Embarazada del alfa

27

Alguien en el salón se removió, y otros esbozaron una leve sonrisa. Entre ellos estaba Celester, que jugueteaba con el anillo en su dedo; sus ojos brillaban de satisfacción. Por el contrario, Waylan permanecía inmóvil en su sitio. Sus dedos se cerraron sobre el reposabrazos y su mandíbula se tensó. Liara comprendió que había perdido el asalto. La licántropa dio un paso atrás, se giró y caminó hacia la salida, fingiendo mantener el control de la situación. Waylan se puso en pie y se ajustó la chaqueta:

— Yo mismo escoltaré a Mirael a sus nuevos aposentos. ¡Por favor, síganme!

El Alfa salió del salón y Mirael fue tras él. Avanzaron por pasillos vacíos donde solo se escuchaba el eco sordo de los pasos de dos seres que caminaban en silencio. La joven mantenía la distancia, con las manos a los lados y la mirada fija en las losas de piedra bajo sus pies. Waylan iba delante: contenido, callado, casi como un extraño. Solo sus hombros delataban la tensión, como siempre que intentaba reprimir sus emociones.

— Este es el ala norte —se detuvo ante las puertas de una estancia—. Es la zona más tranquila y menos habitada. Mis aposentos están al lado. Aquí estarás más segura.

Abrió la puerta. Mirael entró en una habitación espaciosa. Junto a la ventana se alzaba una gran cama con dosel; a través del cristal se divisaba el bosque. Los muebles de madera oscura con detalles dorados destilaban lujo, y en el aire flotaba el aroma de hierbas secas. Sobre la cómoda había velas. Esta habitación distaba mucho del pequeño cuarto donde Mirael vivía antes. La joven miró a su alrededor:

— No he pedido nada de esto. Las disculpas de Liara no han sido sinceras, lo ha hecho porque la han obligado. Esto no me protegerá de sus futuras intrigas.

— Precisamente por eso vivirás más cerca de mí.

— Esto solo provocará más odio en Liara. Estos aposentos son demasiado lujosos para una paria —Mirael bajó la cabeza con aire culpable.

— Yo no te he llamado paria.

— No, pero te comportas como si yo fuera una amenaza que va a gruñir y a desgarrarte la garganta en cualquier momento.

— Sé que eres capaz de mucho más de lo que aparentas, y es precisamente eso lo que me inquieta.

En el aire quedó flotando algo salvaje y dulce a la vez. La mirada de ella recorrió los labios de él, pero no se detuvo. La joven se atrevió a preguntar lo que le carcomía por dentro:

— ¿Qué pasará si mi pareja no aparece? ¿Me tendrás aquí encerrada para siempre?

— No lo sé —Waylan se encogió de hombros—. Si nadie aparece y no recuerdas nada, supongo que el niño es de Celester. Fue él quien te encontró primero, o mejor dicho, quien recobró el sentido cerca de ti. Alguien hizo un trabajo impecable con los hechizos de memoria.

— ¿Estás enfadado conmigo? —Waylan callaba, pero sus labios apretados y sus pómulos tensos hablaban por él. Mirael alzó la voz—. ¿Crees que para mí es fácil? ¿No recordar nada y no saber quién es el padre? Te comportas como si yo tuviera la culpa de algo.

— Para mí tampoco es sencillo. ¿Crees que es fácil casarse con una mientras deseo a otra?

Waylan puso su mano en la cintura de ella y la atrajo hacia sí con brusquedad. La joven no tuvo tiempo de reaccionar antes de que los labios de él cubrieran los suyos. El aliento de Mirael se entrecortó y su corazón latió como una fiera atrapada. El beso fue un arrebato incontrolable, una explosión, un fuego que él ya no podía contener más.

La besaba como quien quiere ahogarse en su propio dolor. Rudo, repentino, desesperado. Las manos de ella apretaron involuntariamente la tela de su camisa, pero él se apartó al instante. Respirando con dificultad, le susurró al oído:

— No te imagines nada que no sea, esto es solo fisiología. Me he dejado llevar por el instinto. No volverá a repetirse.

Retiró las manos y se dirigió a la puerta. Las lágrimas asomaron a los ojos de Mirael.

— ¿Y yo? —el dolor brotó de su pecho—. No puedes besarme cuando te apetezca. ¿Por qué te casas con Liara? Hoy has admitido públicamente que no la amas. ¿Qué te ha ofrecido ella?

— Algo vital para mí —bajó la cabeza, confirmando las sospechas de la joven. Ella entrecerró los ojos:

— ¿No vas a decírmelo?

Waylan guardó silencio. No salió ni una palabra de sus labios. Con la intención de marcharse, se giró hacia la puerta. "Fisiología". Sus palabras le desgarraban el alma. El susurro de Mirael rompió el silencio:

— Gracias por la habitación.

— Aquí recibirás protección.

— ¿De quién? ¿De tu prometida? —preguntó con reproche.

— De todos. Si alguien intenta hacerte daño, lamentará haber nacido.

— Tú ya me has hecho daño.

— Y me arrepiento de ello.

Sus miradas se cruzaron. Profunda, dolorosamente. Él dio un paso y salió, cerrando la puerta tras de sí con suavidad. Waylan se había ido, pero el aroma de su presencia permaneció en la habitación mucho tiempo después. La joven se quedó sola, con los labios ardientes y un fuego abrasador allí donde antes solía latir su corazón.



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En el texto hay: alfa, amor, embarazada

Editado: 12.03.2026

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