Embarazada del mayor D’avenzi

Capítulo 1

Elena

El auto se detuvo frente a las rejas de hierro negro que se alzaban como una muralla. Mi corazón latía tan fuerte que casi lo sentía en la garganta. La mansión D’Avenzi se erguía al final del camino de grava, imponente, silenciosa y fría, como si ya supiera que yo no pertenecía allí.

Era más grande de lo que había imaginado. Columnas de mármol blanco, ventanas altas con cortinas pesadas, y un jardín perfectamente recortado que parecía no haber sido tocado nunca por manos humanas. Todo gritaba dinero, poder y reglas que yo todavía no conocía.

—Baja, muchacha. No te van a esperar todo el día —dijo el chofer con tono seco, sin mirarme.

Tomé mi pequeña maleta y bajé. El viento de la tarde me revolvió el cabello castaño chocolate y pegó el uniforme nuevo contra mi cuerpo. El vestido negro se ajustaba a mi cintura de una forma que me hacía sentir expuesta, aunque la falda llegaba justo por debajo de la rodilla y el delantal blanco estaba impecable. Me sentía incómoda. Demasiado vista. Demasiado… presente.

La señora Rossi, el ama de llaves, me esperaba en la entrada principal. Era una mujer de unos cincuenta años, delgada y con el cabello gris recogido en un moño severo.

—Elena Bianchi —dijo sin sonreír—. Bienvenida a la mansión D’Avenzi. Recuerda: aquí se habla solo cuando se te habla. Se camina en silencio. Se obedece sin cuestionar. ¿Entendido?

Asentí rápidamente, bajando la mirada.

—Sí, señora.

Me guio por el vestíbulo. Mis zapatos bajos resonaban suavemente contra el mármol pulido. Pasillos largos, techos altos, cuadros oscuros en las paredes. Cada paso me hacía sentir más pequeña.

—Esta será tu habitación —dijo al llegar a la zona de servicio, en la planta baja del ala este—. Compartirás baño con otras dos chicas. El desayuno es a las seis y media. No llegues tarde.

La habitación era sencilla: una cama individual, un armario pequeño y una ventana que daba al jardín trasero. Dejé la maleta y me permití respirar por primera vez.

No había pasado ni una hora cuando la señora Rossi volvió a buscarme.

—El señor Luca quiere que alguien revise el despacho. Tú irás.

Mi estómago se apretó.

—¿El señor Luca?

—El mayor de los hermanos D’Avenzi —respondió con tono impaciente—. No hagas preguntas. Ve.

Me entregó un trapo y productos de limpieza y me indicó el camino. Subí la gran escalera principal con las piernas temblando. El pasillo del primer piso era aún más silencioso. Puertas cerradas, alfombras gruesas que amortiguaban mis pasos.

Llegué al despacho. La puerta estaba entreabierta. Golpeé suavemente.

No hubo respuesta.

Empujé la puerta con cuidado y entré. La habitación era enorme. Un escritorio de madera oscura ocupaba el centro, librerías hasta el techo, un ventanal que daba al jardín. Olía a cuero, a madera pulida y a algo más… masculino. Intenso.

Me puse a trabajar en silencio, limpiando el polvo de las estanterías bajas primero. Intentaba moverme con rapidez y discreción, como me habían enseñado.

No lo escuché entrar.

De repente, el aire cambió. Se volvió más pesado. Más cargado.

Levanté la vista y allí estaba.

Alto. Hombros anchos bajo un traje negro impecable. Cabello negro oscuro, ligeramente peinado hacia atrás. Mandíbula marcada, ojos de un gris acero que parecían atravesarme. No dijo nada. Solo me miró.

Y yo… me quedé congelada.

Luca D’Avenzi.

Su presencia llenaba la habitación entera. No necesitaba hablar para imponer respeto. O miedo. O algo que no supe identificar en ese momento, pero que me hizo apretar el trapo entre los dedos.

—Disculpe, señor —murmuré, bajando la mirada de inmediato—. Me enviaron a limpiar. Si prefiere que vuelva después…

No respondió enseguida. Sentí sus ojos recorriéndome. No de forma grosera, pero sí… completa. Como si estuviera evaluando cada detalle: el uniforme que se ajustaba a mi cintura, la forma en que el delantal marcaba mis caderas, el cabello que me caía sobre un hombro.

—Termina lo que estás haciendo —dijo finalmente. Su voz era baja, grave, controlada. Sin emoción aparente.

—Sí, señor.

Volví a mi tarea, pero mis manos ya no eran firmes. Sentía su mirada en mi espalda mientras limpiaba el borde del escritorio. Cada movimiento parecía demasiado ruidoso en el silencio de la habitación.

Cuando terminé con esa zona, me giré para guardar los productos. Él seguía allí, de pie junto a la puerta, observándome.

—Eres nueva —afirmó, no preguntó.

—Sí, señor. Empecé hoy.

Dio un paso dentro de la habitación. Solo uno. Pero bastó para que el espacio entre nosotros se sintiera demasiado pequeño.

—¿Cómo te llamas?

—Elena Bianchi, señor.

—Elena —repitió mi nombre como si lo estuviera probando. Su tono no cambió, pero algo en su forma de decirlo me provocó un escalofrío.

Se acercó al escritorio y tomó unos papeles, fingiendo que revisaba algo. Yo me quedé quieta, sin saber si debía irme o seguir.

—Puedes retirarte —dijo sin mirarme.

—Gracias, señor.

Caminé hacia la puerta lo más rápido que pude sin correr. Justo cuando pasaba a su lado, su voz me detuvo otra vez.

—Elena.

Me giré ligeramente.

Sus ojos grises me clavaron en el lugar.

—La próxima vez, llama más fuerte antes de entrar.

Tragué saliva.

—Sí, señor.

Salí del despacho con el corazón latiéndome en los oídos. Solo cuando estuve de nuevo en el pasillo largo y silencioso me permití respirar.

No entendía por qué me sentía así. Intimidada. Alterada. Como si algo dentro de mí hubiera reconocido un peligro… y al mismo tiempo, una atracción que no tenía ningún sentido.

Bajé las escaleras intentando calmarme.

No llegué muy lejos.

En el vestíbulo principal me crucé con otro hombre. Más joven, cabello castaño oscuro, ojos verde oliva y una sonrisa fácil que contrastaba completamente con la frialdad que acababa de dejar atrás.




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