Elena
El shock no desaparecía.
Cuatrillizos.
La palabra resonaba en mi cabeza todo el día. Cuatro bebés creciendo dentro de mí. Cuatro vidas que dependían de mí en un mundo donde yo apenas podía mantenerme en pie.
Pasé los siguientes días en una niebla de miedo y negación. Evitaba a Luca todo lo posible. Cambiaba de pasillo cuando lo veía venir. Respondía con monosílabos cuando me hablaba. Dejaba de mirarlo a los ojos. Incluso con Nico me volví más cerrada, respondiendo solo lo necesario y escapándome rápido.
Luca lo notaba todo.
Cada día su expresión se volvía más oscura, más frustrada. Sus ojos grises me seguían por la mansión como un depredador que siente que su presa está escapando.
Una tarde, mientras yo estaba en la cocina de servicio guardando vajilla, apareció de repente.
—Elena —dijo con voz baja y peligrosa—. A mi despacho. Ahora.
—No puedo… tengo mucho trabajo —murmuré, sin levantar la vista.
—No era una petición.
Su tono no admitía discusión. Lo seguí con las piernas temblando.
En cuanto cerró la puerta del despacho, me acorraló contra la pared.
—¿Qué demonios te pasa? —gruñó, sujetando mi cintura con fuerza pero sin lastimarme—. Llevas días evitándome. No vienes a mi habitación. Apenas me miras. ¿Te arrepientes de lo nuestro?
Las lágrimas llenaron mis ojos.
—No… no es eso, Luca.
—Entonces dime la verdad —exigió, su rostro muy cerca del mío—. Porque estoy perdiendo la cabeza viéndote huir de mí.
No pude decírselo. No todavía. El miedo era demasiado grande.
—Solo… necesito espacio —susurré—. Todo esto es demasiado intenso. Necesito pensar.
Sus ojos se oscurecieron con dolor y furia contenida.
—No voy a darte espacio —dijo con voz ronca—. Eres mía. Y no voy a permitir que te alejes.
Me besó con desesperación, como si quisiera recordarme a quién pertenecía. Sus manos bajaron por mi cuerpo, pero por primera vez lo detuve.
—Luca… por favor. No ahora.
Se apartó lentamente, respirando agitado. La confusión y el dolor en su mirada me rompieron el corazón.
—Sea lo que sea que te está pasando —murmuró—, lo vamos a enfrentar juntos. Pero no me dejes fuera, Elena. No lo soportaría.
Salió del despacho, dejándome sola con el peso de mi secreto.
Me dejé caer en el sillón, abrazando mi vientre todavía plano.
Cuatrillizos.
Cuatro hijos del mayor de los D’Avenzi.
Y yo, una sirvienta de veintiún años, aterrorizada, sola y completamente perdida.
No sabía cuánto tiempo más podría ocultarlo.
Pero por ahora… solo podía huir.