Me seco con la toalla y me recuerdo que Máximo me espera en la recepción. Esa idea hace que todo se sienta aún más pesado. Pero tengo que recomponerme. Enderezo la espalda, respiro profundamente y regreso.
Él sigue sentado en mi escritorio, como un rey en su trono, observándome con atención. Su mirada es penetrante, como si viera más de lo que me gustaría.
– Disculpa – digo con calma, aunque mi voz traiciona un leve temblor –. No me siento bien. Así que no habrá café. Si quieres, prepáralo tú mismo.
Me siento rápidamente frente a la computadora, fingiendo sumergirme en el trabajo. Mis dedos golpean las teclas, aunque ni siquiera miro lo que estoy escribiendo.
Máximo se levanta lentamente, camina hacia la cafetera y la enciende. El aroma del café vuelve a llenar el aire, y me tenso, pero esta vez logro soportarlo. Se sirve una taza, da un sorbo y de repente dice algo que me hace saltar de mi asiento.
– Daria… ¿no estarás embarazada, verdad?
Casi me levanto de la silla de un brinco. Mi corazón se detiene y luego comienza a latir con más fuerza. Mis dedos tiemblan sobre el teclado, y mi mente se queda en blanco.
Levanto la mirada hacia él lentamente. Me observa con seriedad, sin burla ni el coqueteo habitual. Y eso es lo que más me asusta.
– Eso, en realidad, no es asunto tuyo – respondo fríamente, mirando fijamente la pantalla.
Máximo ni siquiera parpadea. Deja la taza de café junto a la máquina, como si ya no le interesara, y camina despacio hacia el sofá. Se sienta frente a mi escritorio, se recuesta como si estuviera en su casa y me observa con atención.
– Interesante – dice –. ¿Y sabe Yegor que su secretaria está embarazada? ¿Cómo se lo tomó?
Aprieto los dientes.
– Te estás tomando demasiadas libertades.
Pero él continúa como si no me hubiera escuchado:
– Llevas trabajando aquí varios años y lo haces bien. Yegor incluso te ha elogiado. Seguro que le molestará saber que te tomarás una baja. La empresa perderá a una buena empleada.
Intento fingir que sus palabras no me afectan y miro obstinadamente la pantalla. Pero por dentro, todo arde de rabia. Si realmente supiera de quién es este embarazo, sus comentarios insolentes sonarían muy diferentes.
Aprieto el ratón con tanta fuerza que mis dedos se vuelven blancos. Dios, que se calle de una vez… o que simplemente desaparezca.
Y justo en ese momento, la puerta se abre.
Yegor entra en la recepción, y la atmósfera se vuelve aún más tensa. Siento cómo mi corazón se dispara hasta mi garganta. Lo último que quiero ahora es que estos dos empiecen a hablar de mí. De mi estado.
Pero Yegor toma la iniciativa. Su voz es fría, contenida, como un viento helado:
– ¿Qué haces aquí, Máximo?
Y con esa frase, un escalofrío recorre mi espalda. Me quedo sentada en mi escritorio, tratando de no delatar el temblor de mis dedos. Observo el intercambio entre los hermanos, y me parece que el aire en la recepción se podría cortar con un cuchillo.
– Te extrañé, hermano – lanza Máximo con tono burlón, recostándose en el respaldo del sofá.
Yegor ni siquiera sonríe. Solo resopla entre dientes y, sin gastar más palabras, se dirige a su despacho.
– Daria, tráeme un café – dice por encima del hombro con su habitual tono cortante.
Me quedo paralizada. Es como si una corriente eléctrica me atravesara. La sonrisa astuta en el rostro de Máximo lo dice todo antes de que abra la boca.
– Tal vez no deberías pedirle café a Daria – arrastra las palabras con fingida compasión –. El olor del café no le… sienta muy bien. Ahora sale corriendo al baño por eso.
Me pongo pálida. Siento cómo la sangre se drena de mi rostro, y quiero que la tierra me trague.
Yegor se detiene. Lentamente, con esa fría contención que lo hace aún más intimidante, gira la cabeza hacia mí. Su mirada me atraviesa. Y veo en esos ojos algo nuevo. Un destello de comprensión.
Mi corazón late tan fuerte que parece que él podría escucharlo. Quiero decir algo, cualquier cosa: justificarme, negarlo, hacer una broma. Pero mis labios no me obedecen.
Y entonces Máximo, como siempre, no puede resistirse a dar el golpe final:
– Está claro que tu asistente está embarazada. Así que, hermano, tendrás que buscarte una nueva secretaria.
Es como si me hubieran echado un balde de agua helada. Las palabras que más temía finalmente han sido pronunciadas, y no por mí.
La reacción de Yegor es casi impenetrable en la superficie. Su rostro permanece de piedra, sin un movimiento de más, sin una palabra dura. Pero veo que su mirada cambia. Primero me mira directamente a los ojos, y luego, lentamente, desciende… a mi vientre.
Por dentro, todo se me contrae. Involuntariamente, llevo las manos a mi chaqueta, como si quisiera cubrirme. Y al mismo tiempo, siento que eso solo me hace parecer más culpable. Aunque no soy la única culpable. Ambos participamos en esto.
– Yo… ahora mismo te preparo el café – murmuro rápidamente, tratando de escapar de este silencio.
– No es necesario – interrumpe Yegor con brusquedad. Su voz es seca, pero se percibe una tensión que intenta ocultar.
Aparta la mirada de mí y la dirige hacia Máximo.
– Vamos.
– ¿A dónde? – pregunta Máximo con descaro, sin siquiera apresurarse a levantarse.
– Al despacho – corta Yegor, y su tono no deja lugar a objeciones.
Máximo se levanta, me lanza una última mirada con una sonrisa y sigue a su hermano.
La puerta se cierra detrás de ellos, y me quedo en la recepción con la sensación de que mi vida acaba de dar otro giro peligroso.
Me siento en mi escritorio, intentando concentrarme en algo. Pero mis manos tiemblan traicioneramente, mis dedos resbalan por el teclado, y ninguna letra forma palabras.
Todos mis pensamientos están detrás de esa puerta.
Ahí están Yegor y Máximo. Dos hermanos que apenas se soportan. Y ahora Máximo ha arrojado una bomba justo a mis pies. O tal vez, ni siquiera a mí, sino a Yegor.