– No tenías planeado venir – dice de repente, sin apartar la mirada de mí. Su voz es tranquila, pero sus ojos son penetrantes, como los de alguien que ve a través de las personas.
Doy otro sorbo –ya del segundo cóctel– y me giro hacia la barra, fingiendo inspeccionar las botellas de licor expuestas en la vitrina.
– Surgieron circunstancias – respondo con cautela, tratando de sonar despreocupada y evitando morderme el labio, como suelo hacer cuando estoy nerviosa.
– Entiendo – no hace más preguntas innecesarias. Solo asiente ligeramente. Y vuelve a beber su whisky con calma, con esa elegancia que parece un ritual nocturno frente a una chimenea.
Y yo… yo ya siento cómo mis piernas se vuelven de gelatina y el mundo a mi alrededor tiembla ligeramente, como si estuviera dentro de un acuario. Sé que el próximo cóctel podría ser demasiado, pero aun así lo pido. Porque esta noche se siente demasiado vacía sin alcohol.
Soy consciente de que el hombre a mi lado es el mismo que durante dos años me ha irritado con su tono arrogante, sus comentarios fríos y sus constantes observaciones sobre cada documento. Y ahora está aquí, sentado junto a mí, en silencio, mirándome de una manera distinta a como lo hace en la oficina. Como si no viera a una empleada, sino a una mujer. Y eso me desconcierta.
Doy otro sorbo para ahogar los pensamientos innecesarios en mi cabeza.
Justo en ese momento, mi jefe se inclina un poco más cerca. Su voz sigue siendo baja, tranquila, pero sus palabras son completamente inesperadas:
– ¿Bailas?
Parpadeo.
¿Qué?
Está completamente serio. Me mira como si proponer un baile fuera la cosa más lógica del mundo.
– Eh… – balbuceo, tratando de procesar el hecho de que Yegor Serguéievich acaba de invitarme a… bailar.
– ¿Es una orden? – añado con una sonrisa, intentando salvarme de la confusión.
– Si es necesario, puedo redactarla como una orden – responde con tanta serenidad que no puedo contener la risa. Y, sorprendentemente, incluso para mí misma, asiento.
– Está bien. Pero te advierto: estoy un poco borracha y podría pisarte un pie.
– Estoy dispuesto a hacer sacrificios – contesta, levantándose y extendiéndome la mano.
Coloco mi mano en la suya. Hay algo en ese gesto… tan simple, pero a la vez especial. Sus dedos me envuelven como si supiera exactamente a dónde llevarme, tanto en la pista de baile como, tal vez… más allá.
Nos dirigimos al centro del salón, y siento cómo la música atraviesa mi cuerpo con un ritmo que parece un latido. Todo a mi alrededor parpadea: las luces, los destellos, los brillos en los vestidos y, un poco, en los ojos. Todo flota ligeramente, pero de una manera agradable.
Yegor no dice una palabra. Simplemente coloca una mano en mi cintura y toma la otra con la suya. Y nos movemos. Despacio, suavemente, no del todo al ritmo, pero lo suficientemente fluidos como para que esto cuente como un baile.
Por Dios, estoy bailando con Yegor Serguéievich.
De todos los hombres del planeta, elegí a mi propio jefe. ¿O sería más correcto decir que él me eligió a mí?
Con el mismo que hace un mes me dio una charla de diez minutos por un archivo mal organizado. Con el mismo que con una sola mirada puede hacer que todos se callen en una reunión. Con el mismo al que suelo evitar y al que en mi mente llamo un músico que toca magistralmente los nervios.
Pero ahora… es diferente. No parece enojado. No parece preocupado. No parece la persona que ayer despidió a un gerente por llegar tarde.
Solo me mira. Como si yo fuera la única mujer en este salón. O en el mundo.
Su mano en mi cintura es cálida. Sus ojos son tranquilos, pero atentos. Y, maldita sea, huele… pecaminosamente bien.
Para, Daria. Es el alcohol. Son los cinco cócteles.
Es la decepción amorosa. Todo esto no es serio.
Pero mi cuerpo no obedece. Me gusta esta cercanía. Me gusta que ahora no estoy pensando en Dima. No pienso en el pastel. No pienso en esa rubia en su cama.
Me sumerjo tanto en mí misma, en recuerdos que debería simplemente borrar de mi cabeza, que…
– Uy – me río cuando de repente le piso un pie –. Perdón… quiero decir… perdona.
Yegor hace una mueca apenas perceptible, pero no me aparta. Al contrario, su mano en mi cintura se vuelve más firme. Me atrae hacia él con cuidado, pero con decisión, hasta que solo hay unos pocos suspiros de distancia entre nosotros.
– Creo que ya has tenido suficientes cócteles, Daria – dice con voz baja, como si no fuera una sugerencia, sino un diagnóstico.
– De acuerdo… – río entre dientes –. Uno más y empezaré a recitarte poemas de amor.
Yegor me mira –más tiempo del necesario– y en sus labios aparece algo parecido a… ¿una sonrisa? Bueno, al menos una versión microscópica de una sonrisa está ahí.
– Tal vez deberías ir a tu habitación – dice con calma, como si estuviéramos discutiendo un plan para una reunión –. Te acompaño.
– ¿Siempre eres tan considerado? – alzo una ceja, pero ya estoy alcanzando mi chaqueta.
– No – responde –. Pero contigo… parece que sí.
Conmigo.
Algo salta en mi estómago. O tal vez solo sean los cócteles.
Tomo mi bolso, me pongo la chaqueta y asiento.
– Está bien. Pero si me caigo, será tu responsabilidad. Y peso bastante.
– No mientas – dice con esa misma calma, como si ya supiera todo sobre mí desde hace tiempo.
Abandonamos el salón juntos. La música alta, las risas, los gritos, todo queda atrás.
El pasillo parece interminable. La iluminación suave, los paneles de madera, los ecos apagados de la música ya están lejos. Yegor me sostiene por la cintura, y estoy sinceramente agradecida, porque con estos tacones el mundo parece un poco menos estable de lo que me gustaría.
– Uy, el suelo está un poco inclinado aquí, ¿verdad? – pregunto con seriedad, aunque sigo sonriendo.