Elena
El secreto me estaba devorando por dentro.
Habían pasado casi dos semanas desde que descubrí que estaba embarazada de cuatrillizos. Mi cuerpo ya empezaba a mostrar cambios sutiles: los pechos más sensibles y pesados, una fatiga constante que me obligaba a sentarme cada vez que podía, y náuseas que aparecían sin aviso, especialmente por las mañanas y cuando olía ciertos alimentos en la cocina de servicio.
Lo peor era el miedo.
Miedo a que Luca lo descubriera. Miedo a que su posesión se volviera aún más asfixiante. Miedo a que la familia D’Avenzi me viera como una intrusa que había atrapado al mayor con un embarazo múltiple. Miedo a no poder cuidar de cuatro bebés siendo solo una sirvienta de veintiún años.
Por eso empecé a evitarlo.
Al principio fueron pequeños cambios. Si escuchaba sus pasos en el pasillo, cambiaba de dirección rápidamente. Cuando me llamaba a su despacho, respondía con excusas rápidas y me iba antes de que pudiera retenerme. Dejé de mirarlo a los ojos. Mis respuestas se volvieron cortas, educadas pero distantes.
Luca lo notaba. Por supuesto que lo notaba.
Esa mañana, mientras limpiaba el pasillo del primer piso, lo vi venir desde lejos. Alto, imponente, con el traje negro perfectamente entallado y esa mandíbula marcada que se tensaba cuando algo no le gustaba. Mi corazón se aceleró. Cambié de rumbo y me metí en la zona de servicio por la escalera trasera, aunque eso significaba dar un rodeo largo.
No funcionó del todo.
Más tarde, cuando estaba en su habitación cambiando las sábanas, entró sin avisar. Cerró la puerta y se quedó mirándome en silencio durante varios segundos.
—Elena.
Su voz grave hizo que se me erizara la piel.
—Señor —respondí sin levantar la vista, doblando la sábana con manos temblorosas.
—No me llames señor cuando estamos solos —dijo, acercándose—. ¿Qué está pasando? Llevas días evitándome como si tuviera la peste.
Terminé de hacer la cama lo más rápido posible.
—Tengo mucho trabajo hoy. La señora Rossi me tiene ocupada en varias alas.
Mentira. Sabía que él podía comprobarlo.
Se detuvo justo detrás de mí. Sentí su calor en mi espalda. Sus manos grandes se posaron en mi cintura, atrayéndome suavemente contra su pecho.
—Dime la verdad —murmuró contra mi cabello—. ¿Te arrepientes de lo nuestro? ¿Es por Nico? ¿Te dijo algo?
—No es nada de eso —susurré, intentando apartarme. Su olor amaderado me envolvía y hacía que mi cuerpo reaccionara a pesar del miedo—. Solo… necesito espacio. Todo ha sido muy intenso.
Sus brazos se apretaron un poco más.
—No quiero espacio. Te quiero cerca. Te necesito cerca.
Me giró para que lo mirara. Sus ojos grises acero me atravesaron.
—Estás diferente. Más pálida. Más callada. Y ya no tiemblas de la misma forma cuando te toco.
Tragué saliva, luchando contra las lágrimas.
—Luca, por favor… déjame trabajar.
Me soltó lentamente, pero su expresión se endureció.
—Esto no termina aquí.
Salió de la habitación y yo me quedé temblando, con una mano apoyada en mi vientre todavía casi plano.
El evitarlo se volvió sistemático.
Cambaba de pasillo cuando lo veía. Respondía rápido y me iba antes de que pudiera retenerme. Cuando me llamaba para “revisar” algo, encontraba excusas: “la señora Rossi me necesita en la cocina”, “tengo que organizar el comedor”, “no me siento bien”.
Incluso con Nico me volví más cerrada. Cuando intentaba hablarme, respondía con monosílabos y me escabullía. No quería que nadie sospechara. No quería que nadie se acercara demasiado.
Luca se estaba volviendo loco.
Lo veía en su mirada cada vez que nos cruzábamos. La frustración, la confusión, la obsesión creciendo. Ya no solo me observaba. Me acechaba.
Una noche, cuando intentaba volver a mi habitación después de un turno largo, me lo encontré en el pasillo largo y poco iluminado.
—Elena —dijo, bloqueándome el paso—. Basta de huir.
Mi corazón latió con fuerza.
—Luca… es tarde. Debería irme a dormir.
Dio un paso más cerca. Su presencia llenaba todo el espacio.
—¿Por qué ya no vienes a mi habitación? ¿Por qué ya no me miras? ¿Qué te hice?
—No me hiciste nada —respondí, bajando la mirada—. Solo… las cosas están complicadas.
Su mano grande tomó mi barbilla y me obligó a mirarlo.
—Complicadas para ti. Para mí es simple: eres mía. Y no soporto que te alejes.
Sus labios rozaron los míos en un beso casi desesperado. Por un segundo mi cuerpo quiso rendirse, quiso derretirse contra él como siempre. Pero el miedo a los cuatro bebés que crecían dentro de mí me hizo apartarme.
—Necesito tiempo —susurré, escapando de su agarre.
Caminé rápido por el pasillo, sintiendo su mirada quemándome la espalda.
Esa noche lloré en silencio en mi cama, con las manos sobre mi vientre.
Cuatrillizos.
Cuatro vidas.
Y yo estaba huyendo del padre porque no sabía cómo decírselo sin que todo explotara.
Luca D’Avenzi, el hombre que perdía el control solo conmigo, estaba empezando a perderlo de verdad.
Y yo no sabía cuánto tiempo más podría seguir evitándolo.