Embarazada del mayor D’avenzi

Capítulo 18

Luca

Elena se estaba metiendo bajo mi piel de una forma que nunca había experimentado.

Esa noche la tuve en mi cama desde temprano. La follé lento y profundo, mirándola a los ojos, haciendo que sintiera cada centímetro de mí mientras se corría temblando debajo de mi cuerpo. Después la abracé contra mi pecho y la dejé dormir allí, con su cabello castaño chocolate desparramado sobre mi almohada y su cuerpo suave pegado al mío.

Por primera vez en mi vida, el control se me estaba escapando.

Y no me importaba.

A la mañana siguiente, mientras ella se vestía sigilosamente para volver a su habitación, la detuve.

—Esta noche quiero que vengas antes —dije, sujetando su muñeca—. Y mañana también.

Ella me miró con esos ojos avellana miel llenos de preocupación.

—Luca… la gente va a empezar a notar que paso demasiado tiempo en tu ala de la mansión.

—Que noten lo que quieran —respondí, atrayéndola para un último beso posesivo—. Yo me encargo.

Pero en el fondo sabía que la situación se estaba volviendo insostenible.

Esa tarde, la tensión explotó.

Estaba en el despacho revisando documentos cuando escuché risas en el pasillo. Me asomé y vi a Elena y Nico hablando cerca de la escalera. Ella sonreía tímidamente mientras él le contaba algo, gesticulando con las manos.

El celos me golpearon como un puñetazo.

Salí del despacho y caminé hacia ellos con pasos decididos.

—Elena —llamé con voz cortante—. A mi despacho. Ahora.

Ella se sobresaltó y bajó la mirada de inmediato.

—Sí, señor.

Nico sonrió con esa expresión provocadora que tanto odiaba.

—Solo estábamos hablando, Luca. No seas tan rígido.

—No te metas en lo que no te concierne —respondí fríamente, sujetando el brazo de Elena con firmeza pero sin lastimarla—. Ella tiene trabajo que hacer.

La llevé al despacho y cerré la puerta con llave.

En cuanto estuvimos solos, la empujé contra la pared y la besé con rabia.

—No soporto verlo cerca de ti —gruñí contra su boca—. No soporto que te sonría.

—Luca… solo hablaba —intentó explicar, pero su voz se quebró cuando mis manos subieron por sus muslos.

—Entonces déjame recordarte quién te hace sonreír de verdad —dije, levantándola en brazos.

La senté sobre el escritorio, le abrí las piernas y me arrodillé frente a ella. La devoré con la boca hasta que se corrió contra mi lengua, tirando de mi cabello y ahogando sus gemidos. Luego me levanté, me desabroché los pantalones y entré en ella de una sola embestida fuerte.

La follé duro sobre el escritorio, sujetando sus caderas mientras empujaba profundo y rápido.

—Dime que solo piensas en mí —exigí.

—Solo en ti… —jadeó ella, con lágrimas de placer en los ojos—. Solo en ti, Luca.

Nos corrimos casi al mismo tiempo, abrazados y respirando agitados.

Después, mientras la sostenía contra mi pecho, le acaricié el cabello con ternura.

—Esto se está volviendo imposible de ocultar —murmuré—. Pero no voy a renunciar a ti.

Ella levantó la vista, vulnerable y hermosa.

—¿Qué vamos a hacer?

—No lo sé todavía —admití—. Pero tú eres mía, Elena. Y yo protejo lo que es mío.

La besé suavemente, sabiendo que el Bloque 2 estaba llegando a su fin.

La obsesión ya era total.

Los celos eran una llama constante.

Y la explosión romántica y sexual estaba a punto de volverse imposible de contener.




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