Embarazada del mayor D’avenzi

Capítulo 24

Elena

Todo cambió después de esa noche en la que Luca enfrentó a Nico en su propia habitación.

La mansión seguía pareciendo la misma: silenciosa, elegante, fría, con sus pasillos largos de mármol, las escaleras grandiosas y las reglas estrictas que nunca se rompían. Pero para mí, ya nada era igual. Luca ya no se contenía tanto. Sus miradas en los pasillos eran más largas, más posesivas. Sus órdenes para que limpiara su habitación o su despacho se volvieron más frecuentes y menos disimuladas. Y por las noches… por las noches me entregaba a él por completo, sin poder resistirme.

Mi cuerpo ya no me pertenecía solo a mí. Estaba marcado por sus manos grandes, por sus besos exigentes, por la forma en que me tomaba una y otra vez hasta dejarme exhausta y temblando entre sus sábanas negras.

Pero algo más estaba cambiando.

Empecé a sentirme mal.

Al principio lo ignoré. Pensé que era el estrés, el cansancio de escabullirme cada noche, el miedo constante a que alguien nos descubriera. Náuseas leves por las mañanas, un cansancio que me invadía de repente, sensibilidad en los pechos que hacía que el uniforme se sintiera demasiado apretado.

Una mañana, mientras limpiaba el baño de la habitación de Luca, me invadió una náusea tan fuerte que tuve que correr al inodoro. Vomité todo lo que había desayunado, temblando, con el sudor frío corriendo por mi espalda.

Luca entró en ese momento.

—¿Elena? —su voz grave sonó preocupada. Se acercó rápidamente y se arrodilló a mi lado, sujetando mi cabello con una mano mientras la otra me acariciaba la espalda—. ¿Qué te pasa?

—Nada… solo me sentí mal de repente —mentí, intentando levantarme.

Sus ojos grises me estudiaron con esa intensidad que me desnudaba el alma.

—No es “nada”. Llevas varios días pálida y cansada. Dime la verdad.

Tragué saliva, evitando su mirada.

—Solo es cansancio, Luca. La casa es grande y yo… duermo poco.

Me ayudó a levantarme y me llevó hasta la cama. Me sentó en el borde y se acuclilló frente a mí, tomando mi rostro entre sus manos grandes.

—Descansa hoy. No quiero que trabajes si te sientes mal.

—Luca, la señora Rossi…

—Yo hablo con ella —interrumpió con tono que no admitía discusión—. Tú te quedas aquí hasta que te sientas mejor.

Me besó en la frente con una ternura que contrastaba con su naturaleza dominante y salió de la habitación.

Me quedé sola, con el corazón latiendo fuerte.

Esa noche, en su cama, no pude entregarme como siempre. Luca lo notó. Me abrazó contra su pecho desnudo, acariciando mi espalda con movimientos suaves.

—¿Sigues sintiéndote mal? —preguntó en voz baja.

—Un poco —admití, acurrucándome más cerca de él—. Pero estar contigo me ayuda.

Me besó lentamente, con cuidado, como si tuviera miedo de lastimarme. Esa noche no hubo sexo salvaje. Solo besos largos, caricias posesivas pero gentiles, y su cuerpo envolviéndome como una promesa silenciosa.

A la mañana siguiente las náuseas fueron peores.

Vomité dos veces antes de siquiera bajar a la zona de empleados. Me sentía mareada, sensible al olor de la comida, y mis pechos dolían al menor roce del uniforme.

En un momento de pánico, cuando nadie me veía, fui a la farmacia de la ciudad aprovechando una salida rápida que la señora Rossi me permitió. Compré tres tests de embarazo. Los escondí en el fondo de mi armario y esperé hasta la noche.

Cuando todos dormían, me encerré en el baño de la zona de servicio y me hice la prueba.

Los minutos de espera fueron los más largos de mi vida.

Dos rayas.

Positivo.

Me quedé mirando el test con las manos temblando. Mi mente se quedó en blanco por varios segundos. Luego llegó el pánico.

Estaba embarazada.

De Luca.

Un hombre de treinta y ocho años, poderoso, controlador, que nunca había hablado de futuro, solo de posesión. Un hombre cuya familia me vería como una sirvienta que había cruzado la línea prohibida.

Me senté en el suelo del baño, abrazando mis rodillas, y lloré en silencio.

¿Cómo iba a decírselo?

¿Cómo iba a criar un hijo en esta mansión fría y llena de reglas?

¿Cómo iba a seguir trabajando mientras mi cuerpo cambiaba?

Esa noche no fui a la habitación de Luca. Me quedé en mi cama, temblando bajo las sábanas, con la mano apoyada sobre mi vientre todavía plano.

No sabía qué hacer.

Solo sabía que mi vida acababa de cambiar para siempre.




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