Embarazada del mayor D’avenzi

Capítulo 19

Elena

La tensión ya era insoportable.

Cada mirada de Luca en los pasillos, cada orden disfrazada de trabajo, cada noche en su cama… todo se sentía como una cuenta regresiva hacia algo que ninguno de los dos podía detener. Mi cuerpo ya estaba marcado por él: moretones suaves en las caderas donde sus dedos se clavaban, labios hinchados, y una sensibilidad constante entre mis piernas que me recordaba constantemente a quién pertenecía.

Esa noche, la mansión estaba más silenciosa que nunca.

Llegué a su habitación pasadas las once. Apenas crucé la puerta, Luca me esperaba de pie junto a la ventana, con la camisa completamente abierta y los ojos grises ardiendo.

—No más escondites —dijo con voz ronca antes de que pudiera hablar.

Me atrajo hacia él con fuerza y me besó como si estuviera ahogándose y yo fuera el aire. Sus manos bajaron por mi cuerpo, quitándome el camisón con urgencia. Me levantó en brazos y me llevó hasta la cama, dejándome caer sobre las sábanas negras.

Esta vez no hubo contención.

Luca se desnudó completamente y se cernió sobre mí. Su cuerpo imponente, ancho de hombros y musculoso, me cubrió por completo. Besó mi cuello, bajó por mis pechos, chupando y mordiendo mis pezones hasta que gemí fuerte. Sus manos grandes abrieron mis piernas con posesión.

—Necesito estar dentro de ti —gruñó contra mi piel.

Entró de una sola embestida profunda, arrancándome un grito ahogado. Empezó a moverse con fuerza, sin piedad, sus caderas chocando contra las mías con un ritmo brutal y perfecto.

—Luca… Dios… —jadeé, clavando las uñas en su espalda.

—Más fuerte —exigió—. Quiero oírte.

Aumentó el ritmo, follándome duro contra el colchón. Una de sus manos sujetaba mi muñeca por encima de mi cabeza mientras la otra frotaba mi clítoris con el pulgar. El placer era tan intenso que las lágrimas corrían por mis mejillas.

—Eres mía —gruñó con cada embestida—. Dilo mientras te corro.

—Soy tuya… solo tuya… —gemí, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba como una ola gigante.

Me corrí con fuerza, gritando su nombre mientras mi cuerpo se contraía alrededor de él. Luca me siguió segundos después, vaciándose dentro de mí con un gruñido profundo y animal, su cuerpo temblando sobre el mío.

No se apartó. Se quedó dentro de mí, respirando agitado contra mi cuello.

—Esto ya no es suficiente —murmuró—. Te quiero todo el tiempo. No solo de noche.

Besó mis labios con una ternura inesperada, todavía enterrado en mí.

—Luca… tengo miedo —susurré, acariciando su mandíbula marcada—. Si alguien nos descubre…

—Que nos descubran —respondió, sus ojos grises fijos en los míos—. Ya no voy a esconderme más.




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