Luca
Nico no dejaba de provocarme.
Cada vez que nos cruzábamos, tenía una sonrisa burlona o un comentario velado sobre Elena. Sabía que estaba jugando conmigo, intentando hacerme perder el control.
Esa noche, después de una cena tensa en la que Nico no dejó de mirar a Elena cada vez que pasaba cerca del comedor, perdí la paciencia.
La llamé a mi habitación temprano.
En cuanto entró, la empujé contra la puerta y la besé con rabia.
—Te vio otra vez —gruñí—. Te miró como si tuviera derecho.
—Luca… solo estaba sirviendo —susurró ella.
—No me importa.
La levanté en brazos, la llevé hasta la cama y la follé con fuerza, sujetando sus muñecas por encima de su cabeza mientras entraba en ella una y otra vez.
—Eres mía —repetí con cada embestida—. Dilo.
—Soy tuya… solo tuya… —gemía ella, con lágrimas de placer.
Cuando terminamos, exhaustos y sudados, la abracé fuerte.
—Mañana voy a dejar claro frente a él que no se acerque más —prometí.
Elena me miró con preocupación.
—Ten cuidado, Luca. Esto puede explotar.
—Que explote —respondí, besándola—. Tú vales cualquier guerra.