Elena
Todo estaba saliendo a la luz.
Después de que Nico nos descubriera, la tensión en la mansión se volvió palpable. Luca ya no intentaba ocultarme. Me llamaba a su despacho con más frecuencia, me retenía más tiempo, y sus miradas en los pasillos eran abiertamente posesivas.
Esa tarde, mientras limpiaba su habitación, él entró y cerró la puerta.
—Ven aquí —ordenó.
Me acercó a la cama y me desnudó lentamente, besando cada parte de mi cuerpo como si quisiera grabarse en mí. Me tumbó sobre las sábanas y se colocó entre mis piernas.
Esta vez no fue solo deseo.
Fue emocional.
Entró en mí con un movimiento lento y profundo, mirándome a los ojos mientras se movía.
—Quiero que todos sepan que eres mía —susurró, empujando hasta el fondo—. Que nadie más te toque. Que nadie más te mire como yo te miro.
Gemí su nombre, arqueándome contra él. Sus embestidas eran profundas y constantes, llenas de esa posesión que me volvía loca.
—Luca… te siento tan profundo… —jadeé.
—Aguanta para mí —gruñó, acelerando el ritmo—. Quiero que te corras gritando mi nombre.
Lo hice. Me corrí con fuerza, gritando su nombre mientras mi cuerpo se contraía alrededor de él. Luca me siguió, vaciándose dentro de mí con un gemido ronco.
Después, mientras me abrazaba, murmuró contra mi cabello:
—Nico puede provocarme todo lo que quiera. Tú ya eres mía.
Pero yo sentía el peso de todo eso. La rivalidad entre hermanos se estaba volviendo más fuerte. Y yo estaba en el centro.