Luca
Elena dormía en mi cama.
Su cuerpo desnudo estaba acurrucado contra el mío, el cabello castaño chocolate desparramado sobre la almohada negra, sus labios todavía hinchados por mis besos. Su respiración era suave y tranquila, pero yo no podía dormir.
La había tomado. Varias veces esa noche. Primero con urgencia, luego más lento, saboreando cada gemido, cada temblor, cada vez que susurraba mi nombre como una plegaria.
Su inocencia se había roto entre mis manos y, en lugar de sentirme satisfecho, solo quería más. Más de su cuerpo naturalmente sensual, más de sus ojos avellana miel nublados de placer, más de esa dulzura tímida que contrastaba con la forma en que se había entregado a mí.
Pero también sentía algo nuevo. Algo que me irritaba y me atraía al mismo tiempo: miedo a que esto se escapara de control.
Ella era joven. Vulnerable. Y yo… yo era el hombre que siempre controlaba todo. Sin embargo, con Elena perdía ese control una y otra vez.
La acerqué más a mi pecho, pasando un brazo posesivo alrededor de su cintura. Mi mano descansó sobre la curva suave de su cadera.
—Mía —susurré contra su cabello, aunque ella no podía oírme.
A la mañana siguiente, cuando amaneció, la desperté con besos lentos en el cuello.
—Tienes que volver a tu habitación antes de que alguien te vea —murmuré.
Ella abrió los ojos, todavía somnolienta y sonrojada. La imagen de su cuerpo desnudo entre mis sábanas me endureció al instante.
—Luca… esto fue… —intentó decir.
—Real —completé por ella—. Y va a seguir pasando.
La besé profundamente antes de dejarla ir. La vi vestirse con manos temblorosas, cubriendo ese cuerpo que ahora conocía íntimamente.
Cuando salió de mi habitación, sigilosa como un secreto, me quedé solo con una certeza absoluta:
Esto recién empezaba.
Y no iba a dejar que nada —ni Nico, ni las reglas de la mansión, ni siquiera ella misma— me la quitara.
Elena Bianchi ya era mía.
Y yo protegería lo mío con todo lo que tenía.