Embarazada del mayor D’avenzi

Capítulo 5

Elena

No podía sacarme de la cabeza la forma en que Luca me había mirado esa noche en su habitación.

Sus ojos grises, oscuros y penetrantes, la forma en que su voz grave había bajado cuando mencionó a Nico. El roce casi inexistente de sus dedos en el borde de mi delantal. Había sido tan leve, tan controlado… y sin embargo había sentido ese toque como una corriente eléctrica que me recorrió todo el cuerpo.

Después de salir de su habitación, me quedé un buen rato en la zona de empleados, intentando calmarme. Las otras chicas ya dormían. Yo no podía. Cada vez que cerraba los ojos veía su torso desnudo esa mañana, la toalla baja en sus caderas, o la forma en que se había acercado demasiado en el pasillo oscuro la noche anterior.

Era tarde. Pasada la medianoche. La mansión estaba completamente en silencio, solo interrumpido por el leve crujido de la madera vieja y el viento afuera.

Necesitaba un vaso de agua. Me levanté de la cama, me puse una bata ligera sobre el camisón sencillo y salí descalza hacia la cocina de servicio. Los pasillos largos estaban apenas iluminados por luces tenues en las paredes. Mis pies no hacían ruido sobre las alfombras gruesas.

Estaba cruzando el corredor principal del primer piso cuando lo vi.

Luca.

Venía en dirección contraria, con una camisa negra desabotonada en la parte superior y pantalones oscuros. Parecía que tampoco podía dormir. Su cabello estaba ligeramente revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él varias veces. Cuando me vio, se detuvo en seco.

El pasillo era estrecho. La luz era suave, casi íntima. No había nadie más.

—Elena —dijo en voz baja. No era una pregunta. Era casi una orden.

Me detuve también, apretando la bata contra mi pecho.

—Señor… no podía dormir. Solo iba por agua.

Dio un paso hacia mí. Luego otro. El espacio entre nosotros se fue reduciendo hasta que quedó demasiado cerca. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Olía a whisky y a esa colonia amaderada que ya empezaba a reconocer como suya.

—No deberías andar sola por la casa a estas horas —murmuró. Su voz era grave, casi un ronroneo peligroso.

—Solo… fue un momento. Ya vuelvo a mi habitación.

No me moví. Él tampoco.

Sus ojos bajaron lentamente por mi figura. La bata era fina, y debajo solo llevaba un camisón corto de algodón. Me sentí expuesta, aunque estaba completamente cubierta. La forma en que me miraba hacía que mi piel se calentara.

—Estás temblando —observó.

—No… no es nada.

Mentira. Estaba temblando. Por los nervios. Por la forma en que el aire entre nosotros parecía cargado de electricidad. Por cómo su presencia llenaba todo el pasillo.

Dio un paso más. Ahora mi espalda casi tocaba la pared. Él levantó una mano y la apoyó en la pared junto a mi cabeza, inclinándose ligeramente hacia mí sin llegar a tocarme. Su rostro quedó a solo centímetros del mío. Podía ver las líneas duras de su mandíbula, la intensidad de sus ojos grises acero.

—Dime la verdad —susurró—. ¿Te asusto, Elena?

Tragué saliva. Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él lo oía.

—Un poco —admití en voz muy baja—. Pero no solo eso.

Sus ojos se oscurecieron. Vi cómo su mirada bajaba a mis labios por un segundo.

—¿Qué más sientes entonces?

No respondí. No podía. Las palabras se me quedaron atascadas en la garganta. Solo podía sentir su cercanía: el calor de su cuerpo, su respiración controlada pero pesada, la forma en que su camisa abierta dejaba ver parte de su pecho fuerte.

El deseo reprimido era casi insoportable. Quería que se alejara. Quería que se acercara más. Quería huir y al mismo tiempo quedarme allí para siempre.

Su mano libre se levantó lentamente y rozó un mechón de mi cabello castaño chocolate que había caído sobre mi hombro. No tocó mi piel, pero estuvo tan cerca que sentí el calor de sus dedos.

—Eres peligrosa —murmuró, casi para sí mismo—. Demasiado inocente para esta casa.

—Señor… Luca… —susurré sin pensar.

El sonido de su nombre en mi boca hizo que algo cambiara en su expresión. Sus ojos se entrecerraron y por un segundo pensé que iba a besarme. Su rostro bajó un poco más. Nuestros labios quedaron a solo un par de centímetros. Sentí su aliento cálido contra mi piel.

El casi beso flotó en el aire, cargado, tenso, lleno de todo lo que ninguno de los dos se atrevía a decir.

Entonces se apartó bruscamente, como si se hubiera quemado.

—Vuelve a tu habitación —ordenó con voz ronca—. Ahora.

No esperé a que lo repitiera. Me escabullí por el pasillo lo más rápido que pude sin correr, con el corazón desbocado y las piernas temblando.

Cuando llegué a mi habitación y cerré la puerta, me apoyé contra ella, respirando agitada.

¿Qué estaba pasando?

Luca D’Avenzi me intimidaba, me asustaba… y al mismo tiempo despertaba en mí algo que nunca había sentido. Un deseo confuso, caliente, que me hacía sentir viva y aterrorizada al mismo tiempo.

Y lo peor era que sabía que esto apenas empezaba.

La mansión estaba en silencio otra vez.

Pero dentro de mí, todo era ruido y calor.




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