Embarazada del mayor D’avenzi

Capítulo 17

Elena

La intensidad de Luca me estaba consumiendo.

Cada noche me perdía en él. Cada día luchaba por mantener la máscara de sirvienta tímida y discreta mientras mi cuerpo todavía sentía sus huellas. Mis muslos se rozaban y recordaban sus embestidas profundas. Mis labios se sentían hinchados aunque nadie más los hubiera tocado. Y entre mis piernas, a veces, todavía sentía el calor de su semen horas después de que me hubiera tomado.

Esa tarde, mientras arreglaba las flores en el comedor formal, Luca entró sin aviso. Cerró la puerta detrás de él y me miró con esos ojos grises que ya no ocultaban nada.

—Ven aquí —ordenó en voz baja.

Miré nerviosa hacia la puerta.

—Luca… alguien podría…

—He dicho que vengas aquí.

Obedecí. En cuanto estuve a su alcance, me atrapó por la cintura y me besó con esa hambre oscura que me dejaba sin aliento. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis caderas contra su cuerpo duro.

—Te he estado imaginando todo el día —gruñó contra mi boca—. Inclinada sobre esta mesa, con la falda subida y gimiendo mi nombre.

Sus palabras me encendieron al instante. Sentí cómo me humedecía solo con su voz.

Me giró y me inclinó sobre la larga mesa de caoba. Levantó mi falda hasta la cintura y bajó mi ropa interior con un movimiento brusco. Escuché el sonido de su cremallera y luego sentí la cabeza gruesa de su polla rozando mi entrada empapada.

—Tan mojada para mí… —murmuró, satisfecho.

Entró de una sola vez, profundo y fuerte. Gemí contra la madera, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Sus embestidas eran rápidas y posesivas, una mano sujetando mi cadera mientras la otra se deslizaba entre mis piernas para frotar mi clítoris.

—Quiero que te corras rápido —exigió, su voz ronca—. Quiero sentir cómo te aprietas alrededor de mí.

No tardé mucho. El placer me golpeó con fuerza y me corrí temblando, ahogando un grito contra mi brazo. Luca me siguió poco después, vaciándose dentro de mí con un gruñido bajo y animal.

Se quedó unos segundos dentro, respirando agitado contra mi espalda.

—Eres mía, Elena —susurró, besando mi nuca—. Cada parte de ti.

Cuando se apartó y me ayudó a arreglarme el uniforme, sus manos eran sorprendentemente suaves.

—Esta noche no vengas tarde —dijo antes de salir—. Te quiero en mi cama desde temprano.

Asentí, con las piernas todavía débiles.

El resto del día fue una tortura de anticipación y culpa. Cuando caía la noche, me escabullí hasta su habitación. Luca me esperaba con la camisa desabotonada y los ojos oscuros de deseo.

Esa noche no fue solo sexo salvaje.

Fue lento. Intenso. Casi dolorosamente emocional.

Me desnudó con calma, besando cada centímetro de piel como si quisiera adorarme. Me tumbó en la cama y se colocó entre mis piernas, entrando en mí con movimientos profundos y deliberados mientras me miraba a los ojos.

—Siente esto —susurró, empujando hasta el fondo—. Siente cómo te lleno.

Gemí su nombre, arqueándome contra él. Sus manos sujetaban las mías por encima de mi cabeza mientras se movía dentro de mí, lento pero implacable. Cada embestida parecía decir algo más que “mía”. Parecía decir “te necesito”.

Cuando llegamos juntos, con un orgasmo largo y profundo, me abrazó fuerte contra su pecho y no me soltó.

—Quédate a dormir —murmuró contra mi cabello.

—Luca… es peligroso.

—Quédate —repitió, más firme.

Me quedé.

Mientras dormía en sus brazos, con su mano grande acariciando mi espalda desnuda, sentí una mezcla de felicidad y terror. Estaba enamorándome de un hombre que podía destruirme con una sola palabra. Un hombre cuya obsesión crecía cada día y cuya rivalidad con su hermano podía explotar en cualquier momento.

Y lo peor era que, a pesar del miedo, no quería irme.

Quería quedarme exactamente donde estaba.




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