Embarazada del mayor D’avenzi

Capítulo 14

Luca

La obsesión se estaba volviendo peligrosa.

Cada vez que veía a Nico cerca de Elena, algo oscuro y violento se despertaba en mí. No era solo celos. Era la necesidad absoluta de que ella fuera solo mía. De que su sonrisa, sus gemidos, su cuerpo y su atención me pertenecieran exclusivamente.

Esa tarde, después de follármela sobre el escritorio del despacho, la sostuve contra mi pecho un rato más largo de lo normal. Su cuerpo todavía temblaba por los orgasmos que le había arrancado, su uniforme desarreglado y su cabello revuelto.

—Eres perfecta —murmuré contra su cabello castaño chocolate—. Demasiado perfecta para esta casa.

Ella levantó la vista, sus ojos avellana miel llenos de emoción contenida.

—Luca… ¿qué estamos haciendo? Esto no puede seguir así para siempre. Alguien va a descubrirnos.

—No me importa —respondí con honestidad brutal—. Que lo descubran. Yo me encargo.

Pero en el fondo sabía que sí me importaba. No por mí. Por ella. Por la forma en que la mansión podía destrozar a alguien tan dulce y vulnerable como Elena.

Esa noche la hice venir a mi habitación otra vez.

Esta vez fui más lento. La desnudé con calma, besando cada centímetro de su piel naturalmente sensual: sus pechos llenos, su cintura estrecha, la curva suave de sus caderas. La tumbé en la cama y la tomé despacio, mirándola a los ojos mientras entraba y salía de ella con movimientos profundos y controlados.

—Siente esto —susurré, empujando hasta el fondo—. Siente cómo encajamos.

Elena gimió mi nombre, sus uñas clavándose en mi espalda. Sus piernas se envolvieron alrededor de mi cintura, atrayéndome más cerca.

Cuando los dos llegamos juntos, con un orgasmo largo y intenso, la abracé fuerte contra mí y no la dejé ir.

—Quédate esta noche —le pedí en voz baja—. Duerme aquí.

—No puedo… —susurró ella, aunque su cuerpo ya se relajaba contra el mío.

—Quédate —repetí, más firme.

Se quedó.

Y mientras ella dormía en mis brazos, yo me quedé despierto, mirando el techo.

La rivalidad con Nico era vieja, pero Elena la había vuelto personal. Él disfrutaba provocándome. Yo disfrutaba recordarle que, al final, yo siempre ganaba.

Pero por primera vez en mi vida, sentía que el premio era demasiado importante para perderlo.

Elena Bianchi ya no era solo deseo.

Se estaba convirtiendo en algo mucho más profundo.

Y eso me aterrorizaba tanto como me excitaba.




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