Elena
El pánico no me abandonaba.
Pasaron tres días en los que intenté actuar con normalidad. Limpiaba la habitación de Luca y su despacho con las manos temblorosas, evitando quedarme sola con él demasiado tiempo. Las náuseas seguían, el cansancio era constante y mis emociones estaban a flor de piel. Cualquier cosa me hacía llorar: el olor del café, una mirada demasiado larga de Luca, el sonido de la risa lejana de Nico.
Luca lo notaba todo.
Cada vez que entraba en su espacio, sus ojos grises me estudiaban con preocupación creciente.
—Elena, ¿qué te pasa? —me preguntó una tarde mientras yo sacudía las cortinas de su habitación—. Has estado evitándome. Y te ves cada día peor.
—No es nada —mentí otra vez, sin mirarlo—. Solo estoy cansada.
Se acercó por detrás y me rodeó la cintura con sus brazos fuertes. Su pecho ancho se pegó a mi espalda.
—No me mientas —murmuró contra mi cabello—. Sé que algo te está angustiando. Dímelo.
Cerré los ojos, luchando contra las lágrimas.
—Luca… necesito tiempo. Solo… un poco de tiempo.
Me giró suavemente y tomó mi rostro entre sus manos.
—Sea lo que sea, lo arreglaremos juntos —dijo con esa voz grave y dominante que me hacía sentir protegida y atrapada al mismo tiempo—. No estás sola.
Sus palabras me rompieron por dentro. Quería contarle todo. Quería gritar que estaba embarazada de él. Pero el miedo era más fuerte. Miedo a su reacción, miedo a que me viera como un problema, miedo a que su posesión se volviera aún más asfixiante.
Esa noche no fui a su habitación.
Me quedé en la mía, mirando el techo, con la mano sobre mi vientre.
Al día siguiente, las náuseas fueron tan fuertes que vomité tres veces. Me sentía débil, mareada y con los pechos tan sensibles que hasta el roce del delantal me dolía.
Decidí hacerme otra prueba. Y luego otra.
Todas positivas.
Pero algo más me inquietaba. Las náuseas eran demasiado intensas para un embarazo normal. El cansancio era extremo. Decidí ir a una clínica discreta en la ciudad durante mi día libre.
La doctora me hizo una ecografía temprana.
Y entonces llegó la bomba.
—Señorita Bianchi… no está esperando un bebé —dijo con voz cautelosa—. Está esperando cuatro. Cuatrillizos.
El mundo se detuvo.
Cuatrillizos.
Cuatro bebés.
De Luca.
Me quedé mirando la pantalla en blanco y negro, donde se veían cuatro pequeños sacos gestacionales. Mi mente se quedó en blanco. Luego llegó el terror puro.
¿Cómo iba a cargar con cuatro bebés?
¿Cómo iba a decírselo a Luca?
¿Cómo iba a seguir viviendo en esta mansión sin que mi mundo se derrumbara?
Salí de la clínica llorando, con las manos temblando y el corazón latiendo tan fuerte que creía que me desmayaría.
Esa noche, cuando Luca me llamó a su despacho, no pude ir.
Me encerré en mi habitación y lloré hasta quedarme sin lágrimas.
Estaba embarazada de cuatrillizos del hombre más poderoso y controlador de la mansión.
Y no tenía ni idea de cómo decírselo.
Ni de si alguna vez podría hacerlo.