Embarazada del mayor D’avenzi

Capítulo 12

Luca

Los celos me estaban consumiendo vivo.

Ver la mano de Nico cerca del rostro de Elena, ver cómo ella le sonreía aunque fuera solo por cortesía, había hecho que algo primitivo dentro de mí se rompiera. La tomé allí mismo, en la habitación de lavado, follándola con fuerza sobre la mesa porque necesitaba recordarle —y recordarme a mí mismo— que era mía.

Su cuerpo respondía perfectamente a mí. Sus gemidos suaves, la forma en que se apretaba alrededor de mi polla, la manera en que susurraba mi nombre cuando llegaba al clímax… todo eso era mío. Solo mío.

Pero Nico seguía acercándose. Y Elena, aunque intentaba evitarlo, era demasiado dulce para ser grosera con él.

Esa misma noche, después de que la mansión se durmiera, ella vino a mi habitación otra vez.

En cuanto cerró la puerta, la empujé contra la pared y la besé con desesperación. Le quité el camisón con manos impacientes, dejando su cuerpo desnudo y expuesto solo para mí.

—Arrodíllate —ordené con voz ronca.

Ella obedeció, sus ojos avellana miel oscurecidos de deseo y nervios. Cuando sus labios suaves rodearon mi polla, gemí fuerte, sujetando su cabello castaño chocolate con una mano.

—Así… buena chica —gruñí mientras empujaba suavemente en su boca caliente.

La visión de Elena de rodillas, con los labios estirados alrededor de mí y los ojos llorosos de placer, era la cosa más erótica que había visto en mi vida. La dejé chuparme hasta que estuve a punto de correrme, luego la levanté, la llevé a la cama y la follé de cuatro, sujetando sus caderas con fuerza mientras entraba profundo y rápido.

—Nadie más te toca —gruñí con cada embestida—. Nadie más te ve así. Solo yo.

—Solo tú… —jadeó ella, empujando hacia atrás contra mí—. Luca… por favor…

La hice correrse dos veces antes de dejarme ir dentro de ella, marcándola por dentro una vez más.

Después, mientras ella dormía exhausta sobre mi pecho, yo me quedé despierto, acariciando su espalda desnuda.

La obsesión crecía cada día. Ya no era suficiente tenerla por las noches. Quería tenerla todo el tiempo. Quería cambiar sus tareas para que estuviera siempre cerca. Quería que todos en la mansión supieran que Elena Bianchi me pertenecía, aunque todavía no pudiera decirlo en voz alta.

Nico estaba jugando con fuego.

Y yo estaba dispuesto a quemar todo si se atrevía a tocar lo que era mío.




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