Embarazada del mayor D’avenzi

Capítulo 2

Luca

No debería haberla mirado tanto.

Eso fue lo primero que pensé cuando la puerta del despacho se cerró detrás de Elena Bianchi. Me quedé de pie junto al escritorio, con los papeles en la mano que ni siquiera estaba leyendo, y el silencio de la habitación se sintió más denso que nunca.

Veintiún años. Lo sabía porque la señora Rossi me había pasado la lista del personal nuevo esa misma mañana. Veintiún años y ya tenía esa forma de moverse que no debería afectarme. Tímida, casi intentando hacerse invisible, pero su cuerpo… su cuerpo traicionaba cualquier intento de pasar desapercibida.

El uniforme negro se ajustaba a su cintura de una manera demasiado precisa. La falda rozaba sus caderas con cada paso, y cuando se había inclinado ligeramente para limpiar la parte baja de la estantería, la tela había marcado la curva suave de su espalda y la línea de sus piernas. No era vulgar. Era peor: era natural. Involuntario. Y eso me irritaba profundamente.

Me pasé una mano por la mandíbula, molesto conmigo mismo. Hacía años que ninguna mujer en esta casa lograba que perdiera el control de mi atención ni por un segundo. Las sirvientas venían y se iban; eran parte del mobiliario. Silenciosas, eficientes, invisibles.

Elena no era invisible.

Su cabello castaño chocolate caía sobre un hombro mientras trabajaba, y cuando levantó la vista y sus ojos avellana miel se encontraron con los míos, vi algo que no esperaba: miedo mezclado con una inocencia que me golpeó en el pecho como un puñetazo silencioso. No coqueteaba. No buscaba atención. Simplemente estaba allí, ocupando espacio en mi despacho, en mi casa… y en mi cabeza.

Me senté detrás del escritorio y abrí el portátil, intentando concentrarme en los informes que tenía pendientes. No funcionó. Mi mente volvía una y otra vez a la forma en que había dicho “señor” con esa voz suave, casi temblorosa. A cómo sus labios se habían entreabierto ligeramente cuando le hablé.

—Joder —murmuré entre dientes.

Me levanté y me acerqué al ventanal. Desde allí podía ver parte del jardín y la entrada principal. Nico estaba abajo, hablando con alguien. Sonreía. Siempre sonreía. Siempre encontraba la forma de hacer que todo pareciera fácil.

Entonces la vi a ella otra vez.

Elena cruzaba el vestíbulo con pasos rápidos y discretos. Nico la detuvo. Vi cómo él extendía la mano, cómo ella la tomaba con timidez, cómo su rostro se relajaba un poco al hablar con él. Vi la sonrisa que le dedicó. Pequeña, pero real.

Algo oscuro y caliente se removió en mi estómago.

Nico siempre había sido así: el encantador, el que hacía que la gente se sintiera cómoda. Yo nunca lo necesité. Mi presencia bastaba. Pero ver a Elena sonreírle a él, aunque fuera solo por cortesía, me molestó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Cerré las cortinas con un movimiento seco y volví al escritorio.

No era celos. No podía serlo. Ella era una empleada. Veintiún años. Yo tenía treinta y ocho y controlaba cada aspecto de mi vida y de esta familia con mano de hierro. No iba a permitir que una sirvienta recién llegada me alterara el día.

Pero cuando cerré los ojos un segundo, volví a verla en el despacho: de pie frente a mí, con las manos juntas frente al delantal, el pecho subiendo y bajando con respiraciones cortas, la piel clara ligeramente sonrosada por los nervios.

Mi mano se cerró en un puño sobre la madera oscura.

—Elena Bianchi —repetí su nombre en voz baja, probándolo otra vez.

Sonaba peligroso en mi boca.

Esa noche, mucho más tarde, cuando la mansión ya estaba en silencio, bajé a la cocina de servicio por un vaso de agua. No era necesario; había agua en mi habitación. Pero algo me impulsó a hacerlo.

El pasillo que conectaba la zona principal con la de empleados estaba poco iluminado. Y allí, al final, la vi.

Elena caminaba en dirección contraria, llevando unas sábanas limpias dobladas. No me vio al principio. Cuando levantó la vista y me reconoció, se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron ligeramente, y vi cómo su cuerpo se tensaba.

—Señor D’Avenzi —murmuró, bajando la mirada de inmediato.

—Luca —corregí sin pensar. Mi voz sonó más grave de lo habitual.

Ella parpadeó, sorprendida.

—No… no creo que sea apropiado, señor.

Dije nada. Solo di un paso más cerca. El pasillo era estrecho. El espacio entre nosotros se redujo demasiado rápido. Podía oler el jabón suave de su piel y algo floral en su cabello. Su respiración se volvió más rápida.

—Estás nerviosa —observé, casi para mí mismo.

—No, señor. Solo… es tarde.

Mentira. Lo vi en la forma en que sus dedos se apretaban contra las sábanas.

Me detuve a menos de un metro. Lo suficiente para que tuviera que levantar ligeramente la cabeza para mirarme. Lo suficiente para notar cómo el delantal se ajustaba a la curva de sus pechos con cada respiración agitada.

—Quiero que te encargues personalmente de limpiar mi habitación a partir de mañana —dije de repente. No era una petición.

Sus labios se entreabrieron.

—Pero… la señora Rossi dijo que…

—Yo decido quién limpia qué en esta casa —la interrumpí—. ¿Algún problema?

Tragó saliva. Vi el movimiento en su garganta delicada.

—No, señor.

—Bien.

No me moví. Ella tampoco. El silencio se estiró, cargado, denso, lleno de cosas que ninguno de los dos iba a decir en voz alta.

Finalmente, ella dio un paso atrás.

—Buenas noches, señor Luca.

Se dio la vuelta y se alejó rápido por el pasillo, pero no antes de que yo notara cómo sus caderas se movían bajo la falda del uniforme y cómo su cabello se balanceaba contra su espalda.

Me quedé allí, solo, con las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada.

Esto no era normal.

Yo no perdía el control.

Y sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, sentí que algo dentro de mí se había movido. Algo peligroso. Algo que ya quería más.




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