Elena
Salí del despacho con las piernas temblando tanto que temí que no me sostuvieran hasta la zona de empleados.
Mis labios todavía ardían. Sentía el fantasma de las manos grandes de Luca en mi cintura, la presión de su cuerpo contra el mío, el sabor de su boca exigente y dominante. Mi corazón latía tan fuerte que parecía querer salirse del pecho.
¿Qué acababa de pasar?
Me había besado. Luca D’Avenzi, el hombre frío e intimidante que llenaba cada habitación con su sola presencia, me había besado como si estuviera muriendo de sed y yo fuera el único agua del mundo. Y yo… yo le había respondido. Había gemido su nombre. Había dicho que era suya.
Me apoyé contra la pared del pasillo, cerrando los ojos con fuerza. El uniforme se sentía demasiado apretado de repente. La tela rozaba mis pechos sensibles y mis caderas aún recordaban la forma en que sus dedos se habían clavado allí.
Esto estaba mal.
Él era el mayor de los D’Avenzi. Treinta y ocho años. Poderoso. Peligroso. Yo solo era una sirvienta de veintiún años que necesitaba este trabajo para ayudar a su familia. No podía permitirme perder la cabeza por un hombre como él.
Pero mi cuerpo no escuchaba razones. Todavía sentía calor entre las piernas, un pulso insistente que me avergonzaba y excitaba al mismo tiempo. Sus palabras roncas resonaban en mi cabeza: “Mía”. Y yo lo había dicho. Lo había admitido en voz alta.
Llegué a mi habitación y me dejé caer en la cama, mirando el techo. Las lágrimas picaban en mis ojos, pero no sabía si eran de miedo, de vergüenza o de algo mucho más peligroso: deseo.
Esa noche no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir su boca en la mía, sus manos bajando por mis caderas, la forma en que me había sentado sobre el escritorio como si tuviera todo el derecho del mundo.
A la mañana siguiente me vestí con manos temblorosas. El uniforme negro se ajustaba a mi cuerpo de la misma forma de siempre, pero ahora me sentía expuesta. Como si Luca pudiera ver a través de la tela todo lo que había despertado en mí.
Cuando entré a su habitación para limpiarla, él ya estaba allí.
De pie junto a la ventana, con un traje negro impecable y esa expresión ilegible que lo caracterizaba. Sus ojos grises se clavaron en mí en cuanto crucé la puerta.
—Elena —dijo simplemente. Su voz grave hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.
—Buenos días, señor —respondí, bajando la mirada y empezando a trabajar lo más rápido posible.
No funcionó. Se acercó lentamente mientras yo cambiaba las sábanas. Sentí su presencia detrás de mí como una pared de calor.
—No me llames señor cuando estemos solos —ordenó en voz baja.
Tragué saliva.
—Luca… —susurré. Decir su nombre sin el título se sentía demasiado íntimo.
Se detuvo justo detrás de mí. Sus manos grandes se posaron en mi cintura, girándome suavemente pero con firmeza para que lo mirara.
—Anoche no fue un error —dijo, sus ojos bajando a mis labios hinchados todavía por sus besos—. Y no va a ser la última vez.
—Esto está mal… —murmuré, aunque mi cuerpo se inclinaba hacia él sin que yo pudiera evitarlo—. Soy tu empleada. Tú eres… tú.
—No me importa —su voz se volvió más oscura, más posesiva—. Te quiero cerca. Muy cerca.
Una de sus manos subió y acarició mi mejilla con el pulgar. El toque era sorprendentemente suave para un hombre tan imponente.
—Dime que tú también lo sentiste —exigió.
No pude mentirle.
—Lo sentí —admití en un susurro roto—. Pero tengo miedo, Luca. No sé qué quieres de mí.
Sus ojos se oscurecieron con algo parecido al hambre.
—Todo —respondió sin dudar—. Quiero todo de ti, Elena.
Se inclinó y me besó otra vez. Esta vez más lento, más profundo, como si quisiera grabarse en mí. Mis manos subieron a su pecho por instinto, sintiendo los músculos duros bajo la camisa. Gemí suavemente contra su boca y él respondió apretándome más contra su cuerpo.
Cuando se apartó, los dos respirábamos con dificultad.
—Esta noche —dijo contra mis labios—. Después de que todos duerman. Ven a mi habitación.
—No puedo… —intenté protestar débilmente.
—Vendrás —afirmó, como si fuera un hecho inevitable—. Y esta vez no me detendré en un beso.
Me soltó y salió de la habitación sin mirar atrás, dejándome sola con las sábanas a medio cambiar y el cuerpo ardiendo de anticipación y terror.
El resto del día fue una tortura.
Cada vez que cruzaba un pasillo, temía encontrármelo. Cada vez que oía pasos, mi corazón se aceleraba. Nico intentó hablarme un par de veces, pero yo respondí con monosílabos y me escabullí rápido. No podía mirarlo a los ojos sabiendo lo que había pasado con su hermano.
Cuando cayó la noche y la mansión quedó en silencio, me quedé sentada en mi cama durante casi una hora, debatiéndome.
No debería ir.
Pero mis pies se movieron solos.
Me puse una bata fina sobre el camisón y caminé por los pasillos oscuros hasta su habitación. Golpeé suavemente.
La puerta se abrió casi de inmediato.
Luca estaba allí, con la camisa desabotonada y los ojos ardiendo de deseo contenido durante demasiado tiempo.
—Entraste —dijo con voz ronca, cerrando la puerta detrás de mí y echando llave.
Me quedé de pie en el centro de la habitación, temblando.
—No sé si esto está bien… —susurré.
Se acercó como un depredador, lento y seguro. Sus manos tomaron mi rostro con posesión.
—Olvídate de lo que está bien —murmuró antes de besarme con fuerza—. Esta noche solo existes tú y yo.
Sus manos bajaron por mi cuerpo, desatando la bata y dejándola caer al suelo. El camisón fino no ocultaba casi nada. Sus ojos recorrieron mi figura con hambre abierta.
—Tan hermosa… —gruñó.
Me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó hasta su cama enorme. Me dejó sobre las sábanas negras y se cernió sobre mí, besando mi cuello, bajando por mi clavícula.