Elena
Los días después de esa noche se convirtieron en una dulce y peligrosa locura.
Cada mañana limpiaba la habitación de Luca y su despacho con el corazón latiendo fuerte, sabiendo que en cualquier momento podía aparecer y mirarme de esa forma que me hacía sentir desnuda aunque estuviera completamente vestida. Cada noche, cuando la mansión se dormía, me escabullía hasta su habitación como un secreto prohibido.
Sus manos grandes ya conocían cada curva de mi cuerpo: la cintura marcada que apretaba con posesión, las caderas suaves que sujetaba mientras entraba en mí con embestidas profundas y controladas, mis pechos que besaba y mordía hasta hacerme gemir su nombre. El sexo con Luca era intenso, dominante y adictivo. Me tomaba como si quisiera marcarme por dentro, susurrándome al oído “mía” mientras me llevaba al límite una y otra vez.
Pero durante el día manteníamos las distancias. Yo seguía siendo la sirvienta tímida y él el señor frío y poderoso. Esa doble vida me estaba desgastando emocionalmente.
Esa tarde, mientras doblaba sábanas en la zona de lavado, Nico apareció de nuevo.
—Elena —dijo con su sonrisa fácil, apoyándose en la puerta—. Te ves cansada. ¿Mi hermano te está haciendo trabajar demasiado?
Me sonrojé sin poder evitarlo. Si supiera cuánto “trabajo” me hacía Luca por las noches…
—Estoy bien, Nico. Solo… adaptándome.
Se acercó más, demasiado cerca para lo que era seguro.
—Sabes que puedes hablar conmigo, ¿verdad? No todos aquí somos como Luca. Yo no muerdo… a menos que me lo pidas.
Su tono era juguetón, coqueto. Me hizo reír suavemente a pesar de todo. Era tan diferente a su hermano: ligero, cálido, sin esa intensidad asfixiante que me dejaba sin aliento.
—Eres incorregible —murmuré, sacudiendo la cabeza.
—Y tú eres demasiado bonita para estar siempre tan seria —respondió, extendiendo la mano para apartar un mechón de cabello de mi cara.
El gesto fue inocente, pero en ese preciso momento la puerta se abrió.
Luca entró.
Sus ojos grises se clavaron inmediatamente en la mano de Nico cerca de mi rostro. La temperatura en la habitación bajó varios grados.
—Nico —dijo con voz cortante—. ¿No tienes nada mejor que hacer que molestar al personal?
Nico retiró la mano lentamente, sin perder la sonrisa.
—Solo estaba siendo amable, hermano mayor. Elena parece necesitar un poco de aire fresco de vez en cuando.
Luca dio un paso adelante. Su presencia imponente llenó todo el espacio.
—Elena tiene trabajo que hacer. Y tú tienes una reunión en media hora. Vete.
Nico me miró una última vez, guiñándome un ojo.
—Nos vemos después, Elena.
Cuando se fue, el silencio se volvió pesado.
Luca cerró la puerta con llave y se giró hacia mí. Sus ojos ardían con celos apenas contenidos.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que te mantengas alejada de él? —gruñó, acercándose.
—No hice nada malo —defendí, aunque mi voz salió temblorosa—. Solo hablaba.
—Hablar no incluye que te toque el cabello —dijo, acorralándome contra la mesa de plegado. Sus manos grandes se posaron a cada lado de mi cuerpo, atrapándome—. No quiero que te toque. No quiero que te sonría. No quiero que respire el mismo aire que tú.
—Luca… —susurré, sintiendo cómo mi cuerpo reaccionaba a su cercanía a pesar del miedo—. Estás exagerando.
Su mano subió y sujetó mi barbilla con firmeza, obligándome a mirarlo.
—No exagero. Eres mía, Elena. Mía. Y no comparto lo que es mío.
Me besó con fuerza, casi con rabia. Sus labios devoraron los míos mientras sus manos bajaban por mi cuerpo, apretando mi cintura y subiendo la falda del uniforme con urgencia. Me levantó sobre la mesa sin esfuerzo, abriéndose paso entre mis piernas.
—Aquí no… —jadeé contra su boca.
—Aquí sí —gruñó—. Ahora.
Bajó mi ropa interior con un movimiento brusco y entró en mí de una sola embestida profunda. Gemí fuerte, clavando las uñas en sus hombros. Fue rápido, intenso y posesivo. Cada embestida parecía reclamarme, castigarme por haber dejado que Nico se acercara.
—Dilo —exigió mientras me follaba con fuerza sobre la mesa—. Dime a quién perteneces.
—A ti… —gemí, con la cabeza echada hacia atrás—. Solo a ti, Luca.
Cuando terminó, me abrazó contra su pecho, respirando agitado. Su mano acariciaba mi espalda con una ternura que contrastaba con la rudeza de minutos antes.
—No me hagas perder el control así otra vez —murmuró contra mi cabello—. Porque la próxima vez no me detendré aunque alguien pueda oírnos.
Me besó en la frente y se arregló la ropa antes de salir, dejándome sola, con las piernas temblando y el cuerpo todavía palpitando.
Me quedé allí, intentando recuperar el aliento.
Los celos de Luca eran cada vez más fuertes. Y aunque me asustaban, también me excitaban de una forma que no entendía. Pero en el fondo sabía que esto no podía seguir así para siempre.
Tarde o temprano, alguien se daría cuenta.
Y cuando eso pasara, todo explotaría.