Embarazada del mayor D’avenzi

Capítulo 13

Elena

Los días se volvieron una niebla de deseo y miedo constante.

Cada noche terminaba en la cama de Luca. Cada mañana me despertaba temprano para escabullirme de vuelta a mi habitación antes de que alguien pudiera verme. Mi cuerpo ya conocía demasiado bien el suyo: la fuerza de sus manos grandes sujetando mis caderas, la forma en que entraba en mí profundo y lento cuando quería torturarme, o rápido y posesivo cuando los celos lo dominaban.

Esa noche fue diferente.

Llegué a su habitación pasadas las once. Apenas cerré la puerta, Luca me atrapó contra la pared. No hubo palabras al principio. Solo su boca devorando la mía, sus manos bajando por mi cuerpo y quitándome el camisón con impaciencia.

—Te estuve esperando toda la tarde —gruñó contra mi cuello, mordiendo suavemente la piel sensible—. Pensando en ti con él otra vez.

—No estuve con Nico —susurré, pero mi voz se quebró cuando sus dedos bajaron entre mis piernas y encontraron lo húmeda que ya estaba.

—Mentirosa —dijo, aunque sabía que no lo era. Sus dedos entraron en mí con facilidad, moviéndose con ritmo experto mientras su pulgar rozaba mi clítoris—. Pero igual quiero borrarlo de tu mente.

Me llevó a la cama y me colocó de rodillas, con el pecho contra el colchón. Se posicionó detrás de mí y entró de una sola embestida profunda. Gemí fuerte, aferrándome a las sábanas.

—Luca… —jadeé mientras empezaba a moverse.

Cada embestida era dura, controlada, como si quisiera dejar su huella dentro de mí. Una de sus manos se enredó en mi cabello castaño chocolate, tirando suavemente para arquear mi espalda. La otra apretaba mi cadera con fuerza.

—Dime que eres mía —exigió, inclinándose sobre mí para morder mi hombro.

—Soy tuya… solo tuya —gemí, sintiendo cómo el placer crecía rápido y violento.

Me hizo correr primero, con embestidas profundas y su mano entre mis piernas frotando exactamente donde necesitaba. Luego me dio la vuelta, me abrió las piernas y entró otra vez, mirándome a los ojos mientras se movía más lento, más profundo.

—Quiero verte la cara cuando te corras otra vez —murmuró, su voz ronca de deseo.

Lo hice. Me corrí mirando sus ojos grises acero, llorando de placer mientras él seguía moviéndose hasta vaciarse dentro de mí con un gruñido bajo y posesivo.

Después, en lugar de dejarme ir, me abrazó contra su pecho desnudo y me acarició la espalda con una ternura que contrastaba brutalmente con la intensidad de minutos antes.

—Estás temblando —susurró, besando mi frente.

—Es demasiado… —admití en voz baja—. Lo que siento cuando estoy contigo. Me asusta, Luca.

Sus brazos se apretaron alrededor de mí.

—No tienes que tener miedo. Yo te protejo. Pero no voy a dejarte ir, Elena. Ni ahora ni nunca.

Me quedé en silencio, escuchando los latidos fuertes de su corazón. Sabía que su obsesión crecía cada día. Ya no solo me llamaba para limpiar su habitación; encontraba excusas para tenerme cerca todo el tiempo: “revisa los libros”, “trae los documentos”, “quédate hasta tarde para ordenar el despacho”.

Y yo… yo estaba cayendo. Cada vez más profundo.

A la mañana siguiente, mientras limpiaba su despacho sola, Nico apareció en la puerta.

—Elena, ¿tienes un minuto? —preguntó con su sonrisa habitual.

Dudé. Sabía que Luca podía aparecer en cualquier momento.

—Solo quería decirte que si alguna vez necesitas hablar o salir un rato de esta casa, puedo llevarte a la ciudad. Sin presiones.

—Nico… no creo que sea buena idea —respondí suavemente.

Antes de que pudiera decir más, la puerta se abrió con fuerza.

Luca entró, su expresión oscura como una tormenta.

—Fuera —le dijo a Nico con voz fría y peligrosa.

Nico levantó las manos y sonrió, pero sus ojos brillaban con desafío.

—Solo charlábamos, hermano.

—He dicho fuera.

Cuando Nico se fue, Luca cerró la puerta y se giró hacia mí. El aire se volvió espeso.

—Te dije que no hablaras con él —dijo, acercándose.

—Solo me ofreció ayuda —intenté explicar, pero mi voz salió débil.

Luca me acorraló contra el escritorio. Sus manos subieron mi falda con urgencia.

—Entonces déjame recordarte quién te ayuda de verdad —gruñó.

Me levantó sobre el escritorio, me abrió las piernas y bajó la cabeza entre ellas. Su boca caliente y experta me devoró hasta que me corrí contra su lengua, mordiéndome el labio para no gritar. Luego se incorporó, se desabrochó los pantalones y entró en mí con una embestida fuerte.

—Repite mi nombre —exigió mientras me follaba sin piedad.

—Luca… Luca… —gemí una y otra vez, perdida en el placer y el miedo.

Cuando terminamos, me abrazó fuerte, respirando agitado contra mi cuello.

—No me obligues a hacer esto todos los días solo para recordártelo —murmuró—. Porque lo haré, Elena. Hasta que entiendas que nadie más puede tocarte.

Me besó suavemente en los labios, casi con devoción.

Y yo, todavía temblando en sus brazos, supe que la obsesión de Luca ya no tenía freno.

Y que yo estaba demasiado metida para escapar




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