Mirael desvió la mirada, pero él se acercó. Solo un suspiro los separaba y la loba luchaba contra el impulso de retroceder. Su voz resonó en su mente:
—Cada vez que lo miras, siento cómo el fuego me consume por dentro. Waylan no fue el primero en verte. Fui yo quien te encontró. Sentí tu aroma incluso antes de encontrarte. Supe que algo cambiaría en el momento en que aparecieras.
Él se inclinó y el cuerpo de ella se quedó petrificado. Soltó un gemido, pero no de miedo, sino por el galope desenfrenado de su corazón. Había algo de verdad en sus palabras. Mirael se atrevió a sugerir:
—Hablas como si fuera tu pareja predestinada.
—La pareja predestinada es una debilidad —gruñó Celester, apartándose de golpe—. ¿Para qué la querría yo? ¿Para perder la cabeza por alguien que, solo por instinto, se convierte en tu universo? Aunque hay algo que no puedo controlar. Quizás sea porque no quiero entregarte a mi hermano, o quizás hay algo más que me niego a admitir.
Celester hablaba con acertijos. Mirael lo observó con detenimiento. Pelaje negro. Era idéntico al lobo de sus sueños, pero ¿por qué entonces no sentía nada más que temor hacia él? El follaje crujió. Un tercer lobo apareció ante ellos, de pelaje gris mezclado con blanco y leonado. Mirael olfateó el aire y reconoció de inmediato a Kael. Debía admitir que se había convertido en un lobo joven y hermoso. Sintió un alivio inmediato; Kael era el único que siempre la había apoyado. El amigo que tanto necesitaba. Él inclinó levemente la cabeza ante Celester y miró con admiración a la loba:
—El Alfa ha ordenado que regreses a la mansión.
—¿Para qué? —la indignación bullía en las venas de Mirael—. ¿Acaso no le da igual?
—Por supuesto que no —Celester se alejó de ella—. Ya te lo dije, te ve como un trofeo del que obtener provecho. Vámonos.
Entre los árboles se vislumbraban las sombras de otros licántropos. Waylan había enviado a casi todos los guerreros de la manada en su busca, aunque él mismo no se había internado en el bosque. Probablemente estaba demasiado ocupado con Liara. Aquel pensamiento se enredó en su pecho como una hiedra amarga. Caminó hacia la mansión bajo una escolta severa, sintiéndose como una prisionera. Al detenerse en la terraza, recuperó su forma humana. De nuevo con su largo cabello, el mismo vestido y el calzado de antes. Por suerte, la magia transformaba no solo el cuerpo, sino también la ropa.
Entró con timidez en el despacho de Waylan. Él, como una nube de tormenta, permanecía junto a la ventana. Tenía la camisa abotonada hasta arriba, como si nunca hubiera ocurrido la escena indecente que Mirael presenció. Sus ojos recordaban a un mar embravecido durante un temporal:
—¿Por qué has huido? —su voz retumbó como un trueno—. Sola, sin permiso, en plena noche, a un bosque donde podrían haberte matado.
—Me apetecía correr —dijo ella encogiéndose de hombros—. No sabía que fuera una prisionera.
—No eres una prisionera, pero es una insensatez huir al bosque de noche. Te tomé bajo mi protección y soy responsable de ti —Waylan parecía irritado, furioso y, a la vez, preocupado. Se pasó la mano por el cabello oscuro y bajó el tono—: Además, no sabes mentir. ¿Has huido porque me viste con Liara?
En un instante, él había desarmado su mentira. Mirael se sintió indefensa ante él. Cruzó los brazos sobre el pecho como si se protegiera y levantó la barbilla con orgullo:
—Si no soy tu pareja predestinada, tu vida privada no es asunto mío.
—¿Quieres decir que te da igual?
—Si me diera igual, no habría huido —Mirael no veía sentido en mentir, pues Waylan detectaría el engaño al momento. De su pecho brotó una confesión cargada de dolor—: Para mí es una auténtica tortura verte con Liara. No entiendo qué me pasa. Solo te conozco de hace unos días, pero mi loba se siente atraída hacia ti como por un imán.
Waylan se acercó a ella y la estrechó en un cálido abrazo. El calor de su cuerpo le quemaba la piel y la cercanía provocaba chispas en su vientre. Las manos del hombre se posaron en su cintura, encendiendo una llama en su interior. Mirael dejó caer los brazos, incapaz de resistirse a aquel contacto, aunque sabía que no debía permitirlo. Waylan se inclinó hacia su oído, acariciándole el rostro con su aliento:
—No ha pasado nada con Liara. Es mi prometida potencial y no puedo rechazarla así como así. Soy un Alfa y a veces debo hacer cosas que no deseo.
Recuerdos dolorosos cruzaron la mente de Mirael. La rabia hirvió en sus venas y dio un paso atrás, rompiendo aquel contacto deseado:
—He visto lo mucho que "no deseabas" la compañía de Liara. Estabas casi sin camisa. Ella te tocaba.
—Es simple diplomacia.
—¿Yo también soy diplomacia?
—Tú eres el caos —sus ojos se oscurecieron como dos carbones encendidos—. Apareciste de repente en mi vida y me sacas de quicio con tus miradas a Kael, con tu huida y con tu rebeldía. A tu lado debo reprimir mis deseos, porque eres la prometida de otro; ya tienes a alguien que se hace llamar tu pareja predestinada. No tengo derecho sobre ti, y yo mismo estoy prometido a otra.