Elena
Los días siguientes se volvieron una mezcla extraña de rutina y tormenta silenciosa.
Cada mañana limpiaba la habitación de Luca y su despacho. Cada vez que entraba, sentía su presencia incluso cuando él no estaba. Su olor se había quedado impregnado en las sábanas, en las cortinas, en el cuero del sillón. Y cuando él sí estaba allí, el aire se volvía tan denso que apenas podía respirar con normalidad.
Intentaba moverme rápido, mantener la cabeza baja y no mirarlo más de lo necesario. Pero sus ojos grises siempre me encontraban. Siempre.
Esa tarde, después de terminar en el despacho, la señora Rossi me envió al jardín trasero a recoger algunas flores frescas para el comedor principal. El sol de la tarde era suave y el aire fresco me hizo bien. Por unos minutos me sentí casi libre dentro de esa mansión enorme y asfixiante.
Estaba cortando unas rosas blancas cuando escuché pasos sobre la grava.
—Te ves mucho mejor aquí afuera que encerrada entre esas paredes —dijo Nico con su tono ligero y cálido.
Levanté la vista. Estaba apoyado contra una columna de la terraza, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa fácil que siempre parecía quitarle peso al mundo.
—Señor Nico… —saludé, sonriendo tímidamente.
—Otra vez con lo de “señor”. Te dije que solo Nico —se acercó caminando con esa forma relajada que contrastaba tanto con la presencia imponente de su hermano—. ¿Cómo vas adaptándote? ¿Mi hermano te está haciendo la vida imposible?
Dudé un segundo antes de responder.
—Es… exigente. Pero estoy bien. Solo aprendiendo las reglas.
Nico soltó una risa baja.
—Reglas. Esa es la palabra favorita de Luca. Todo tiene que seguir su orden. Yo, en cambio, prefiero romperlas un poco.
Me pasó una de las rosas que acababa de cortar y la colocó suavemente detrás de mi oreja. El gesto fue inocente, pero cercano. Demasiado cercano para el mundo en el que estaba.
—Te queda bien —dijo, observándome con ojos verde oliva brillantes—. Deberías sonreír más, Elena. Esta casa es demasiado gris.
Sentí que mis mejillas se calentaban. No era la misma sensación que con Luca. Con Nico era más fácil, más ligero. Como si por un momento pudiera olvidar las jerarquías y las miradas pesadas.
—Gracias —murmuré, bajando la vista a las flores.
Estábamos hablando de cosas simples (el jardín, la ciudad, cómo era mi vida antes de llegar aquí) cuando el aire cambió de repente.
Sentí la mirada antes de verlo.
Luca estaba de pie en la terraza superior, observándonos. Sus manos sujetaban la barandilla con fuerza, los nudillos blancos. Su expresión era fría, pero sus ojos grises ardían con algo oscuro y peligroso.
Nico también lo notó. En lugar de apartarse, sonrió más ampliamente y levantó una mano en saludo.
—Hermano. ¿Vienes a disfrutar del sol?
Luca no respondió. Bajó las escaleras de la terraza con pasos medidos y se acercó a nosotros. Cada paso parecía hacer que el jardín se volviera más pequeño.
—Elena —dijo con voz cortante, sin mirar a Nico—. Tienes trabajo pendiente en el despacho. Ahora.
—Pero la señora Rossi me pidió las flores para el comedor… —intenté explicar.
—Las flores pueden esperar. Mi despacho no.
Su tono no admitía discusión. Sentí cómo mi estómago se apretaba. La diferencia entre los dos hermanos era brutal: Nico me hacía sentir cómoda, Luca me hacía sentir expuesta, vulnerable y… extrañamente viva.
Dejé la cesta en el suelo y me sequé las manos en el delantal.
—Sí, señor.
Cuando pasé junto a Luca para dirigirme a la casa, su mano grande rozó mi brazo por un segundo. No fue accidental. Fue un toque firme, posesivo, que me detuvo un instante. Sus dedos se cerraron ligeramente alrededor de mi muñeca antes de soltarme.
—Directo al despacho —ordenó en voz baja, solo para mí—. No te entretengas.
Asentí sin mirarlo y caminé rápido hacia la mansión, con el corazón latiéndome fuerte.
No llegué muy lejos antes de oír la voz de Nico detrás de mí, todavía en el jardín.
—Relájate, Luca. Solo estaba siendo amable.
—No te acerques a ella —respondió Luca, y aunque habló bajo, su voz llegó clara hasta donde yo estaba.
Me detuve un segundo en la puerta de vidrio, sin poder evitar escuchar.
—¿Por qué? ¿Porque tú ya la marcaste como tuya? —preguntó Nico con tono provocador—. Es solo una sirvienta, hermano. No te pongas tan territorial.
—No es de tu incumbencia.
—Tal vez sí lo sea si ella se siente más cómoda conmigo.
El silencio que siguió fue pesado. Peligroso.
Entré rápido a la casa antes de oír más. Subí las escaleras con las piernas temblando. Cuando llegué al despacho, cerré la puerta y me apoyé contra ella, respirando agitada.
¿Qué estaba pasando?
Luca me miraba como si quisiera devorarme y al mismo tiempo controlarme por completo. Nico me trataba con calidez, pero claramente disfrutaba provocando a su hermano. Y yo estaba en medio, sintiéndome como un trofeo en una guerra silenciosa entre dos hombres poderosos.
Minutos después, la puerta del despacho se abrió.
Luca entró y cerró con llave detrás de él.
El clic resonó en la habitación como una sentencia.
Se acercó al escritorio donde yo estaba de pie, nerviosa, con las manos juntas frente al delantal. Su presencia llenaba todo el espacio.
—Te dije que te mantuvieras alejada de él —dijo con voz baja y peligrosa.
—Solo estaba recogiendo flores, señor. Él apareció de repente.
—No quiero excusas —dio un paso más cerca, invadiendo mi espacio personal otra vez—. No quiero que le sonrías. No quiero que le hables. No quiero que te toque.
Su mano subió y quitó la rosa que Nico había colocado detrás de mi oreja. La tiró al suelo sin mirarla.
Mis labios temblaron.
—Señor… esto no es justo. Yo no hice nada malo.
—Lo sé —murmuró, acercando su rostro al mío—. Pero tú… tú me haces perder el control, Elena. Y yo no pierdo el control.