era una mirada felina, amenazante, cargada de malicia. Aquella mujer veía claramente en ella a una rival a la que estaba dispuesta a aplastar sin piedad. La joven corrió hasta su habitación, cerró la puerta y se desplomó sobre la cama. Sabía que Celester no la perdonaría; lo que más la aterraba era la orden de ir a sus aposentos. No tenía la menor intención de ir, pero temía la venganza del hombre. Esta vez Waylan la había defendido, pero nadie sabía qué pasaría la próxima vez. Él estaba ahora en el salón, coqueteando con Liara, tocando su mano y sonriendo con picardía. Mirael no quería ni imaginar que pudiera casarse; aquello se sentía como algo erróneo y hacía que su loba se retorciera de angustia. Un dolor insoportable le desgarraba el alma, como si en ese preciso instante estuviera ocurriendo algo terrible e irreparable.

Sin ser consciente de cómo, Mirael se puso de pie y salió de la habitación. Llevada por el instinto, decidió buscar a Waylan. Avanzó en silencio por los pasillos, esperando que aún no estuviera dormido. Llamó a la puerta con timidez y la empujó. El dormitorio estaba en penumbra, iluminado apenas por la luz mortecina de los candelabros. Waylan estaba sentado en la cama, con la camisa desabrochada hasta la cintura. A su lado se encontraba Liara. Ella, con la palma apoyada en su pecho musculoso, rozaba apenas la mejilla del Alfa con sus labios. Él no la apartaba, no se oponía; permitía de buen grado aquellas indecencias.

El chirrido de la puerta los hizo sobresaltarse. Liara desvió la mirada hacia la joven, pero no retiró la mano del hombre. Como si quisiera demostrar que él le pertenecía, esbozó una ligera sonrisa. En ese momento, el corazón de Mirael estalló en mil pedazos. Dio un paso atrás:

—Perdonad que haya interrumpido. No lo sabía.

Cerró la puerta y, como si se hubiera quemado, echó a correr por el pasillo. Un huracán bramaba en su interior. Sin controlar sus actos, salió al exterior, cruzó el jardín y se adentró en el bosque. Waylan le había dejado claro que ella no era nadie para él y que no quería ninguna relación, pero su loba se negaba obstinadamente a aceptarlo. Al fin y al cabo, el Alfa afirmaba que el destino podía controlarse, pues no eran más que instintos. Mirael se prometió a sí misma que arrancaría aquellos sentimientos de su corazón.

La noche cubría los árboles como una manta oscura. Mirael corría a ciegas; las ramas desgarraban su ropa y las lágrimas se mezclaban en sus mejillas. En su pecho bullían el dolor, la ira y la desesperanza. Huía de sí misma, de él, de todo. De pronto, un espasmo recorrió su cuerpo y se detuvo. Un dolor agudo le atravesó la espalda, como si la piel se le rasgara. Sus huesos se desplazaron, respirar se volvió difícil, su garganta ardió y sus colmillos se alargaron. Algo antiguo y salvaje despertó en ella.

Mirael cayó de rodillas y, cuando levantó la cabeza, ya no era una muchacha: se había convertido en loba. Pelaje plateado, ojos dorados y el vaho escapando de sus fauces. Dio el primer paso en su nuevo cuerpo y soltó un aullido melancólico. El sonido fue estremecedor, vívido, libre. Era la primera vez que se transformaba tras perder la memoria.

Entre los árboles se oyó el crujir de las ramas. Una sombra oscura emergió. Como tallado en ónice, un lobo negro de ojos ambarinos la observaba. Se parecía demasiado al que aparecía en sus sueños y perseguía sus pensamientos. ¿Sería él? La loba se puso en guardia, intentando percibir quién era. En su mente, escuchó una voz:

—¿Huyes? Y yo que esperaba ingenuamente que por fin vieras a quien de verdad le importas.

En su forma animal, los licántropos se comunicaban mentalmente. Mirael conocía esa voz; le resultaba demasiado familiar. La loba entornó los ojos y olfateó el aire. Al comprender quién tenía delante, empezó a temblar. Celester. Feroz, peligroso y con sed de venganza. Estaba sola en el bosque oscuro frente a un depredador. Intentó no mostrar miedo:

—¿Acaso no querías deshacerte de mí? Ahora tienes la oportunidad perfecta.

—¿Crees que te haría daño? —Celester mantuvo las distancias, rodeándola. Observaba a la loba plateada desde todos los ángulos.

—Quieres entrar en la cama de mi hermano porque es el Alfa, el líder influyente. Pero, ¿si yo fuera el Alfa, habrías venido a mí? —soltó un bufido burlón—. ¿O acaso soñabas con esas manos rudas sobre tu piel? Él no te ve. Para él, solo podrías ser un trofeo o alguien a quien intercambiar por algo valioso. Claro, siempre y cuando tu pareja sea alguien influyente.

Aquella verdad no le gustó. Levantó el hocico con orgullo, y en sus ojos apareció un destello de desafío:

—¿Y para ti qué soy yo? ¿Una muñeca de la que burlarse o un error que debe ser corregido?



#28 en Fantasía
#8 en Magia
#249 en Novela romántica

En el texto hay: alfa, amor, embarazada

Editado: 18.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.