Luca
El pasillo quedó vacío después de que Elena huyera como si yo fuera el diablo en persona.
Me quedé allí, con la mano todavía apoyada en la pared donde había estado su cabeza, respirando con dificultad por primera vez en años. Mi cuerpo estaba tenso, duro, dolorosamente consciente de lo cerca que había estado de romper todas mis reglas.
Casi la besé.
Casi presioné mi boca contra esos labios suaves y temblorosos, casi la empujé contra la pared para sentir cada curva de su cuerpo contra el mío. Su aroma todavía flotaba en el aire: jabón suave, piel limpia y ese toque dulce que me estaba volviendo loco.
—Joder… —gruñí entre dientes, pasándome una mano por el cabello.
Volví a mi habitación y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria. Me serví otro whisky y me lo bebí de un trago. No sirvió de nada. El alcohol solo avivó el fuego que ella había encendido.
Elena Bianchi.
Veintiún años. Tímida. Inocente. Con un cuerpo que parecía hecho para volver loco a cualquier hombre, aunque ella intentara esconderlo bajo ese uniforme clásico que, en su figura, se convertía en una tortura diaria. La cintura marcada, las caderas suaves y llamativas, el busto que subía y bajaba con cada respiración nerviosa… todo en ella era natural, involuntario, y por eso mismo irresistible.
Y yo, Luca D’Avenzi, que controlaba imperios y familias con una sola mirada, perdía el control cada vez que ella entraba en una habitación.
Lo peor era el recuerdo de su risa con Nico. Esa sonrisa pequeña y genuina que le había dedicado a mi hermano. La forma en que se había relajado con él en segundos, mientras que conmigo temblaba y bajaba la mirada.
Celos. Puros, crudos y jodidamente inconvenientes.
No iba a permitirlo.
A la mañana siguiente, bajé temprano al despacho y llamé a la señora Rossi.
—Quiero que Elena se encargue exclusivamente de mis habitaciones y mi despacho a partir de hoy —ordené sin preámbulos—. Todas las mañanas. Sin excepción.
La mujer levantó una ceja, pero no cuestionó. Nadie cuestionaba mis órdenes en esta casa.
—Como usted diga, señor.
Durante el día la evité deliberadamente. Necesitaba recuperar el control. Pero por la tarde, cuando volví de una reunión, la encontré en mi despacho otra vez.
Estaba de rodillas junto a la estantería baja, limpiando el polvo con cuidado. El uniforme se ajustaba perfectamente a su trasero y a sus caderas en esa posición. La falda se había subido ligeramente, dejando ver la parte trasera de sus rodillas y un poco más de sus piernas bonitas.
Me detuve en la puerta, observándola en silencio.
Ella no me había oído entrar. Movía el trapo con movimientos suaves, concentrada. Un mechón de cabello castaño chocolate le caía sobre la mejilla y ella lo apartaba con el dorso de la mano.
El deseo me golpeó con fuerza. Quería acercarme por detrás, poner mis manos en esa cintura estrecha, apretarla contra mí y hacerle sentir exactamente lo que provocaba en un hombre como yo.
En cambio, cerré la puerta con un clic suave.
Elena dio un respingo y se giró rápidamente, todavía de rodillas.
—Señor… no lo oí entrar.
—Levántate —ordené.
Lo hizo con torpeza, limpiándose las manos en el delantal. Sus mejillas estaban ligeramente sonrosadas por el esfuerzo o por los nervios. Probablemente por ambos.
Me acerqué lentamente hasta quedar frente a ella. El escritorio quedaba a su espalda. No tenía escapatoria fácil.
—¿Te sientes cómoda limpiando mi despacho todos los días? —pregunté, manteniendo la voz baja.
—Sí, señor —respondió, aunque su tono decía otra cosa.
—¿Y con Nico? ¿También te sientes cómoda con él?
Sus ojos avellana miel se abrieron un poco. Vi el conflicto allí.
—Él solo… es amable.
—Amable —repetí con tono cortante—. Quiero que te mantengas alejada de él.
—Pero señor, yo no…
—Elena —la interrumpí, dando un paso más cerca. Ahora estaba tan cerca que podía ver las pequeñas motas doradas en sus ojos—. No es una sugerencia. Es una orden.
Tragó saliva. Su respiración se aceleró. Vi cómo su pecho subía y bajaba bajo el uniforme, cómo el delantal se tensaba ligeramente sobre sus curvas.
El aire entre nosotros se cargó otra vez. Igual que en el pasillo de noche. Deseo reprimido, tensión sexual, esa obsesión silenciosa que crecía cada vez que la tenía cerca.
Mi mano se levantó y, esta vez, no me contuve del todo. Rozé con el dorso de mis dedos su mejilla, apenas un toque. Su piel era suave, cálida. Ella contuvo la respiración.
—Eres demasiado peligrosa para esta casa —murmuré—. Y yo no soy un hombre paciente.
Sus labios se entreabrieron. Por un segundo pensé que se inclinaría hacia mí. Pero entonces retrocedió un paso, chocando suavemente contra el escritorio.
—Terminaré rápido, señor —susurró, con la voz temblorosa.
La dejé ir. Por ahora.
Salí del despacho y me dirigí al pasillo. Necesitaba aire. Necesitaba control.
Pero mientras caminaba, una cosa quedaba clara en mi mente:
Elena ya no era solo una sirvienta.
Se estaba convirtiendo en una obsesión.
Y cuanto más intentaba resistirme, más quería tenerla cerca. Más quería que temblara solo por mí. Más quería borrar cualquier sonrisa que no fuera para mí.
Nico podía intentar acercarse.
Yo iba a asegurarme de que ella entendiera exactamente quién mandaba en esta mansión… y en su atención.