Embarazada del mayor D’avenzi

Capítulo 28

Luca

Elena me estaba volviendo loco.

No era solo que me evitara. Era la forma en que lo hacía: cambiando de pasillo cuando me veía venir, respondiendo con frases cortas y escapando antes de que pudiera retenerla, dejando de mirarme a los ojos como si mi mirada le quemara.

Yo, que siempre había controlado todo en esta mansión, sentía que el control se me escapaba de las manos.

La observaba todo el tiempo. Desde el despacho, desde las escaleras, desde las sombras de los pasillos largos. Veía cómo su cuerpo se movía con más cuidado, cómo a veces se detenía y respiraba profundo como si le costara esfuerzo. Estaba más pálida. Más delgada. Y sus ojos avellana miel, que antes se oscurecían de deseo cuando me miraban, ahora solo mostraban nervios y distancia.

Eso me enfurecía. Me obsesionaba.

Esa tarde la encontré en mi habitación, terminando de limpiar. Entré y cerré la puerta con llave.

—Elena.

Se tensó visiblemente.

—Señor, ya casi termino.

—No me llames señor —gruñí, acercándome—. ¿Cuánto tiempo más vas a seguir huyendo de mí?

Ella siguió doblando las toallas, sin mirarme.

—No estoy huyendo. Solo estoy trabajando.

Mentira. Ambos lo sabíamos.

Me detuve detrás de ella y la rodeé con mis brazos, pegando su espalda contra mi pecho. Mis manos grandes se posaron en su cintura. Noté que estaba más sensible allí. Se estremeció.

—Tu cuerpo todavía reacciona a mí —murmuré contra su cuello, besándola suavemente—. Pero tú te alejas. ¿Por qué?

—Luca… por favor —su voz tembló—. Necesito espacio. Todo ha sido demasiado rápido, demasiado intenso.

—Demasiado intenso para ti —repetí con tono oscuro—. Para mí es simple: te quiero en mi cama todas las noches. Te quiero en mi despacho. Te quiero cerca todo el tiempo.

La giré y la besé. Al principio ella respondió, sus labios suaves abriéndose contra los míos, pero luego se apartó.

—No puedo —susurró, con los ojos llenos de lágrimas—. No ahora.

La solté, frustrado y herido de una forma que nunca había sentido.

—Sea lo que sea que te está pasando, dímelo —exigí—. No soy un hombre paciente, Elena. Y verte huir de mí me está volviendo loco.

Salió de la habitación casi corriendo.

Los días siguientes fueron una tortura.

La llamaba más a menudo con excusas estúpidas. Cambiaba sus tareas para tenerla cerca. La observaba desde lejos cuando hablaba con las otras sirvientas o cuando Nico intentaba acercarse (aunque ella ahora también lo evitaba).

Una noche, incapaz de dormir, bajé al pasillo de la zona de empleados. La vi saliendo del baño, pálida y con una mano en el estómago. Se detuvo un segundo, respirando profundo, como si estuviera mareada.

Mi instinto protector se encendió junto con la obsesión.

—Elena —llamé en voz baja.

Se sobresaltó y caminó más rápido hacia su habitación.

La seguí.

—Detente.

Se detuvo frente a su puerta, sin girarse.

—Luca… vete, por favor.

—No hasta que me digas qué demonios está pasando —dije, colocando una mano en la puerta para que no pudiera cerrarla—. Estás pálida. Cansada. Evitas mi toque. ¿Estás enferma? ¿Alguien te amenazó? ¿Es por mi hermano?

Ella negó con la cabeza, todavía de espaldas.

—No es nada de eso. Solo… necesito tiempo para pensar.

—Pensar sin mí no es una opción —gruñí, acercándome hasta que mi pecho tocó su espalda—. Eres mía. Y no voy a permitir que te escapes.

La giré y la besé con desesperación. Sus labios respondieron por un segundo, pero luego se apartó otra vez.

—Luca… no —susurró, con voz rota—. Por favor, dame espacio.

Me quedé allí, viéndola cerrar la puerta en mi cara.

Por primera vez en mi vida, sentí algo parecido al miedo.

No miedo a perder el control.

Miedo a perderla a ella.

Y eso me hacía más peligroso que nunca.




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