Luca
La rosa cayó al suelo como un símbolo roto.
Elena estaba frente a mí, con la espalda contra el escritorio, los ojos avellana miel muy abiertos y los labios entreabiertos. Su respiración era rápida, agitada. El uniforme se ajustaba a su cuerpo con cada inhalación, marcando la curva de sus pechos y la estrechez de su cintura.
Los celos todavía ardían en mi sangre después de verla con Nico en el jardín. La imagen de su sonrisa fácil, de la rosa en su cabello, de cómo se relajaba con él… todo eso me había hecho perder la poca paciencia que me quedaba.
—No quiero que te toque —repetí, mi voz ronca—. No quiero que nadie más te haga sonreír así.
—Señor… —susurró ella.
Mi nombre. Quería oír mi nombre en su boca otra vez.
Bajé la cabeza lentamente, dándole tiempo a apartarse. No lo hizo. Sus ojos se cerraron a medias cuando mis labios rozaron los suyos por primera vez.
El beso empezó controlado, casi tentativo. Pero en cuanto probé su sabor dulce y sentí cómo su cuerpo temblaba contra el mío, perdí la batalla.
La besé con hambre. Mis manos grandes sujetaron su cintura, atrayéndola contra mi cuerpo. Ella jadeó contra mi boca y yo aproveché para profundizar el beso, explorando, reclamando.
Elena respondió tímidamente al principio, sus manos subiendo a mi pecho como si no supiera si empujarme o aferrarse. Luego se rindió. Sus dedos se clavaron en mi camisa y un pequeño gemido escapó de su garganta.
Ese sonido me volvió loco.
La levanté sin esfuerzo y la senté sobre el escritorio, abriéndome paso entre sus piernas. La falda del uniforme se subió, dejando ver sus muslos suaves. Mis manos bajaron por sus caderas, apretando la carne blanda mientras mi boca bajaba por su cuello.
—Luca… —susurró ella, y oír mi nombre sin el “señor” fue como gasolina en el fuego.
—Mía —gruñí contra su piel—. Dilo.
Sus dedos se enredaron en mi cabello.
—Soy… suya —jadeó, temblando.
La besé otra vez, más fuerte, más profundo. Mis manos subieron por sus costados, rozando la curva de sus pechos por encima del uniforme. Quería arrancarle la ropa, tomarla allí mismo sobre el escritorio, marcarla para que Nico y el resto del mundo supieran a quién pertenecía.
Pero no lo hice.
Me detuve con esfuerzo brutal, apoyando mi frente contra la suya. Los dos respirábamos agitados.
—Esto no puede pasar —murmuró ella, con voz rota.
—Demasiado tarde —respondí, mi voz oscura—. Ya pasó.
La bajé del escritorio con cuidado, pero no la solté del todo. Mis manos seguían en su cintura.
—Vuelve a tu habitación esta noche —ordené—. Y mañana… seguiremos hablando de esto.
Ella asintió, con las mejillas rojas y los labios hinchados por mis besos. Tomó el carrito y salió del despacho casi corriendo.
Me quedé solo, con el cuerpo ardiendo y la mente hecha un caos.
Elena Bianchi ya no era solo una obsesión.
Se estaba convirtiendo en una necesidad.
Y yo nunca había necesitado nada ni a nadie.
Hasta ahora.