Embarazada del mayor D’avenzi

Capítulo 4

Luca

Verla reír con Nico fue como recibir un latigazo silencioso en medio del pecho.

Estaba en la puerta del comedor de servicio, observando cómo Elena Bianchi, con su uniforme negro perfectamente ajustado y ese delantal blanco que marcaba cada curva suave de su cuerpo, le dedicaba una sonrisa genuina a mi hermano menor. Una risa baja, tímida, pero real. Sus ojos avellana miel brillaban por un segundo, y sus labios suaves se curvaron de una forma que yo todavía no había logrado arrancarle.

Nico siempre había sido el fácil. El que sonreía, el que hacía bromas, el que lograba que la gente bajara la guardia. Yo nunca lo necesité. Mi presencia bastaba para que el mundo se alineara. Pero en ese momento, viendo cómo Elena se relajaba con él, algo primitivo y oscuro se despertó en mí.

No era solo irritación. Era posesión.

Ella era nueva. Era mía para observar. Mía para controlar. Y Nico estaba invadiendo ese espacio sin permiso.

—Como digas, Luca —dijo Nico con esa sonrisa de mierda que siempre usaba cuando sabía que me estaba molestando, y se fue.

Elena se quedó sola, con las manos aún temblando ligeramente sobre la encimera. Sus mejillas tenían un leve sonrojo. No sabía si era por la risa o por mi presencia. Probablemente por ambas.

Entré en la cocina de servicio. El espacio pareció encogerse en cuanto di dos pasos.

—Señor… —murmuró ella, enderezándose de inmediato. La sonrisa desapareció. Volvió la timidez, la cautela, esa mirada que bajaba al suelo como si mi mera existencia la abrumara.

—Termina lo que estás haciendo —ordené, manteniendo la voz baja y controlada—. Luego sube a mi habitación. Quiero que revises el balcón y las cortinas. Hay polvo.

No era cierto. Sabía perfectamente que no había polvo. Pero necesitaba una excusa para tenerla otra vez en mi espacio. Sola.

—Sí, señor —respondió suavemente, sin levantar la vista.

Me quedé allí un momento más, observándola. La forma en que el vestido se ceñía a su cintura marcada, cómo la falda rozaba sus caderas cuando se movía, el busto que subía y bajaba con respiraciones nerviosas. Su sensualidad era natural, casi inocente, y eso la hacía mil veces más peligrosa.

Salí de la cocina sin decir nada más, pero la imagen de su sonrisa para Nico se quedó clavada en mi mente como una espina.

Pasé el resto de la tarde en el despacho, intentando concentrarme en las reuniones virtuales y los informes financieros. No funcionó. Cada pocos minutos mi mente volvía a ella: a cómo se había sonrojado en mi habitación esa mañana cuando entré solo con la toalla, a la forma en que sus labios se habían entreabierto cuando le di la orden de volver por la noche.

A las ocho y media, después de la cena formal con algunos socios, subí a mi habitación. La mansión estaba en silencio, solo el sonido lejano de pasos discretos en los pasillos.

Elena llegó exactamente a las nueve, como le había indicado. Golpeó suavemente la puerta.

—Adelante.

Entró empujando el carrito pequeño, con la mirada baja y las manos juntas frente al delantal. La luz tenue de la lámpara de noche iluminaba su figura de una forma que hacía que el uniforme pareciera aún más favorecedor. La tela negra se ajustaba perfectamente a su cuerpo femenino, resaltando la curva de sus caderas y la delicadeza de su cintura.

—Señor, vine a revisar el balcón y las cortinas, como pidió.

—Hazlo —dije, sentándome en el sillón junto a la ventana, con una copa de whisky en la mano.

Ella empezó a trabajar en silencio. Se acercó al balcón, abrió las puertas de vidrio y sacudió las cortinas pesadas. Cuando se estiró para alcanzar la parte alta, la falda se subió ligeramente, revelando más de sus piernas bonitas. Mi mano se apretó alrededor del vaso.

No dije nada. Solo observé.

Cada movimiento suyo era una tortura lenta. El modo en que su cabello castaño chocolate caía sobre un hombro cuando se inclinaba. El leve temblor de sus dedos cuando sentía que la estaba mirando demasiado. La forma en que su respiración se aceleraba cuando el silencio se volvía demasiado pesado.

Cuando terminó, se giró hacia mí.

—¿Algo más, señor?

Me levanté lentamente y caminé hacia ella. El espacio entre nosotros se redujo hasta que solo quedó un metro. Podía oler su aroma suave, jabón y algo dulce que me volvía loco.

—Dime la verdad, Elena —dije en voz baja, casi un murmullo—. ¿Te sientes cómoda aquí?

Ella tragó saliva. Sus ojos avellana miel subieron lentamente hasta los míos.

—Es… diferente, señor. La mansión es hermosa, pero… grande. Y las reglas son estrictas.

—¿Y mi hermano? —pregunté de repente, sin poder contenerme—. ¿Te hace sentir más cómoda que yo?

Sus mejillas se tiñeron de rosa. Bajó la mirada otra vez.

—El señor Nico es… amable. Solo habló un momento.

Amable. La palabra me supo amarga.

Di un paso más cerca. Ahora estaba lo suficientemente cerca como para notar cómo su pecho subía y bajaba más rápido. Lo suficientemente cerca como para que ella tuviera que levantar la cabeza para mirarme.

—No quiero que pases tiempo con él —dije, mi voz más grave de lo que pretendía—. No es apropiado.

—Pero… solo fue una conversación, señor.

—Elena —la interrumpí. Mi mano se levantó casi por voluntad propia y rozó muy ligeramente el borde de su delantal, sin llegar a tocar su piel—. En esta casa, yo decido qué es apropiado.

El roce fue mínimo, pero sentí la electricidad que recorrió mi brazo. Ella también lo sintió. Sus labios se entreabrieron en un jadeo silencioso y sus ojos se oscurecieron por un segundo.

El deseo reprimido era casi tangible en el aire. Quería presionarla contra la pared, sentir su cuerpo contra el mío, escuchar cómo decía mi nombre con esa voz temblorosa. Quería borrar esa sonrisa que le había dedicado a Nico.

Pero me contuve.

Apenas.

—Puedes retirarte —dije finalmente, dando un paso atrás con esfuerzo.




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